21 — Nekane
Volví a sentir la presencia a mi lado. Esta vez estaba preparada. Llevaba horas buscando las imágenes, los sentimientos y los recuerdos que me ayudaran a formular una pregunta. También creía estar dispuesta a plantear al menos una segunda, dependiendo de las posibles respuestas.
Hasta entonces me había limitado a reaccionar a lo que el Ser hacía conmigo, pero sus últimos actos demostraron que no era una simple bestia movida por el instinto.
Parecía capaz de comprenderme, de responder a mis pensamientos y, de algún modo, de hacerse entender.
Tenía claro que había algo racional detrás de aquella presencia, por lo que esperaba que pudiera responderme.
Mi pregunta era simple y lógica: «¿Por qué nos haces esto?
¿Por qué nos matas?». Pero realmente tenía cientos, si no miles, de cosas que preguntarle al Ser.
Algunas surgieron casi al principio, cuando aún esperaba que tuviese una explicación comprensible: «¿Por qué no me dejas libre?
», «¿Por qué nosotros?». Otras habían aparecido en los peores momentos, mientras me recuperaba de sus ataques: «¿Por qué me atacas?
», «¿Qué me quitas cuando me atacas?». Algunas regresaban cada vez que llegaba una nueva bandeja de comida: «¿Por qué nos alimentas si vas a matarnos?
». Y otras me acompañaban desde que fui consciente de que ya no estaba en el camino de mi casa: «¿Cómo he llegado aquí? ».
Algunas habían perdido importancia con los días, otras parecían crecer cuanto más tiempo permanecía encerrada. Entre todas ellas había una que me intrigaba por encima de las demás: «¿Qué eres?». La curiosidad me carcomía por dentro tanto como el temor a sus posibles respuestas.
De todas las que había ido acumulando durante mi reclusión, había elegido una que, aunque seguramente no serviría de nada, me daba la falsa esperanza de que, si descubría qué quería mi captor, podría ofrecérselo a cambio de mi libertad.
Me había quedado claro que no buscaba vernos sufrir: la sutileza del último ataque lo demostraba.
Tampoco creía que quisiera nuestra muerte, pese a su insistencia en tratar de saber por qué yo no moría.
De ser así, le hubiese bastado con dejar de darme mis raciones de comida y agua diarias.
Volví a sentir cómo el Ser abría las puertas de mi interior y exploraba los recuerdos, los sueños y los pensamientos. Cuando creía que había terminado su expansión, comencé a formar las imágenes en mi mente.
Mis nueve conocidos muriendo.
Los rostros de cientos de personas siendo capturadas por la oscuridad.
Yo siendo atacada una y otra vez.
Acompañé esta última con los recuerdos de dolor y sufrimiento.
Con el sentimiento de vergüenza tras el primer ataque por haberme orinado encima.
Con el recuerdo del cansancio y del dolor de los músculos que tenía después.
Aunque no creía que sirviera de mucho, visualicé también las palabras que componían la pregunta .
Seguramente solo fuese mi imaginación, pero creí percibir al Ser pensando. En cierto modo, me recordaba a mi madre cuando, siendo niños, Mikel le hacía alguna pregunta comprometida y ella se tomaba su tiempo para pensar la respuesta más adecuada. Casi podía imaginarlo sentado y reflexionando.
De repente, una imagen rosada se formó en mi cabeza.
La forma variaba cada poco antes de convertirse en una mancha roja que ocupaba toda mi visión.
No hizo falta que me lo planteara siquiera; él entendió que no lo había comprendido.
La secuencia se repitió, pero ahora parecía observarla desde más lejos: había retrocedido diez pasos y por fin podía ver el cuadro completo.
Una aldeana anónima apareció junto a un pequeño lechón rosado.
Volcó restos de comida en un recipiente y el animal hundió el hocico en ellos.
La imagen cambió. Era el mismo cerdo, un poco mayor, comiendo mientras la mujer permanecía a su lado.
