Cuando despierta el silencio 22 — Miguel
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22 — Miguel

Me encontraba frente a la puerta de mi casa.

Haría unos diez minutos que me había despedido de Josu y me había quedado ahí plantado sin moverme.

No me decidía a entrar. Llevaba todo el día dándole vueltas a lo que había descubierto esa misma mañana.

Me había imaginado discutiendo con mis padres y mi abuela por haberme ocultado lo que sabían.

No quería dejarme llevar por la rabia que sentía.

Era algo que estaba trabajando con mi psicóloga.

El primer día, durante la sesión, me preguntó qué quería conseguir y lo primero que me vino a la mente fue la cara inflamada y el labio sanguinolento de Iñaki Ezkurza.

Seguía pensando cuál sería la mejor forma de empezar la discusión cuando la puerta se abrió.

—Anda y pasa para dentro, que vas a coger una pulmonía ahí parado como un pasmarote.

Esa había sido la cálida bienvenida de mi amama, que de alguna manera había adivinado que estaba frente a la puerta.

—Hola, ama…

—¿Y estas horas? Nos tenías preocupados —me interrumpió mi madre.

Por puro reflejo miré el reloj. Llevaba casi media hora de retraso respecto a mi hora habitual de regreso. O bien llevaba más de veinte minutos frente a la puerta sin animarme a entrar, o habíamos realizado el camino a una velocidad más lenta de lo habitual.

—Veo que ya has vuelto. Lo que yo decía, Sonia. Solo un pequeño retraso. ¿Te has quedado un rato con los amigos? Sabes que tienes móvil para algo.

Demasiado comprensivo me estaba pareciendo aita.

¡El móvil! Lo había encendido para avisar a mi madre tras la comida y dejado en silencio al fondo de la mochila.

Con las prisas por estar a solas con Josu, se me había olvidado ponerle el volumen después de clase.

Con la bronca de fondo, empecé a comprender la preocupación de ama y el rapapolvo de mi padre.

No solo llegaba con retraso, seguramente tendría el móvil con cientos de mensajes y de llamadas perdidas, y yo no había dado señales de vida.

Así de fácil se convertía un discurso preparado durante todo el día en polvo.

Mi padre seguía hablando y sus palabras conciliadoras del inicio se habían transformado en una bronca en toda regla.

Daba la impresión de que con cada frase su enfado crecía.

Yo permanecía con la mirada gacha incapaz de mirarle a la cara por la vergüenza.

No me creía que se me hubiese olvidado el teléfono.

—Tu madre atacada, llamándote; tú sin contestar. Hemos llamado a Josu y su móvil estaba apagado. ¿Cómo se te ocurre…?

Nunca supe cómo terminaba esa pregunta porque mi amama, que seguía a mi lado, me abrazó y le cortó.

No hizo falta que elevara la voz para hacerse oír.

Simplemente comenzó a hablar y los gritos de mi padre dejaron de escucharse.

Aun con sus años, tenía un tipo de autoridad que mi aita o los profesores del colegio no lograban.

Me acordé de la amona de mi amigo y el contraste entre las dos ancianas me abrumó .

—Dejadle respirar un poco. Creo que ya se ha dado cuenta del error. Miradle, solo le falta ponerse a llorar. ¿Lo has entendido, maitea?

Asentí mirando mis botas y las zapatillas de casa de mi abuela.

—Sube y cámbiate mientras te preparo un chocolate caliente y un poco de merienda. Luego vuelve y nos cuentas qué ha pasado.

Cuando bajé por las escaleras, el ambiente se había calmado. Un tazón de espeso chocolate y un bocadillo me esperaban en la mesa junto a mis padres y mi amama, que sujetaban entre sus manos unas tazas de café.

—¿Y bien? —dijo bruscamente mi padre según me senté.

—Dale un momento para que se siente, Gorka —le abroncó mi amama—. Cuéntanos, maitea, ¿por qué has llegado tan tarde? ¿Y qué tienes por esa cabezota que te preocupa? No me mires así, que soy vieja, pero no estoy ciega. Ya has entrado a casa con una cara más larga que una barra de pan.

Por la reacción de mis padres, me di cuenta de que ellos no se habían fijado en mi expresión. Yo tampoco era consciente de ello, pero si ella lo decía, sería así. Nunca se le escapaba nada.

—Pues he estado hablando con Josu y… —me callé inseguro.

—Sigue —me animó amama.

—Ayer un ertzaina visitó a Marta. El jefe ese que vivía aquí cuando era pequeño.

Mis padres hicieron como que no comprendían de qué les estaba hablando. Esperaba que cuando fuese mayor pudiese poner esa misma cara de indiferencia .

—No hace falta que finjáis. Sé que vino aquí la semana pasada y que hablasteis con él.

En ese instante sí que estaba seguro de haber captado su atención.

No soy la persona que mejor descifre las expresiones del resto, pero incluso para mí era evidente cómo se habían abierto los ojos de mi madre y cómo la sonrisa fingida de mi padre se había tensado hasta parecer una mueca.

La única que conservaba su rostro de piedra era mi abuela.

—¿Por qué no me contasteis que vino? ¿Por qué no me contasteis lo que le habíais dicho?

Traté de aparentar calma, pero me fue imposible no terminar la segunda pregunta con un pequeño tono de reproche.

—Son cosas de mayores, no tienes que meterte en ello. Voy a hablar con…

—Te recuerdo —corté a mi madre— que fui yo quien estaba con ella cuando desapareció. ¿Soy mayor para que me entreviste la Ertzaintza, pero no para que me digáis que esto ya había pasado antes?

