26 — Josu
Parecía que las amenazas del párroco habían surtido efecto.
El día siguiente a la asamblea improvisada que se celebró en el bar de mi madre, comenzó a moverse la maquinaria del ayuntamiento.
El mismo viernes quitaron el mobiliario urbano de la plaza e instalaron los soportes de la carpa que la cubría en todas las festividades del pueblo.
El ayuntamiento informó a los vecinos con un escueto papel colgado en los cuatro paneles informativos, pero no hizo falta que se esforzase más.
En cuanto se hizo oficial, los diferentes comercios pegaron sus propios carteles anunciando la comida de carnaval.
Algunos de ellos lo pregonaban con letras a todo color, otros con dibujos, e incluso en la entrada de la parroquia habían colgado un cartel blanco que invitaba a la misa previa a la comida.
Bajé al pueblo el domingo animado por mi madre para ver ese despliegue de colores.
—Ve con Miguel. Le vendrá bien ver todo aquello —había dicho.
Miguel aceptó acompañarme sin demasiado entusiasmo. Cuando pasé a buscarlo, todavía estaba terminando de desayunar y su primera propuesta había sido que nos quedáramos en casa. No tuve que insistir demasiado. Eugenia lo hizo por mí.
—Tu amigo ha venido a buscarte. No seas un desagradecido y sal de casa.
—Amama…
—Y abrígate.
Diez minutos después caminábamos hacia el centro bajo un cielo tan gris que daba la impresión de estar decidiendo si descargarnos encima.
No tardamos mucho en descubrir que no éramos los únicos que habíamos salido a curiosear.
Había vecinos entrando y saliendo de los comercios, que, aun siendo domingo, permanecían abiertos.
Gente colocando carteles y varios grupos parados delante de ellos discutiendo cuál era mejor.
Hasta los bancos que normalmente ocupaban los jubilados se encontraban vacíos porque muchos de sus usuarios habituales supervisaban los preparativos con más diligencia que si los hubieran nombrado responsables de la organización.
Miguel caminaba a mi lado con las manos hundidas en los bolsillos.
—Parece que van a celebrar una boda —comentó.
—Una boda con todo el pueblo invitado.
—Y sin novios.
No pude evitar reírme.
Algunas personas nos saludaron al pasar. En la plaza el dueño de la ferretería intentaba colgar un cartel en uno de los soportes de la carpa y terminó pidiéndonos ayuda. Miguel sostuvo la escalera mientras yo evitaba que el viento doblara el papel sobre sí mismo .
—Un poco a la derecha —ordenó desde arriba.
Miguel movió la escalera.
—¡El cartel, no yo!
Cuando terminamos, estaba tan torcido que los tres decidimos fingir que aquella había sido la intención desde el principio.
A Miguel se le escapó una carcajada.
No duró mucho, pero hacía días que no le escuchaba una así.
Lo que me quedó claro esa mañana era que Erregetxe lo había pasado mal, pero que, pese a eso o igual justamente por ello, necesitaba un motivo de celebración.
Todo el pueblo estaba volcado con la festividad.
Los bares, como el de mi ama, se habían repartido la tarea de preparar pinchos y raciones.
El restaurante de Margarita había abierto su cocina para que los vecinos pudieran preparar ahí los platos cuya elaboración necesitara cazuelas de tamaño industrial.
—No es lo mismo hacer un guiso para una familia que para todo el pueblo —me explicó Sonia.
Ese lluvioso lunes, en el que no tenía clase, me había acercado a su casa para ayudarlos con su ración de tareas.
En el ático contaban con decenas de tablas que podían ser usadas como mesas improvisadas y teníamos que cargarlas en su coche para que Sonia las llevara hasta la plaza, donde serían descargadas bajo la carpa.
No recordaba haber subido nunca a ese espacio que usaban como trastero.
—¿De dónde ha salido tanta madera? —pregunté la primera vez que entré sin dirigirme a nadie en concreto.
—De mi aita —respondió Eugenia—. Era ebanista y siempre tenía material listo para poder atender los encargos sin demora .
El primer tablero nos había parecido bastante manejable hasta que intentamos levantarlo. Supuse que estaba fabricado con madera maciza.
—¿Esto es madera o plomo? —protestó Miguel.
El problema no era solamente el peso. Las tablas eran largas y hubiese jurado que la escalera que comunicaba el ático con el resto de la casa había sido diseñada específicamente para impedir que pudiéramos bajar los tableros.
Miguel caminaba delante y yo retrocedía peldaño a peldaño sujetando el otro extremo.
—Más hacia mí.
—No puedo.
—Pues hacia la pared.
—Ahí hay una pared.
—En el otro sentido.
—También hay una pared.
La esquina del tablero golpeó contra la pared produciendo un ruido seco.
Los dos nos quedamos inmóviles.
—¿Qué habéis roto? —gritó Sonia desde abajo.
Miguel y yo nos miramos.
—¡Nada!
Examinó rápidamente el daño causado.
—Solo la hemos rozado —dijo en un susurro.
