28 — Patxi
Cuanto más tiempo pasaba descifrando los informes y notas de Muñoz, más manía cogía a los dichosos documentos, pero, a su vez, más admiración y simpatía sentía por el agente.
—¡Los túneles! ¡Los puñeteros túneles!
La madrugada anterior, me había encontrado maldiciendo en el despacho de mi casa al leer los informes relativos a las búsquedas que, hacía casi ochenta años, habían llevado a cabo en los túneles de los ferrocarriles. ¿Cómo narices no se me había ocurrido?
Tras ese pequeño descubrimiento, dormí como un bebé con el ruido de la tormenta de fondo.
A primera hora de la mañana, antes de subirme al coche para tomarme mi primer café, me puse en contacto con la central.
Les solicité que moviesen los papeles necesarios para realizar dos operativos de búsqueda en los siguientes días.
El primero de ellos sería la inspección del túnel ferroviario que partía de Matiko hacia La Ola, en Sondika.
El segundo, la inspección de la antigua vía que Muñoz no pudo explorar.
Por suerte para mí, en esto último le llevaba un poco de ventaja al poder contar con los compañeros de la Unidad de Vigilancia y Rescate.
Si existía algún acceso, estaba seguro de que ellos lo encontrarían .
Conduje tranquilo en dirección a Erregetxe agradeciendo que hubiera cesado la lluvia del día anterior. Eran las ocho y media cuando llegué y el pueblo contaba con una inusitada actividad.
—Buenos días, Julián. ¿Hoy no está la jefa?
—Egun on. No, han ingresado a su ama.
Sin necesidad de preguntar, me sirvió mi café solo. Me lo tomé, pagué y me dirigí a la plaza del ayuntamiento aún procesando que mi única testigo se encontrase en el hospital por segunda vez en un par de semanas.
Miren, Julen, Ander y Néstor, mis compañeros, vigilaban la plaza. Mientras tanto, los vecinos colocaban los caballetes sobre los que posarían la montaña de tableros que había en el centro.
Cuando volví a la carpa antes de la celebración, ya estaba todo dispuesto para comenzar con la fiesta.
La imagen me hizo recordar uno de los informes de Muñoz.
Casi ochenta años atrás, los vecinos habían celebrado otra comida similar, aquella vez organizada por la parroquia.
También participó prácticamente todo el pueblo.
Según había escrito el agente, distinguió una figura junto al bosque mientras recogían las bandejas.
La joven Etxebarria que ahora se encontraba ingresada en un hospital.
Menuda casualidad.
A la una en punto, el alcalde comenzó con su discurso. Aunque todos los presentes teníamos bastante claro el cómo se había decidido celebrar esa fiesta, poco le faltó para atribuirse el mérito.
Los vecinos nos animaron a mi equipo y a mí a sentarnos y comer junto a ellos. Autoricé a los compañeros a que repusieran fuerzas por turnos. Yo no veía la necesidad de un despliegue como tal.
Durante toda la mañana solo podían contarse dos incidentes.
El más destacable había sido el de un chaval que quería hacerse pasar por vecino para grabar la fiesta desde dentro y subir el vídeo a internet.
No demostró muchas luces con la idea porque ahí todos se conocían.
El segundo lo catalogaría como anécdota: dos caballetes se habían partido bajo el peso de un tablón que, al golpear el suelo, provocó un ruido que escuché desde la otra punta del pueblo.
Se tomó la decisión de reforzar las mesas con algún soporte adicional.
Me alejé del bullicio para hacer una llamada.
—¿Ya tenéis los permisos del operador?
—Aún no han contestado.
—Pues id a sus oficinas si es necesario. Mañana el equipo tiene que entrar.
Colgué. Seguía maldiciendo cuando vi una figura que, arrastrando los pies, se acercaba por la carretera.
Vestía lo que parecían harapos y llevaba las manos por encima de los ojos a modo de visera.
Me quedé petrificado. Tenía que ser una broma de mal gusto.
Estaba viviendo en primera persona lo que había leído y releído una y mil veces durante los últimos días.
No hizo falta que se acercara mucho más. Había visto aquel rostro cientos de veces durante el último mes: fotografías familiares, imágenes del instituto, capturas facilitadas a los medios. Ni el pelo apelmazado ni la suciedad ni aquella forma extraña de caminar podían ocultarlo.
Eché a correr hacia ella.
La joven dio otros dos pasos antes de que las piernas le fallaran. Conseguí alcanzarla antes de que golpeara el suelo. Tenía la piel fría y mantenía los ojos prácticamente cerrados, protegiéndolos con una mano incluso cuando ya no estaba de pie.
