Cuando despierta el silencio 27 — Miguel
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27 — Miguel

Según lo pronosticado por amama, el martes dejó de llover. No amaneció un día de cielos azules, pero las nubes grises dejaban pasar los rayos del sol y no amenazaban tormenta.

Mi familia y yo, bueno, la mitad de mi familia y yo comíamos en silencio. Había dos sillas vacías, que habíamos reservado para Josu y Marta, aunque en nuestros corazones faltaban dos personas más.

Nadie propuso retirar los dos platos. Ama los había colocado por la mañana casi por inercia y allí seguían.

Amama se encontraba sentada junto a una de esas sillas. No había vuelto a mencionar a su amiga desde que mi madre regresó del hospital, pero tampoco hacía falta preguntarle en qué estaba pensando.

A nuestro alrededor, las mesas estaban llenas, la gente hablaba a gritos para hacerse oír y cada poco tiempo alguien se levantaba para saludar a un conocido de la otra punta de la carpa.

Nosotros parecíamos habernos quedado en una burbuja.

Mi padre hacía algún comentario de vez en cuando y mi madre respondía. Yo intentaba comer. Amama ni siquiera fingía demasiado.

Miré las dos sillas vacías otra vez .

La noche anterior todavía creía que aquel día estaríamos todos allí.

Mientras cenábamos, un trueno había hecho que todos nos calláramos.

No se había apagado del todo cuando mi móvil sonó.

Un escalofrío recorrió mi espalda. Me disculpé y me levanté a atender la llamada.

Era Josu. Entré al despacho de mi padre y respondí.

—Dime.

—No puedo hablar muy alto.

Su voz me llegaba muy baja y en susurros que me costaba escuchar.

—Estoy en el hospital. Han ingresado a amona. Aún no sabemos nada, solo que está en cuidados intensivos. Dile a tu ama, por favor, que llame a Julián y le comente lo que ha pasado para que se ocupe del bar mañana.

—¿Está muy mal? Si quieres, puedo ir. Le digo a mi aita que me acerque.

Mi madre me miraba desde la puerta con cara de confusión. Las palabras de mi amigo se entrecortaban por los sollozos.

—No lo sé. Le costaba respirar y vino una ambulancia a casa. Ahora estamos ama y yo aquí. No vengáis, por favor. No podemos ni entrar a verla, así que poco podríais hacer. Siento no poder ir mañana a la comida. Te dejo.

—Cualquier cosa que necesites, dímelo y vamos.

—Muchas gracias. Agur.

Me quedé paralizado con la noticia. Le expliqué a mi familia lo que había pasado.

Había sido una noche muy larga en nuestra casa y una mañana aún más dura .

Después de colgar, ninguno volvió a cenar de verdad. Mi padre recogió los platos mientras mi madre hablaba por teléfono con Julián. Luego llamó a Araceli para informarla.

Amama permaneció sentada a la mesa durante todo aquel tiempo.

—¿Está consciente? —me preguntó cuando por fin mi madre dejó el teléfono.

—No lo sé, no me ha dicho nada.

No hizo más preguntas.

Me fui a la cama bastante antes de lo habitual, aunque dormir fue otra historia. Cada vez que comenzaba a cabecear me despertaba convencido de haber oído el móvil. Lo comprobé tantas veces que terminé dejándolo sobre la almohada, frente a mi cara.

No llegó ningún mensaje.

Cerca de la una escuché otro trueno. No lo siguió ninguna llamada.

Pensé en Josu sentado en algún pasillo del hospital con su ama esperando noticias de su amona. Pensé en mi propia amama durmiendo en la habitación de al lado.

A primera hora, sin avisar a nadie, mi madre se presentó en el hospital con un termo de café caliente y una tortilla de patata de la noche anterior.

—Algo decente tendrán que comer —fue su único comentario antes de salir por la puerta de casa.

Volvió una hora después con muy mala cara.

—Aún no les han dicho gran cosa. Sigue en la UCI y no admiten visitas. Estaban hablando de subirla a planta a la tarde para que estuviera más cómoda y pudiera sentirse acompañada. Igual quieres ir a verla, Eugenia .

Se había girado hacia mi amama y su semblante dejaba claro que posiblemente sería la última vez que podría despedirse de su amiga de la juventud.

—Según termine la comida, me acercas, hija. Si ya está en una habitación me despediré como Dios manda, si no, al menos estaré con la familia. ¿Y Marta?

