Cuando despierta el silencio 25 — Nekane
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25 — Nekane

Llevaba días sola. Bueno, realmente no sabía si eran días, horas o semanas, pero sí tenía claro que se trataba de mucho tiempo.

—Lo sé, hablando con propiedad, no estoy del todo sola.

Cada vez que pensaba en ese vacío, la voz de mi interior tendía a replicarme que ella estaba allí conmigo. Había acabado adelantándome para no tener que escucharla repetirlo una y otra vez.

Desde aquella última pregunta, la única vez que el Ser me había visitado fue para atacarme y quitarme aquello que tomaba de mí como alimento. Nuevamente fue cuidadoso. Trataba de no hacerme daño o al menos hacerme el mínimo posible. Por segunda vez lo sentí cansado.

Aún no entendía qué era lo que había provocado el distanciamiento. La pregunta que le planteé era lógica dada mi situación. Él tenía que dormir; por lo tanto, ¿qué pasaría conmigo cuando se fuera si nadie me alimentaba? ¿Dejaría que me muriera?

—Está claro que sí. En cuanto se ponga gordo como el oso, buscará su madriguera y se olvidará de ti.

—No lo creo. No mata. Parecía que le repugnaba el hecho de acabar con una vida sin una razón.

—Si tú lo dices …

La lógica me decía que ya estaba más que preparado para su hibernación.

Se había alimentado de diez personas, de algunas varias veces.

De mí, por lo que recordaba, ya se había alimentado al menos en cuatro ocasiones.

Estaba segura de que lo único que lo retenía era que yo siguiera viva. ¿Sería posible que…?

Una carcajada interrumpió mis pensamientos.

—¿De verdad crees que ese monstruo tiene conciencia?

—Dame otra explicación. ¡Dime! ¿Por qué no se ha ido ya?

Mi voz no me pudo responder. La verdad es que eso era lo único que podía explicar tanto que siguiera allí como su reacción cuando le hice la pregunta.

El Ser no sabía cómo actuar en esa situación.

Seguramente llevase desde aquel primer « ¿POR QUÉ?

» dándole vueltas y yo lo había sacado en nuestra conversación de la forma más cruda: él dormía y yo moría.

Si realmente eso suponía cualquier tipo de conflicto interno para él, era razonable su comportamiento.

Pese a esa idea, algo de lo que me había dicho mi voz me chirriaba: «monstruo» y «conciencia».

Quizá no tuviera conciencia como la entendía yo.

Era posible que simplemente tuviera normas y que ahora dos de ellas hubieran entrado en conflicto.

Él tenía que dormir y yo tenía que ser alimentada para no morir.

Miré hacia el lugar en el que solían aparecer las bandejas. Por primera vez pensé en ellas como lo único que me separaba de la muerte. El agua podía durar algunos días si conseguía conservarla. La comida, un poco más. Ya hacía días que guardaba piezas de fruta. Después llegaría el hambre de verdad.

Había visto animales morir por no comer.

Una cabra enferma de un vecino que terminó convertida en huesos bajo la piel.

Un perro viejo que dejó de aceptar comida durante sus últimos días.

No quería imaginarme así. Tumbada en aquel camastro, demasiado débil para incorporarme, esperando una bandeja que nunca llegaría.

—Bonita forma de volver a casa —comentó mi voz.

—Cállate.

—No vas a volver.

No le respondí.

Pensé en ama, en aita, en Mikel y en mi amona.

Los imaginé sentados alrededor de la mesa mientras cenaban.

Al principio habría una silla vacía. Después quizá dejarían de poner mi plato.

Algún día hasta mis cosas desaparecerían de la habitación porque nadie podía mantener para siempre una casa esperando a alguien que no regresaba.

Aquello me dolió más que imaginar mi propia muerte.

Me obligué a apartar esas imágenes. Si el Ser estaba realmente atrapado entre dos normas, entonces quizá hubiese una tercera posibilidad que ninguno de los dos había encontrado todavía.