Volvió a cambiar. El animal ya le llegaba por encima de las rodillas.
Después casi hasta la cadera. Las imágenes se sucedían y, aunque no podía saber cuánto tiempo transcurría entre ellas, comprendí que estaba viendo pasar los meses.
La mujer lo alimentaba una y otra vez. Restos de comida, verduras, cereales. Siempre comía. Siempre crecía.
Entonces las imágenes cambiaron.
El cerdo estaba tumbado en el suelo. La misma señora sujetaba un recipiente mientras otra persona hundía un cuchillo en el cuello del animal.
La sangre comenzó a caer dentro de la cazuela.
Quise apartarme de aquella visión, pero el Ser no me lo permitió.
Vi cómo lo despiezaban después. Las patas por un lado, grandes trozos de carne por otro. Nada parecía desperdiciarse.
La última imagen mostró una mesa rodeada por varias personas. Reconocí a la señora entre ellas. Había platos llenos de carne, embutidos y guisos. Comían mientras hablaban y sonreían. El animal al que habían alimentado durante meses estaba sobre la mesa y en los estómagos de toda la familia.
Entonces comprendí por qué me mostraba todo aquello.
El Ser se alimentaba de nosotros. Nos mataba para comer, igual que hacíamos las personas con los animales. ¿Éramos simple alimento para él? Aunque no había sido consciente de haber pensado en ello, él sí se percató y respondió afirmativamente.
Sentí náuseas cuando salió de mi cabeza.
Al recomponerme, me di cuenta de que no se había ido.
Seguía ahí. Tras la cruda realidad que me acababa de mostrar, no pude hacerle una segunda pregunta.
No estaba preparada para esta respuesta.
No tenía pensada ninguna réplica y no había podido aclarar mis pensamientos con él dentro.
Ahora ya sabía cuáles serían mis siguientes pasos.
Bebí agua y me senté invitándole a entrar. No se hizo de rogar.
Le mostré a mis conocidos muriendo, uno tras otro, una y otra vez y lo acompañé de una pregunta que sabía que él ya conocía: «¿Por qué?».
Me mostró a la familia comiendo y luego otra vez la muerte del cerdo.
—Tú comes y ellos mueren.
Pronuncié esas palabras mientras imaginaba a un lobo acechando una oveja para separarla del rebaño antes de matarla y alimentarse de ella.
Supe que el Ser estaba complacido por haberlo entendido.
Preparé mi siguiente pregunta.
Yo siendo atacada.
Yo levantándome tras el ataque .
Yo en el suelo, con una postura extraña, claramente muerta.
Un lobo que me persigue hasta matarme.
—¿Por qué no me matas?
La respuesta se hizo esperar como la primera vez. No sabía si habría comprendido mi pregunta. Era difícil de formular con imágenes.
La familia comía; después el animal moría.
El lobo se alimentaba de la oveja; luego esta moría desangrada.
Un oso se tragaba una trucha entera mientras aún estaba viva.
El tipo de imágenes cambió. Bueno, realmente no fueron las imágenes, sino el sentimiento que las acompañaba. Hasta ese momento no había sido consciente, pero las escenas anteriores parecían llegar junto a un sentimiento de júbilo o felicidad. Estas otras llegaban cargadas de tristeza y pena.
Un cazador mataba un oso y recogía su piel dejando la carne en el bosque.
Un lobo mataba un zorro y lo dejaba tirado.
Un gato gordo cazaba un topo y lo dejaba pudrirse en su agujero.
Creí comprender. Él no mataba; solo se alimentaba. La muerte era una consecuencia de su necesidad, no algo que él quería o disfrutara.
Sentía que se marchaba, pero traté de hacerle una última pregunta.
Le mostré una imagen de mí junto a mi familia y pensé en la palabra «persona».
Vi al animal siendo alimentado y pensé en la palabra «cerdo».
Pensé en un árbol, en las montañas, en el cielo …
Pensé en el Ser como yo lo veía. Una negrura absoluta y muy grande.