—Tranquila. Ya está.
No sabía si podía escucharme.
Intentó abrir los ojos, pero volvió a cerrarlos inmediatamente y escondió la cara contra mi chaqueta.
—La luz… —murmuró.
Me recorrió un escalofrío. No necesitaba abrir ningún informe para recordar aquellas palabras.
Le aparté con cuidado algunos mechones de pelo de la cara. Estaba sucia y olía a humedad, pero no tenía el aspecto de alguien que hubiese pasado semanas muriéndose de hambre. Tampoco vi sangre ni ninguna lesión grave.
Otra coincidencia.
—¿Sabes dónde estás?
Movió ligeramente la cabeza. No supe si asentía o simplemente intentaba buscar una posición menos incómoda.
—Estás en Erregetxe. Estás a salvo.
Sus dedos se cerraron alrededor de la manga de mi chaqueta.
—Silencio…
Aquello fue suficiente.
Dejé de intentar convencerme de que estaba viendo semejanzas porque llevaba demasiadas horas leyendo papeles viejos. Podía buscar explicaciones después. En ese momento tenía una joven desaparecida entre los brazos y nueve personas más seguían sin aparecer.
A mi espalda empezaban los gritos.
Con una orden, tenía a mis cuatro compañeros a mi lado .
—Miren, Julen, seguid el rastro que haya podido dejar. Llamad al equipo canino mientras seguís las huellas. Néstor, déjame la radio.
Sintonicé el canal de emergencia.
—Oficial Goitia de la Ertzaintza. Solicito una ambulancia de urgencia en la plaza central de Erregetxe para realizar un traslado al hospital de Basurto. Mujer, veinte años, signos leves de hipotermia, fotosensibilidad.
Devolví el aparato al agente y le pedí que diese cualquier información adicional que solicitaran mientras ayudaba a mantener alejados a los vecinos que venían hacia nosotros.
Al girar la cabeza, vi que el policía del pueblo, junto a Néstor, comenzaba a mantener a raya a los vecinos. Entre la gente ya se veían algunos teléfonos en alto.
—Martínez, llama a los Elexalde. Que se acerquen.
La ambulancia llegó antes de que pudiera ver a Gorka acercarse a zancadas. La dotación debía de estar volviendo de algún servicio en la zona cuando recibió el aviso. Dejé a Ander con el equipo sanitario y me dirigí al encuentro de la familia.
Mientras hablaba con Gorka, Miguel y Eugenia, Sonia apareció de entre la marabunta de vecinos y fue corriendo al encuentro de su hija. Permití que el resto de la familia se acercara.
—Ander, acerca el coche y lleva a Gorka, Eugenia y Miguel al hospital.
Me dirigí a los sanitarios y les comuniqué:
—Ella es su ama. Les agradecería que le permitieran ir con su hija. Yo les abriré camino al hospital.
Aún tenía mi abrigo sobre ella mientras la subían a la ambulancia. No recordaba cuándo me lo había quitado .
Tomé el otro coche patrulla y escolté la ambulancia hasta el hospital. En urgencias estaban preparados para recibirla y fue ingresada al momento.
Había transcurrido una hora desde el ingreso. Cuando no estaba atendiendo alguna llamada de la central, me encontraba junto a la familia. Vi salir a un médico del box en el que la estaba monitorizando y me dirigí hacia él.
—Buenas tardes. En cuanto esté consciente, hágamelo saber, por favor.
—Está consciente, pero no creo que se encuentre en condiciones de declarar, oficial. Tiene algunos delirios y dice cosas carentes de sentido.
—No necesito una declaración, solo que me cuente lo que recuerde de dónde ha estado. Deme dos minutos, por favor.
—Lo siento, pero solo los familiares pueden visitarla.
Gorka me tomó del brazo. Claramente había escuchado la conversación y, tras echar una mirada rápida a su mujer, me dijo:
—Vamos a ver a la niña, Patxi.
El médico quiso protestar, pero Eugenia lo interceptó.
—¿Cómo está mi nieta, doctor?
Entré junto al grandullón. Aquella estancia separada por cortinas era ridículamente pequeña para albergar a dos pequeños gigantes como nosotros.
—¡Aita!
El monitor cardíaco aceleró su pitido. Su padre la abrazó con cuidado de no destrozar ningún instrumento. La habían aseado y le habían cubierto el sucio pelo con un gorro verde.
—Cariño, ¿qué tal estás ?
Padre e hija charlaron durante unos minutos. Más bien, lloraron el uno sobre el otro.