Mi padre dejó de mirarme con enfado. Fue tan rápido que casi pude ver cómo se le borraba de la cara. Ama abrió la boca, pero tardó varios segundos en encontrar qué decir.

—Miguel, nosotros no sabíamos que…

—Claro que lo sabíais.

—Sabíamos que estabas pasándolo mal —me corrigió aita.

Me limpié las lágrimas con la manga. Había pasado todo el día imaginando aquel momento y en ninguna de las discusiones que había ensayado acababa llorando delante de ellos.

En todas estaba enfadado. Gritaba. Les decía exactamente lo que pensaba y ellos se quedaban sin nada que responder.

La realidad estaba siendo bastante más penosa .

—Por eso voy a la psicóloga, ¿no? —respondí.

—Y precisamente por eso no queríamos meterte más cosas en la cabeza —dijo ama.

—Pero son cosas sobre ella.

Nadie necesitó preguntarme a quién me refería.

—Si hay alguien que desapareció igual que mi hermana y volvió, quiero que me lo contéis vosotros.

Aita se pasó una mano por la cara. Ya no estaba enfadado. Parecía cansado.

—Solo intentábamos protegerte.

—Pues no ha funcionado muy bien.

—Hijo, entiende que no queríamos que tuvieses que revivirlo todo otra vez.

Mi padre trataba de tranquilizarme, pero ya no había vuelta atrás para todo lo que estaba pasando por mi cabeza.

—¿Revivirlo otra vez? —pregunté con ironía mientras las lágrimas caían por mi cara—. Cada vez que me quedo a oscuras en una habitación o que, por algún motivo, se hace el silencio en cualquier parte, no puedo evitar recordar el momento.

Una mano pequeña y suave agarró la mía y la llevó hasta la mesa.

—Tus padres no sabían nada. Si acaso tienes que recriminarle alguna cosa a alguien, sería a mí por no habértelo contado.

—Ellos… ellos podían habérmelo dicho. Lo saben desde hace días.

—Los niños no deberíais andar metiéndoos en estas cosas —repitió ama .

—Igual sí tiene derecho a saber alguna cosa, Sonia —comentó mi amama—. Todo lo que Miguel dijo del silencio y de la oscuridad, yo ya lo había escuchado antes, pero no le di mucha importancia.

En ese momento mis padres permanecían completamente atentos a mi abuela.

Igual que sucedió cuando les contó la historia a la Ertzaintza, parecía que todo se hubiese paralizado.

Estaba seguro de que, si un plato se hubiese caído al suelo y hubiese estallado en mil pedazos, ninguno de los tres se habría dado cuenta.

Por puro impulso, sin ser del todo consciente de lo que hacía, hablé.

—Yo no lo he oído, pero sí que lo he leído.

Por primera vez, ni siquiera mi amama pudo mantener su expresión tranquila. Incluso ella se vio sorprendida por mis palabras.

—Josu ha encontrado unos papeles de su aitona. Bueno, ha sido su ama —aclaré.

—Entonces también sabes…

Asentí. Aita y ama nos miraban alternativamente a los dos como se hace en un partido de tenis. Eran conscientes de que había un dato importante que se estaban perdiendo en todo aquello.

—¿Qué pasa? —preguntó finalmente mi madre.

Fui yo quien se lo contó. Resumí lo que me había dicho Josu: cómo Patxi había ido a su casa y le había dado la noticia a Marta.

También les dije cómo mi amigo la había encontrado en el sótano cuando volvió de casa de Endika.

Jugué un poco con la verdad al decirles que habían estado leyendo los documentos antes de dárselos a la policía.

Claro está que no les dije nada sobre que teníamos copia de la gran mayoría de los papeles y que seguíamos tratando de descifrarlos.

—Pero, ama, si tú sabías esto… ¿por qué no nos dijiste nada? Podíamos haber hablado con ella —le dijo mi padre.

—Gorka, querido, llevo años y años yendo todas las semanas a charlar con ella.

En los últimos años la mayoría de las veces ni siquiera habla en todo el rato.

Cuando lo hace, suele decir cosas que no tienen sentido.

Por mucho que ella quisiera, no sería capaz de ayudarnos.

Es lo que le dije a Patxi: ya no está entre nosotros.

La joven con la que iba al mercado o tomaba un café en mi juventud no existe.

Mi amama hablaba con tristeza. Cada uno de sus gestos denotaba abatimiento y sufrimiento. Debía de ser muy duro para ella ver que todos sus amigos se habían ido y que la única que aún quedaba con vida no era más que una sombra de lo que había sido.

—¿Y no habrá algo, entre todo lo que te ha ido contando estos años, que pueda ayudarnos? Intenta recordarlo, por favor —suplicaba mi madre.

—Lo siento, Sonia, pero todo lo que podía haber sido de ayuda ya se lo dije a Patxi. Todas las cosas que decía eran puras fantasías: monstruos que le quitaban la vida, una oscuridad tremenda. Nada que pueda ayudarnos a encontrarla.

No recordaba haber visto llorar a mi abuela antes. Verlo por primera vez es una de esas imágenes que se graban, que se quedan marcadas para toda la vida. La primera vez que comprendes que una montaña puede ser derribada .

El silencio y la desesperación se adueñaron de la estancia. Ninguno tenía ganas de hablar. Ya solo nos quedaban fuerzas para llorar.