—¿Qué eres? —le pregunté.
Vi un bosque sobre el que se cernía la noche con un cielo estrellado. Una sombra comenzaba a cubrirlo todo.
Vi una montaña sobre la que empezaba a aparecer el sol. Una sombra se los tragaba.
Me desperté. Las visiones habían sido demasiado abrumadoras para mí y me había desmayado antes de que el Ser se fuera. Volvía a estar sola.
—Desde que tienes compañía te olvidas de mí.
—Ya me gustaría. ¿Qué quieres ahora?
—¿Has pensado qué pasará cuando haya terminado de alimentarse?
La risa que siguió a sus palabras retumbó en mi cabeza y me produjo escalofríos.
—¡Cállate!
Pero la duda ya se abría paso para captar mi atención. Hasta entonces solo había pensado en qué nos hacía y por qué. Nunca en lo que ocurría después.
¿Qué hacía el Ser cuando dejaba de tener hambre?
Dos bandejas después volví a tener compañía en mi celda. Estaba dando vueltas mientras comía unos pedazos de pan cuando llegó. Me permitió sentarme antes de entrar en mi cabeza.
Volvía a estar lista para preguntar, pero no estaba segura de si sería suficientemente clara. Era una pregunta muy compleja de formular.
Recordé a la familia comiendo los frutos de la matanza e imaginé cómo luego unos dormían y otros trabajaban .
Le mostré al lobo que se saciaba comiendo la oveja y luego arrastraba el cadáver para dárselo a los pequeños de su manada.
Visualicé un gato que, tras comer, se tumbaba al sol.
Me imaginé en mi celda comiendo y luego paseando, como había hecho solo unos minutos antes. También comiendo y tomándome un descanso.
Traje a mi mente el recuerdo de mis compañeros de cautiverio muriendo y después la imagen del cielo estrellado apagándose. La respuesta fue clara.
Un oso devoraba todo cuanto encontraba a su paso.
Pescaba en un río, arrancaba frutos de los arbustos y engullía cualquier cosa que pudiera alimentarlo.
A medida que comía, su cuerpo se volvía más pesado y una gruesa capa de grasa comenzaba a cubrirlo.
Finalmente se internaba entre las rocas hasta encontrar un refugio, se acomodaba en su interior y cerraba los ojos.
Pensé que había comprendido la respuesta. Se alimentaba hasta saciarse y después dormía.
Pero la visión no terminó.
Yo permanecía frente al escondrijo mientras el tiempo parecía acelerarse a mi alrededor.
El sol cruzaba el cielo una y otra vez. La nieve cubría la entrada y desaparecía.
Los árboles perdían sus hojas, volvían a cubrirse de verde y las perdían de nuevo.
Las estaciones se sucedieron tantas veces que dejé de intentar contarlas.
Finalmente, el animal salía lentamente de su refugio, mucho más delgado que cuando había entrado.
El Ser se alimentaba. Después dormía durante mucho tiempo. Y solo despertaba cuando volvía a tener hambre.
Pensé en él y luego en mí, que me incorporaba y seguía viviendo tras cada ataque .
Visualicé al oso durmiendo y después a mí en la celda, muriendo lentamente de inanición.
El Ser me abandonó. No se retiró de mí poco a poco como solía hacerlo. No sentí que saliera de mi cabeza cerrando las puertas de las habitaciones a su paso, devolviéndome cada pensamiento y cada rincón de mi mente conforme retrocedía. Esta vez desapareció de golpe.
Fue como salir en ropa interior al jardín de noche en plena nevada.
Un instante antes había algo ocupándolo todo, envolviéndome por dentro, y al siguiente solo quedaba un vacío helado.
El contraste me hizo marearme y no pude contener las arcadas.
Me enjuagué la boca. Bebí agua. Me estremecí y abracé las rodillas sin saber muy bien por qué.
Durante unos segundos hasta mis propios pensamientos me parecieron demasiado ruidosos.
No entendía qué había pasado.