Cuando despierta el silencio 24 — Patxi
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24 — Patxi

Papeles sueltos, folios en sobres, cuadernos con anotaciones. Llevaba literalmente una semana tratando de leer los informes del agente que, casi ochenta años atrás, se había dedicado a investigar unas desapariciones. El caso cada vez era más similar al que ahora tenía entre manos.

Siete días atrás, cuando fui a tomarme mi café matutino, Marta me sirvió junto a él un pincho muy especial.

—Tu café solo, sin azúcar ni sacarina, y esto como aperitivo.

Lo dijo mientras sacaba una bolsa de la compra de rafia que debía pesar un quintal y la dejaba sobre la barra junto a mi consumición.

—¿Y esto? —pregunté asomándome por el borde de la bolsa.

—He estado haciendo limpieza y he pensado que te vendría bien. Lo he encontrado por el sótano tirado.

En la bolsa había una caja de cartón. Era vieja y daba la impresión de estar fabricada más bien con una cartulina amarillenta y endurecida; nada que ver con los cartones ondulados que se usan ahora.

Creía tener una ligera idea de lo que podría ser y mi sorpresa fue mayúscula.

¿Quién me iba a decir que una semana después estaría maldiciendo todo el contenido de esa caja?

—¿Esto es…?

—Sí .

—¿Lo sabe alguien más?

—Solo Josu —me dijo preocupada.

—Bien. Que siga así entonces —le pedí.

—Vale, pero esto es Erregetxe. Que no te sorprenda si el próximo domingo on Gregorio lo incluye en su sermón.

La letra estilizada había resultado ser un quebradero de cabeza desde el primer minuto.

Seguro que cuando se escribió resultaba preciosa y legible, pero con el paso de los años, la tinta se había expandido por el papel provocando borrones que se sumaban a las manchas de los folios.

Quería evitar meter a nadie más del cuerpo en este galimatías por si aún conseguía dejar fuera del foco a Marta y su familia.

Me pasaba los días en el coche leyendo y tomando notas y a la noche hacía lo propio sentado en el escritorio de casa.

El agente Muñoz había sido meticuloso con su trabajo, pero los documentos de la caja estaban totalmente desordenados.

Por ejemplo, tras leer el resumen del informe en el que recogía las denuncias y la inspección inicial realizada sobre el terreno, busqué durante más de una hora el expediente completo.

Terminé creando mi propio orden sobre el salpicadero.

A la izquierda, informes oficiales. A la derecha, declaraciones.

En una carpeta aparte, sobre el asiento del copiloto, guardaba las anotaciones personales de Muñoz y en otro montón todo aquello que todavía no había conseguido fechar o descifrar.

El sistema habría hecho llorar a cualquier archivero, pero por lo menos ya sabía dónde buscar cada cosa.

Lo peor eran las páginas que parecían importantes precisamente porque no conseguía leerlas. Llegué a pasar diez minutos intentando distinguir una palabra para terminar descubriendo que seguramente ponía «miércoles» .

Ahora, por lo menos, encontraba todo más rápido que cuando quise revisar las entrevistas y las descripciones completas de las escenas.

Las charlas con los padres de los jóvenes no me aportaron ningún tipo de información, pero la minuciosidad con la que describía las huellas de las víctimas y detallaba la forma tan abrupta en que se interrumpían me daba la impresión de que estaba leyendo los informes iniciales realizados por mis compañeros de Científica.

De no ser por el lenguaje empleado, podría asegurar que eran nuevos escenarios del caso que me había llevado hasta allí.

Analicé también las primeras entrevistas realizadas a la ahora señora Etxebarria.

En ellas se recogía punto por punto lo que la anciana me había dicho hacía una semana.

Podía descartar que aquellas historias hubieran nacido con la edad o la enfermedad.

Si existía alguna explicación médica para ellas, había que buscarla mucho más atrás, en lo que le hubiese ocurrido durante su cautiverio.

Traté de buscarle una explicación sencilla.

Que la anciana hubiese reconstruido sus recuerdos con los años.

Que alguien le hubiese contado lo ocurrido y ella terminara incorporándolo a su propia historia.

Que el chaval conociera aquellas desapariciones antiguas y, consciente o inconscientemente, hubiese repetido algunos detalles.

El problema era que las fechas no colaboraban. Las declaraciones estaban allí, escritas casi ochenta años antes. Y, por lo que había podido comprobar, Miguel no sabía absolutamente nada de ellas cuando contó lo sucedido con su hermana.

Aquello no aclaraba nada sobre monstruos, sombras ni ninguna de las otras fantasías que aparecían en los papeles. Pero sí demostraba una cosa mucho más incómoda: dos personas separadas por casi ocho décadas habían descrito situaciones demasiado parecidas.

