Cuando despierta el silencio 23 — Josu
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23 — Josu

Hacía ya un par de horas que mi amona estaba acostada. Ama venía con mucho retraso para ser jueves. Además, no había respondido a mis mensajes hasta hacía diez minutos. Me tenía preocupado. Lo único que me había mantenido distraído era el análisis de los informes de mi aitona.

Josu: ¿Todo bien?

Ama: Sí, lo siento. Se ha montado un pleno improvisado en el bar y hasta ahora no hemos podido cerrar. Ya voy para casa.

Quince minutos después de recibir esa respuesta, estaba entrando con su coche por el jardín y yo ya tenía la cena recalentada y servida.

—Lo siento, maitea —se disculpó nada más entrar por la puerta.

—Pensaba que estos días tendrías menos trabajo. Me dijiste que ya se habían marchado casi todos los policías.

Ama dejó el bolso sobre una silla y se quitó el abrigo antes de sentarse frente al plato.

—Y se han marchado. Quedan algunos, pero nada que ver con la semana pasada .

—Entonces, ¿qué ha pasado hoy?

—Que el bar estaba lleno hasta arriba. Y para rematar, han entrado el alcalde y el concejal de fiestas.

—Eso no explica que hayas salido tan tarde.

—Es que no los han dejado salir —respondió, y por la sonrisa que se le escapó comprendí que la historia iba a ser buena.

—¿Cómo que no los han dejado salir?

—Han empezado a soltarles improperios y a quejarse por la cancelación del carnaval. En cuestión de cinco minutos se ha montado una gorda.

—Ya me lo imagino. En el colegio todo el mundo está enfadado y no solamente los alumnos. Muchos comentaban que a sus padres tampoco les hacía ninguna gracia. Incluso algún profesor ha dejado entrever su enfado.

—Pues no sé si eran los padres de tus compañeros u otras personas, pero les han dicho que una cosa es el respeto por las víctimas o que tengan miedo de que vuelva a pasar algo por la noche y que otra muy diferente es cancelar una fiesta que se lleva celebrando décadas. Además, andaba por ahí on Gregorio.

—Y seguro que ha calmado los ánimos —dije con ironía conociendo la actitud guerrera del párroco.

—Justo eso… Ha comentado que incluso durante el franquismo se mantuvieron como comidas parroquiales para escapar de la prohibición de la dictadura.

—¿En serio que durante la dictadura no se podían celebrar los carnavales?

—Eso parece.

—¿Y qué es eso de una comida parroquial?

—Pues entre todos los vecinos preparaban una comida en la plaza del pueblo .

—Suena divertido.

—Pues la próxima semana tendrás la oportunidad de participar. A la gente le ha gustado tanto la idea que no ha permitido que los del ayuntamiento se fueran antes de jurar ante Dios que mañana mismo lo organizarían.

—¿Y les han creído?

Ama pinchó uno de los trozos de tortilla y se lo llevó a la boca. Llevaba apenas un par de minutos sentada y ya parecía otra persona.

—Más les vale. Además, on Gregorio les ha dejado bastante claro qué pasará si mañana se olvidan de la promesa.

—¿Qué va a hacer? ¿Encerrarlos en la iglesia?

—Peor. Ha dicho que los maldecirá.

Me quedé mirándola con el tenedor suspendido a medio camino.

—¿Maldecirlos de verdad?

—De verdad. Con Dios, santos y todo lo que tuviera disponible.

—No puede haber dicho eso.

—Yo estaba allí. Ha levantado el dedo delante del alcalde y les ha dicho que, si mañana a mediodía no han empezado a organizar la comida, el domingo pedirá desde el púlpito que «el Señor ilumine a todos los vecinos cuando llegue el momento de elegir nuevamente a sus representantes».

—Eso no es una maldición.

—Espera. Después ha añadido que también rezaría para que san Judas se encargase personalmente de su futuro político.

No pude evitar reírme.

—¿San Judas ?

—Ni idea. En ese momento el concejal de fiestas le ha preguntado si estaba amenazándolos y on Gregorio le ha contestado que él jamás amenazaba a nadie, que simplemente advertía de las consecuencias espirituales de cabrear a todo un pueblo.

Me reí tan alto que ama me hizo callar llevándose un dedo a los labios.

—Como despiertes a amona, la maldición te la echo yo.

Terminamos de cenar y me puse a recoger la mesa.