—Entonces no hemos roto nada —decidí.
Después de bajar el tercer tablero ya habíamos descubierto una técnica medianamente eficaz. En el quinto dejamos de hablar mientras lo hacíamos.
En el décimo empezamos a odiar las tablas.
En algún momento perdí la cuenta .
Cada pocos viajes aparecía Sonia para ayudarnos a cargar alguna hasta el coche o para recordarnos que no hacía falta demostrar nada y que podíamos descansar.
—Lleváis veinte minutos diciendo que esta es la última antes de parar.
—Es que ahora sí lo es —respondió Miguel.
—Eso dijiste hace tres tablas.
Apoyamos la que llevábamos contra la pared del recibidor.
—Pues esta vez va en serio.
Cinco minutos después estábamos otra vez en el ático.
A media mañana me dolían músculos cuya existencia desconocía. Miguel tampoco estaba mucho mejor. Caminaba con los brazos ligeramente separados del cuerpo y cada vez que tenía que agacharse soltaba algún sonido que habría avergonzado a un anciano.
—Mañana no voy a poder moverme.
—Mañana tendrás que mover mesas.
Se quedó mirándome.
—No había pensado en eso.
—Yo tampoco hasta ahora.
Nos sentamos unos minutos sobre una de las tablas que todavía quedaban.
Hasta allí llegaba el olor de lo que Eugenia estaba preparando en la cocina. Un aroma a carne guisada, cebolla y algún otro ingrediente que no conseguí identificar subía por la escalera.
Miguel inspiró profundamente.
—Como tardemos mucho más, abandono y me voy a comer.
—Tu amama nos perseguiría con otra tabla.
—Probablemente.
Nos reímos .
Por unas horas habíamos hablado de madera, de dolor de espalda, del tiempo y de comida. De cualquier cosa menos de desapariciones.
Creo que a los dos nos hacía falta.
Tardamos más de cuatro horas en bajar los cerca de treinta tableros. Entre consejos y broncas, Sonia hizo un par de viajes con el coche. Gorka estaba trabajando, con lo bien que nos hubiera venido la ayuda del padre de mi amigo.
Cuando terminamos, comimos un guiso de ternera con verduras que me supo a gloria.
—Está delicioso —dije agradecido.
—Es el de siempre, maitea —respondió la cocinera.
—Eso solo quiere decir que lleva de todo lo que ha encontrado por la nevera y la despensa —aclaró entre risas Sonia.
—Pues debería encontrar cosas por la nevera más a menudo —respondí.
Eugenia me llenó de nuevo el plato antes de que pudiera impedírselo.
—Come, maitea. Estás en los huesos.
Miré la montaña de carne y verduras que acababa de aparecer frente a mí.
—No sé si puedo con otro plato.
—Hace medio minuto has dicho que estaba delicioso.
—Y lo está.
—Entonces puedes.
Miguel soltó una carcajada desde el otro lado de la mesa.
—No discutas. Yo llevo años intentándolo.
Sonia negó con la cabeza .
Durante unos minutos solo se escucharon los cubiertos y la lluvia golpeando contra los cristales.
Después Sonia empezó a explicarnos cómo habían repartido las mesas para el día siguiente y qué vecinos se habían ofrecido para cocinar, servir o recoger.
Por lo que contaba, medio Erregetxe tenía asignada alguna tarea y la otra mitad se había asignado una por su cuenta.
—Como esto salga bien, el alcalde va a decir que ha sido idea suya —dijo Miguel.
—Que se atreva —respondió Eugenia sin levantar la vista del plato.
La forma en que lo dijo hizo que ninguno dudara de que el alcalde correría un peligro considerable si lo intentaba.
Entonces Sonia se volvió hacia mí.
—¿Al final vendrás con nosotros? Que estos días no he podido hablar con tu ama.
—Si no es molestia… Ella estará trabajando todo el día.
—No digas tonterías. ¿Y amona?
—La cuidará Celi hasta que vuelva a casa.
—¿Y no había decretado el alcalde que los bares tenían que cerrar pronto para que no se alargara la fiesta? —inquirió Eugenia—. ¿O es que también se ha echado para atrás el cobarde ese?
—A las cuatro y media se sirve la última copa, café o lo que sea. Ama dice que hay que aprovechar hasta el último minuto para hacer caja.
—Pues le guardamos un hueco para que se siente con nosotros después de trabajar.
Había sido Gorka el que dijo eso. Acababa de entrar por la puerta de casa y se quitaba la chaqueta mientras hablaba.
—Ten cuidado que lo estás calando todo —le advirtió su esposa .
—Lo siento, cariño. Está lloviendo como si no hubiera un mañana.
—A ver si no cancelan lo de mañana —dijo con pesar el ama de mi amigo.
—Seguro que está descargando hoy para dejarnos tranquilos, hija —sentenció la anciana—. Sabe Dios que Erregetxe necesita esta fiesta.
Después de comer y de ayudar a cargar otro coche más, Gorka me acercó a casa.