Hacía muchos años que había aprendido a desconfiar de las coincidencias, especialmente de las que a todas luces eran demasiado perfectas.

Recordé un caso de mis primeros años. Una mujer desapareció de su casa durante la madrugada.

El marido juraba que durmió junto a ella y que al despertarse la cama estaba vacía.

La puerta seguía cerrada con llave y todas las copias estaban en el domicilio.

Las ventanas tenían rejas y ningún vecino había visto u oído salir a nadie.

Durante dos días estuvimos escuchando historias sobre cómo era imposible que hubiera abandonado aquella casa sin que alguien la viera.

Hasta uno de mis compañeros empezó a bromear con que la mujer se había evaporado.

Un pedazo de recibo en una chaqueta de la desaparecida y una vuelta por los comercios del barrio nos demostraron que la mujer se había marchado por su propio pie y que ella misma se ocupó de cerrar la puerta.

Había encargado una copia de la llave de la que su marido no tenía constancia.

Finalmente encontramos a la mujer en casa de una hermana en Cantabria.

Resultó que llevaba años queriendo abandonarlo y aquella había sido la única manera que encontró de hacerlo sin que la siguiera.

Durante cuarenta y ocho horas habíamos tenido una vivienda cerrada, una desaparición imposible y varios testigos convencidos de que nadie había salido de allí. Después apareció aquel papel arrugado y todo volvió a ser aburridamente normal.

Desde entonces procuraba no enamorarme demasiado de ninguna explicación, ni siquiera de las racionales .

El problema era que en Erregetxe llevaba semanas buscando ese detalle que volviera todo aburridamente normal y todavía no daba con él.

Contaba con otra circunstancia difícil de ignorar. Según el antiguo alguacil, las desapariciones se habían repetido cada diez o quince años hasta donde alcanzaba la memoria. Sin embargo, después del regreso de la señora Etxebarria no constaba ningún otro caso hasta el actual.

O Muñoz se equivocó al reconstruir el patrón, o aquella mujer no solo había sido la única que había regresado, sino que su vuelta cambió algo.

Dos días atrás Pedro me llamó para pedirme novedades.

—Dime que tienes algo, Patxi.

—Tengo cosas.

—Eso es lo que dice alguien cuando no tiene nada.

—Por eso no he dicho que tenga nada. He dicho que tengo cosas.

Escuché su suspiro al otro lado del teléfono. Llevábamos suficientes años trabajando juntos como para saber cuándo estaba empezando a perder la paciencia.

—¿Qué clase de cosas?

—Documentación antigua relacionada con otras desapariciones en el pueblo. Estoy comprobándola.

—¿Relacionada cómo?

Miré la caja abierta sobre el asiento del copiloto.

Podía haberle contado lo de las huellas que terminaban en mitad de ninguna parte, la edad de los desaparecidos, la oscuridad, el silencio o la anciana que llevaba casi ochenta años repitiendo la misma historia.

También podía haberle hablado de monstruos y terminar la conversación escuchando cómo pedía que me hicieran una prueba de alcoholemia.

—Todavía no lo sé.

—Patxi…

—Dame un poco más de tiempo. Hay coincidencias, pero no pienso hacerte perder el tiempo con ellas hasta saber si son algo más que eso.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Cuánto?

—Unos días.

—Ya llevas allí demasiados.

—Y precisamente por eso no quiero llamarte mañana para decirte que he perseguido una historia de fantasmas durante una semana.

Pedro volvió a suspirar.

—Tienes hasta el lunes. Después quiero un informe, aunque sea para decirme que no hay nada.

—Perfecto.

—Y, Patxi…

—¿Sí?

—Si de verdad has encontrado algo, no intentes arreglarlo tú solo.

Colgó antes de que pudiera contestarle.

Eran las diez y media de la mañana y, por un rato, tendría que dejar la lectura.

El pueblo había decidido celebrar un pequeño acto en carnaval, nada comparado con las fiestas de otros años, pero se había rescatado una antigua costumbre, al parecer por iniciativa del párroco, para no dar por canceladas las festividades.

El alcalde solicitó la participación de la Ertzaintza en los preparativos de seguridad.

Tenía una reunión con él y la policía local.

Solo contaba con cuatro agentes a mi disposición.

Su tarea principal era evitar que los pocos periodistas y pseudoperiodistas que campaban por el pueblo molestasen a los ciudadanos y también dar una pequeña sensación de seguridad adicional a los vecinos.

Especialmente a aquellos que regresaban a sus casas cuando ya había anochecido.

Cerré la carpeta que tenía delante y miré la caja. Llevaba una semana deseando encontrar en aquellos papeles cualquier cosa que me permitiera descartarlos. De momento, estaba ocurriendo justo lo contrario.