No necesitaba que sintiera compasión. Ni siquiera necesitaba que le importara lo que pasara conmigo. Solo necesitaba encontrar una forma de que pudiera dormir sin dejarme morir.

No estaba segura del tiempo que había pasado desde la última vez que se alimentó de mí.

Creía recordar que había comido cuatro o cinco veces.

Cada vez me costaba más mantener la cuenta.

Cada vez veía menos razones para llevar esa cuenta.

Estaba segura de que aquello estaba a punto de terminar.

De una u otra forma, la situación estaba llegando a su fin.

El Ser se dormiría y yo dejaría de recibir comidas en cualquier momento.

No sabía cómo cambiar ese destino que me esperaba.

—No puedes cam …

La frase se quedó en el aire cuando la presencia llegó.

Me dirigí a mi camastro y me senté. Tardó tanto en tomar el control de mi cabeza que llegué a pensar que no lo haría.

Finalmente se expandió por cada rincón, haciendo suyos mis pensamientos y recuerdos.

Compartió conmigo aquella última reflexión que le había planteado hacía tanto tiempo:

El oso dormía en su escondrijo.

Yo en mi celda desfalleciendo poco a poco de inanición.

Las imágenes no llegaban acompañadas de tristeza. Solo creí distinguir frustración, rabia y confusión. No estaba segura. Una cosa era interpretar lo que veía y otra entender los sentimientos que llegaban con ellas.

La escena del oso había cambiado: ya no corría a su escondrijo; se arrastraba lentamente y parecía agotado. Tuve una idea, una pequeña esperanza.

Observé aquella imagen varias veces. El oso avanzaba con dificultad. Daba unos pasos, se detenía, volvía a caminar. Ya no tenía hambre; se le veía demasiado cansado incluso para buscar su guarida.

Me pregunté si aquello era lo que sentía el Ser.

Intenté mostrarle otra vez al oso alimentándose. Después, durmiendo. La imagen desapareció por sí misma.

Probé una cosa diferente. Yo comiendo una de las bandejas. Yo durmiendo. Yo despertando y volviendo a comer.

También fue arrancada por el Ser.

La frustración que llegó hasta mí fue tan intensa que tuve que abrir los ojos, aunque sabía que no servía de nada. El Ser seguía dentro. No podía ocultarle nada simplemente dejando de imaginarlo .

—Parece que por fin has encontrado a alguien tan cabezota como tú —dijo mi voz.

Esta vez no tuve fuerzas ni para mandarla al infierno.

Volví al oso agotado. Lo imaginé acercándose a su refugio y deteniéndose antes de entrar. Después me vi a mí en la celda. El animal miraba hacia su cueva. Yo miraba hacia el lugar donde aparecía la comida.

Dos seres esperando cosas distintas que no podían suceder al mismo tiempo.

Entonces pensé en el bosque.

No en aquel de sus imágenes, sino en el mío. En los árboles que rodeaban Erregetxe, en los caminos que conocía desde niña, en el barro pegándose a los zapatos después de la lluvia. Me vi caminando entre ellos. Libre.

La imagen me hizo contener la respiración.

Después vi mi casa.

Mikel corriendo hacia mí. Ama abrazándome. Aita intentando contener las lágrimas mientras aseguraba que él no estaba llorando.

Y entonces comprendí que quizá la solución no estaba en mantenerme allí.

—No va a funcionar.

La ignoré y ordené mis pensamientos para compartirlos con el Ser:

Estaba libre en el bosque.

Me reunía con mi familia en casa.

El oso se despertaba de su descanso y acudía a mi casa para alimentarse.

El animal volvía a dormir .

Su respuesta no se hizo esperar: volví a ver las mismas imágenes que acababa de imaginar, pero había un añadido. El oso acudía a mi casa y a otras nueve.

Tardé unos segundos en comprenderlo.

Una casa no bastaba.

Él no necesitaba alimentarse una sola vez. Necesitaba todo aquello que obtenía de los diez.