Saludé a Araceli y pregunté por mi amona.
—Hoy la señora se ha encontrado un poco baja de ánimos. Después de tomar un caldito a media mañana ha querido tumbarse y ahí lleva desde entonces.
Lo dijo con cara de circunstancias mientras señalaba hacia la habitación.
—¿Ha comido?
—Sí, un poco, pero se lo he tenido que dar en la cama.
—Muchas gracias, Celi. Ya me quedo yo con ella.
—Aún es temprano. Puedo quedarme un poco más.
—¿Y qué pasa con todos los días que te quedas más tiempo?
—Gracias.
Cuando Araceli se hubo marchado, entré a la habitación de mi abuela, esperando encontrarla dormida. No era así. Estaba mirando por la ventana desde la cama. El televisor estaba encendido sin volumen y no le hacía ningún caso. No se giró para mirarme.
—Hola, amona. ¿Qué tal estás?
No me respondió .
—Hoy he estado en casa de Miguel ayudándolos a bajar unos tableros que vamos a usar como mesas durante el carnaval. ¿Sabías que su bisabuelo era ebanista y que tienen el desván lleno de trozos de madera?
—El hermano de Eugenia y yo éramos muy buenos amigos.
Pude ver cómo se sonrojaba mientras emitía una leve risita.
—Luego pasó todo esto y no quiso saber de mí. Solamente tu abuelo siguió a mi lado.
Me pilló totalmente desprevenido. Todo aquello, si bien no lo entendía del todo, podía tener sentido. No supe qué responderle, pero tampoco hizo falta.
—Ayúdame a tumbarme un poco. Estoy cansada.
Estaba mirándome mientras pronunciaba esas palabras con voz entrecortada, como si le costase respirar. La ayudé a acomodarse para echar una siesta y me puse con los quehaceres de la casa. Cada cierto rato pasaba por su habitación para comprobar si seguía dormida.
—Sube el volumen y ayúdame a sentarme —me pidió una de esas veces.
Me senté a su lado y siguió hablando como si no hubieran pasado casi dos horas desde nuestra anterior charla.
—Cuando era joven, toda esa madera estaba abajo, en el taller. Ramón, el padre de Alberto, era el mejor carpintero de la zona y siempre tenía algún encargo.
Dejó de hablar y fijó su mirada en la ventana; seguramente estaba recordando esos momentos. La puerta de la calle se abrió y entró ama. Estaba tan absorto en las palabras de mi abuela que no había escuchado el coche accediendo al jardín.
—Hola, pareja, ¿qué tal ?
—Bien, hija, bien. Le estaba contando historias de mi juventud.
Mi madre me miró sorprendida, con un «¿Qué?» mudo dibujado en sus labios.
—Me estaba contando que el bisabuelo de Miguel era el mejor carpintero de la zona. Y también algo sobre un tal Alberto.
Mi madre hizo una mueca de incomprensión antes de aclararme:
—Era el hermano de Eugenia. Murió hace unos años. Josu, ven a ayudarme con la cena.
Seguí a mi madre hasta la cocina y, sin darle tiempo a hablar, le pregunté:
—¿Va todo bien? ¿No es muy pronto para volver?
Eran las cinco y media y mi madre rara vez volvía antes de las diez.
—Sí, sí, pero con el jaleo que tendremos mañana tendré que madrugar mucho, así que he dejado a Julián solo hasta el cierre. Ya le he dicho que a las siete despache al que quede y cierre la persiana. ¿Me vas a decir qué pasa con amona?
—No lo sé. —Me encogí de hombros—. Celi me ha dicho que ha pedido echarse esta mañana y que no se ha levantado en todo el día.
—Me refiero a lo que te ha dicho. Me ha dado la impresión de que estaba…
—Lúcida, sí. Si no tenemos en cuenta que había empezado con esa charla hace más de una hora y que la ha continuado tras la siesta con total normalidad.
—¿Y el resto?
Mi cara debió cambiar y revelar más de lo que creía porque el rostro de mi ama se ensombreció .
—¿Qué pasa?
—No lo sé. Pero cuando me ha hablado, a ratos me ha dado la sensación de que le faltaba el aire. Seguramente sea por la falta de costumbre. Es raro que diga más de dos palabras seguidas.
Mi explicación no pareció calmar a mi madre, que se acercó a ver a mi abuela.
—Anda, vete a la ducha que apestas —me dijo cuando volvió.
—Tú también lo harías de haber estado toda la mañana moviendo tablas de madera.
—Sin excusas, y no tardes, que yo también necesito asearme antes de cenar.
Estaba terminando de preparar los cuencos de mi amona cuando un grito de mi madre provocó que tirara la mitad del contenido al suelo.
—¡Josu! ¡Llama a urgencias!
Sin pensar en lo que hacía, recogí el teléfono que estaba sobre la mesa y marqué el 112. En lo que la telefonista contestaba, pude acercarme al cuarto de mi abuela. Mi madre se encontraba a su lado. Incluso desde la puerta podía ver que respiraba con dificultad.