—Destrozada.

Amama se levantó del sofá sin añadir nada más. La vimos desaparecer escaleras arriba.

—No tendrías que haberle dicho lo de despedirse —le dije a mi madre en cuanto dejamos de escuchar sus pasos.

—No se lo he dicho.

No había mucho más que discutir; los dos sabíamos para qué sería esa última visita a su amiga.

Una hora después amama bajó vestida de domingo. Llevaba puesta una blusa que apenas utilizaba, una chaqueta oscura y hasta aquel pequeño broche que guardaba en una caja del dormitorio.

—¿No vas demasiado elegante para comer debajo de una carpa? —pregunté.

—Nunca se va demasiado elegante.

Mi madre la observó en silencio. Yo tardé un poco más en entenderlo. No se había vestido para la comida.

Salimos de casa poco antes de que comenzara la misa. Mi padre condujo despacio porque la carretera seguía mojada y en algunas zonas todavía había agua acumulada. Al acercarnos al centro empezamos a encontrar coches aparcados en cualquier hueco disponible.

Daba la impresión de que nadie en Erregetxe quisiera quedarse en casa aquel día .

—Ya os dije que dejaría de llover —recordó amama cuando mi padre consiguió aparcar.

—Has tenido suerte.

—Fe, Miguel. Se llama fe.

—Claro.

Me dio un pequeño golpe en la cabeza antes de bajar del coche.

No asistimos al sermón de on Gregorio porque no nos dio tiempo a acudir a la iglesia, pero sí sufrimos la verborrea del alcalde antes de la comida. Presentó la iniciativa de una forma tan ambigua que no dijo que hubiera sido idea del ayuntamiento, pero tampoco dejó claro que no lo fuera.

—Politicuchos —refunfuñaba amama—. Solo saben decir medias mentiras.

—¿No querrás decir medias verdades? —la corregí.

—Para eso tendrían que tener media pizca de decencia.

La comida estaba muy buena y por momentos logré contagiarme del ambiente festivo, pero la realidad era que mis padres, mi abuela y yo apenas habíamos tocado los platos.

Estábamos allí con el resto de los vecinos, pero teníamos la cabeza más tiempo con nuestros amigos en el hospital que bajo aquella carpa.

Estaba escuchando a mi padre comentar con unos vecinos de la mesa contigua el éxito de la organización cuando vibró mi teléfono.

Josu: Nos han dicho que la suben a una habitación en las próximas horas.

Miguel: ¿Está mejor?

Josu: Creo que no.

Miguel: En un rato vamos para allá los cuatro.

Les leí los mensajes a mi familia. Media hora después nos levantamos de la mesa y fuimos hacia el coche.

De repente, un murmullo recorrió las mesas y se fue convirtiendo en un escándalo de voces y sillas en movimiento.

La gente comenzó a ir hacia la parte de atrás de la iglesia, la zona que quedaba más cerca de la entrada del pueblo.

Algunos de los gritos parecían dirigirse a nosotros.

—¡Gorka!

—¡Sonia!

—¡Está aquí!

Las voces de medio pueblo se entremezclaban en un clamor.

Unos vecinos llegaron hasta nosotros y empezaron a arrastrarnos hasta donde se estaba juntando la gente.

Todo el mundo hablaba a la vez. Una mujer agarró a mi madre por los brazos y le dijo algo que no conseguí escuchar.

Mi padre intentó acercarse, pero otro vecino lo sujetó del hombro y señaló hacia la carretera.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Nadie me respondió.

Miré a mi padre buscando alguna explicación, pero su cara me decía que estaba tan perdido como yo. Todos esos gritos juntos resultaban ensordecedores. No entendía lo que decían, no comprendía el porqué de tanta prisa. Solo quería poder meterme en el coche e ir al hospital con mi amigo .

Al fondo de la plaza distinguí una figura que, incluso agachada como estaba, no podía pasar desapercibida.

Se trataba del oficial Goitia. Estaba dando instrucciones a cuatro agentes uniformados.

Vi cómo dos de ellos se dirigían hacia la salida del pueblo mientras un tercero hablaba por la radio que Patxi acababa de tenderle.

Martínez, el policía del pueblo, hacía lo imposible por mantener a la gente fuera de la zona. Debió de ver a mi padre porque hizo un gesto hacia nosotros y dijo:

—Dejadlos pasar.

Una mano en mi espalda me empujaba hacia delante. Seguían abriéndonos paso hacia allí.