—¿Qué tal va esa lectura?

Se refería a los documentos de su padre. Cuando le conté lo que había hecho, no le hizo mucha gracia. Tras una breve discusión, acabó entendiendo que quería ayudar a Miguel y se le pasó el cabreo… más o menos.

—Muuuyyyyy lenta. Entre la letra apretada de aitona y que en la mitad de los documentos salen los nombres tachados y luego pone los apellidos entre dos líneas… He avanzado más bien poco. Espero que la Ertzaintza tenga más suerte. ¿Te ha dicho algo Patxi?

—No. Desde que le di la caja el lunes, vuelve a ser el tipo que se toma su café y no comenta nada de su trabajo. De no ser porque ahora pasa tres veces al día y porque los cuatro agentes que quedan en el pueblo se ponen tiesos cuando le ven, no parecería un ertzaina.

Estaba enjuagando un plato cuando la sangre se me heló.

Desde fuera de la cocina, nos llegó un grito desgarrador: un lamento acompañado de lloros a un volumen que hacía que sintiera ganas de soltar cualquier cosa que tuviera entre las manos y taparme los oídos.

Mi madre y yo intercambiamos una mirada durante medio segundo que decía: «Pensaba que los ataques habían terminado».

Ella tropezó al echar la silla para atrás y yo arrojé el plato en el fregadero sin miramientos.

Nos encontramos en la puerta y la dejé pasar.

Atravesamos el salón a la carrera en dirección a la habitación de mi abuela.

Amona se encontraba sentada en la cama apoyando la espalda sobre el cabecero.

Tenía la cara oculta entre sus manos. Seguía llorando; ya no gemía como un animal herido, pero sus lamentos eran audibles.

Resultaba difícil entender lo que decía: sus palabras sonaban débiles y se mezclaban con los sollozos.

Me quedé junto a la puerta mientras ama intentaba apartarle con cuidado las manos de la cara.

Por un instante pensé que se habría caído otra vez o que le dolía algo, pero no se veía ningún daño físico.

Amona negaba con la cabeza cada vez que mi madre intentaba preguntarle qué ocurría.

No estaba desorientada como otras veces.

Tampoco miraba alrededor buscando reconocer dónde estaba.

Sabía perfectamente quién la abrazaba y dónde se encontraba.

—Yo… he sido yo…

—Tranquila, ama —le decía mi madre mientras se sentaba a su lado y la abrazaba.

—No lo entiendes… Es mi culpa.

Algunas de sus palabras apenas se escuchaban y otras salían de su boca como graznidos.

—Tú no tienes culpa de nada, cariño. Has tenido una pesadilla. Eso es todo.

—Yo lo he dejado ir. No tenía fuerzas ya. No me queda vida que lo alimente. He sido yo .

Las palabras fueron cobrando fuerza y la voz firmeza según seguía hablando. Llegó un momento en el que reconocí a la anciana que me achuchaba mientras gobernaba esa casa con firmeza.

—No lo entiendes, mi niña. Si… si hubiese aguantado un poco más… ellos no se habrían ido con la oscuridad y el silencio.

Me quedé inmóvil junto a la puerta. Durante unos segundos solo fui consciente de la respiración entrecortada de amona y de la mano de ama recorriéndole la espalda de arriba a abajo.

Oscuridad y silencio.

Había leído esas dos palabras apenas un par de horas antes. Estaban en una de las declaraciones del cuarenta y seis, perdidas entre aquella letra apretada que Miguel y yo llevábamos días intentando descifrar. Ahora las estaba escuchando de su propia boca.

Miré a ama esperando encontrar en su cara la misma sorpresa, pero continuaba abrazándola. Para ella, seguramente no eran más que una continuación de lo que había dicho durante la conversación con Patxi, otro delirio que sumar a los acumulados durante aquellos años.

Para mí no. Recordé a Miguel contándome que el monte se había quedado completamente en silencio. Recordé cómo describió aquella oscuridad imposible antes de que su hermana desapareciera de entre sus brazos.

Percibí que algo que llevaba días intentando encajar acababa de moverse dentro de mí. No tenía ni idea todavía de qué forma tenía, pero ya no podía seguir diciéndome que todo aquello eran coincidencias .

En el salón, cuando leía los documentos en mi móvil, había pensado en mi amigo. Ahora un mazo golpeaba mi cabeza sin darme tregua.

Tenía que contárselo a Miguel.