Volví a mostrarle mi casa. El oso llegaba.

Se alimentaba de mí y se marchaba. Después regresaba.

Y otra vez. Y otra. Repetí la escena tantas veces que terminé perdiendo la cuenta.

Con cada visita su cuerpo se volvía más pesado hasta que finalmente apareció aquella gruesa capa de grasa bajo el pelaje marrón.

Esta vez no hubo frustración.

Tampoco alegría.

Sentí algo parecido a una espera.

El Ser estaba pensando.

—Ahora es cuando descubres que acabas de ofrecerte como comida para el resto de tu vida —susurró mi voz.

Intenté ignorarla, pero era imposible porque tenía razón.

Si aquello funcionaba, volvería a casa. Volvería con Mikel, con ama y con aita. Podría caminar otra vez bajo el sol, dormir en mi cama y comer sentada alrededor de nuestra mesa.

Y algún día, sin saber cuándo, el silencio regresaría.

La oscuridad lo cubriría todo.

Y él volvería a por mí.

Tenía miedo. Tanto que estuve a punto de retirar la propuesta. El Ser debió notarlo porque las imágenes desaparecieron durante unos instantes.

Me obligué a pensar otra vez en los nueve que habían muerto. Después imaginé otras nueve caras desconocidas. Y otras nueve. Personas que no habían hecho nada para merecer aquello. Familias esperando a hijos que nunca regresarían.

Volví a mi casa.

Al oso.

A mí.

Repetí las visitas.

Esta vez no dudé.

Lo sentí rumiar dentro de mí por lo que me parecieron décadas. Su respuesta llegó finalmente.

Me vi anciana. Tan anciana que apenas reconocía mi propio rostro. Estaba tumbada mientras el oso se acercaba. Intentaba alimentarse, pero yo gritaba. Le pedía que parara. El animal obedecía.

Después aparecieron diez personas.

El ciclo comenzaba otra vez.

La imagen cambió.

Me vi tendida en el suelo. No respiraba. No me movía. Supe que estaba muerta antes incluso de que el Ser me mostrara las diez figuras apareciendo de nuevo.

Comprendí la pregunta que me estaba haciendo.

No podía prometerle algo para siempre.

Asentí.

Mientras pudiera alimentarlo, lo haría. Mientras mi cuerpo resistiera y yo siguiera viva, él no necesitaría buscar a nadie más. Pero si llegaba el día en que ya no pudiera soportarlo, o si simplemente moría, nuestro acuerdo terminaría.

No sabía cuánto duraría. Diez años. Veinte. Toda mi vida.

Tampoco sabía cuánto de mí me quitaría cada vez.

Aun así, volví a mostrarle mi casa.

El oso acudía una y otra vez .

Yo sobrevivía.

El oso regresaba a dormir.

Esta vez el Ser no corrigió ninguna imagen.

Abandonó mi cuerpo y el silencio más absoluto me rodeó. Luego llegó la oscuridad. Me preparé para sentir cómo me desgarraba una vez más y me arrancaba una parte de mí.

El ataque no llegó.

La oscuridad desapareció y, de pronto, regresaron los sonidos.

Primero fue un murmullo que apenas reconocí.

Después distinguí el roce de las hojas agitadas por la brisa, el canto de los pájaros y algún crujido perdido entre los árboles.

Todo parecía demasiado intenso después de tanto tiempo encerrada.

A través de los párpados cerrados percibí una claridad que casi había olvidado.

Abrí los ojos por instinto y tuve que cerrarlos inmediatamente.

La luz me atravesó como un fogonazo. Esperé unos segundos antes de intentarlo otra vez, esta vez entrecerrándolos hasta que las manchas blancas comenzaron a desaparecer.

El sol se filtraba entre las ramas y dibujaba pequeños parches de luz sobre el suelo. Noté tierra húmeda bajo las manos, hojas secas pegadas a la ropa y una corriente de aire frío recorriéndome la cara.

Estaba sentada en mitad de un bosque.

Estaba fuera.