—Este señor de aquí es Patxi. Es ertzaina y un antiguo conocido de la familia. Quiere que le cuentes dónde has estado este tiempo.
La joven me miró. Daba la sensación de que se hubiese quedado sin voz. Comenzó a hablar casi en susurros.
—He oído a los médicos y dicen que alucino, pero yo sé que no.
—Kaixo.
La saludé con tono tranquilizador y adoptando el acento propio del pueblo de mi infancia.
—Solo cuéntame lo que recuerdes. Junto a ti desaparecieron otros chavales. Solo quiero encontrarlos. Cualquier cosa que me digas…
Sin dejarme terminar, comenzó a hablar.
—No puedes ayudarlos. Han muerto. Ese ser, ese monstruo, se metía dentro de mí, de nosotros, y nos quitaba algo. Solo yo lo aguantaba. Ellos murieron.
Se echó a llorar abrazando a su padre. Cuando se calmó, continuó.
Por segunda vez ese día me encontraba dentro de uno de los informes de Muñoz. Había pequeñas diferencias, pero el grueso de la declaración era el mismo que había estado leyendo.
—Al final, me propuso un trato.
—Muchas gracias —la interrumpí.
No quería que su padre tuviese que escuchar lo que estaba seguro de que seguiría a aquella confesión.
—Por favor, que esto no salga de la familia. Tengo que hablar con mi superior .
—¿Pasa algo, Patxi?
—Creo que recordarás lo que nos contó tu ama. No es la primera persona que describe algo así.
No fue necesario que añadiese nada más. Salí del box y cerré la cortina a mi espalda.
Necesitaba aire.
Crucé urgencias esquivando familiares, camillas y personal sanitario hasta encontrar la salida. Fuera hacía frío, pero agradecí sentirlo. Me apoyé contra una pared y permanecí unos segundos mirando a la nada.
Había pasado semanas buscando una explicación racional. Una enfermedad. Un secuestro. Alguna sustancia. Una historia transmitida de generación en generación…
Cualquier cosa.
Ahora tenía a una muchacha de veinte años que acababa de regresar de la nada repitiendo prácticamente las mismas palabras que una joven había pronunciado casi ochenta años antes.
Estaba seguro de que las huellas que habían seguido mis compañeros comenzarían de la nada y que si habían acudido los perros…
Saqué el teléfono y llamé a Pedro.
—¿Qué tal la chica? ¿Has hablado con ella?
—Extraoficialmente. ¿Han encontrado alguna pista los perros? ¿Se han vuelto a mear del miedo?
—¿Cómo lo sabes? Siguieron el rastro hasta una zona arbolada a medio kilómetro de donde la recogiste y se negaron a avanzar. El suelo estaba embarrado y los chicos pudieron ver claramente cómo las huellas empezaban de repente en mitad de la nada.
—Una corazonada …
—¿Qué pasa? ¿No me va a gustar, no?
—No, no te va a gustar —le confirmé.
Me dejó hablar durante más de veinte minutos de los informes de hacía casi ochenta años y de la declaración que acababa de presenciar.
—¿Y nadie más ha leído eso?
—Josu y su madre saben que existen. Aparte de ellos, no creo que nadie los hubiese abierto en veinte o treinta años.
—¿Y qué propones?
—Si esto llega a la prensa… nos comen vivos. ¿Algo verosímil?
—¿La familia?
—Creo que colaborarán. Si así su hija no lo pasa mal, aceptarán.
—Habla con los padres. De momento, que no cuenten nada. Ya veremos qué hacemos con el resto.
Hablaría primero con Eugenia. Ella sabría mejor que nadie cómo transmitir el mensaje al resto. La encontré en la sala de espera junto a su hijo. Sonia y Miguel habían entrado al box.
—¿Me acompañas a dar una vuelta?
Tras hablar con la matriarca de los Elexalde, me informé de dónde encontrar a la otra parte de su familia para darles la noticia.
Cuando entré en la habitación, esperaba encontrarla en silencio, pero a los pitidos de las máquinas y al zumbido del oxígeno se sumaba la voz ronca de la señora Etxebarria.
Su hija y su nieto parecían tallados en piedra; estaban quietos, escuchando con suma atención.
Estaba seguro de que había interrumpido un momento de intimidad y me disculpé.
La anciana me miró. No parecía enfadada, ni siquiera molesta por mi presencia. Sonrió con esfuerzo.
—Otra vez el policía grandullón. Siéntate, maitea, aún no he terminado y creo que puede interesarte.
No conseguí reunir valor para negarme. Menos mal que no lo hice.