Cuando despierta el silencio 20 — Miguel
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20 — Miguel

Me desperté temprano para ir al colegio.

Al abrir la ventana, un día lluvioso propio de estas fechas me dio la bienvenida.

No caía con fuerza. Era ese zirimiri fino que parecía no mojar hasta que llevabas cinco minutos debajo y descubrías que tenías el pelo empapado y la ropa pegada al cuerpo.

El cielo estaba completamente cubierto por una capa gris.

El sol apenas había aparecido, pero estaba seguro de que aún al mediodía nos costaría saber su posición exacta. Escribí un mensaje a Josu.

Miguel: Buenos días, ¿qué te parece si le digo a mi aita que nos lleve? Con la que está cayendo, si no, llegaremos calados.

Josu: Si no le importa, OK. Tengo bastantes cosas que contarte.

Miguel: Adelántame algo.

Josu: En persona. Es sobre las desapariciones.

Intrigado, me preparé y bajé a desayunar. ¿Qué tendría que contarme? Hacía unas pocas horas que habíamos estado juntos. Antes de ir a la cocina, pasé por el despacho de mi padre.

—Egun on. ¿Puedes acercarnos a Josu y a mí al colegio? Está lloviendo mucho .

—Si no os importa llegar pronto, sin problema. Termino de redactar un email y salimos. Tienes diez minutos para estar listo.

Informé a Josu y desayuné tan rápido como me fue posible. Quince minutos después estaba sentado en el coche y salíamos hacia casa de mi amigo. La fina lluvia cubría todo con una cortina gris y obligaba a mi aita a conducir despacio con los limpiaparabrisas funcionando sin descanso.

—Sé que no te gusta hablar de ello, pero ¿qué tal te va con la psicóloga? Tenías cita mañana por la tarde, ¿no?

—Sí, mañana después del colegio.

Realmente no sabía cómo contestarle a la otra pregunta.

No había hablado de ello con nadie, ni con Josu.

No me sentía cómodo. Tampoco estaba seguro de cómo me iba, si es que iba en alguna dirección.

No me estaba viniendo mal, pero tampoco estaba seguro de si había avanzado algo.

Aún no era capaz de pensar en su nombre sin sentir remordimientos y ya no digamos de pronunciarlo en alto.

Suponía que, como me dijo Marta, era cuestión de darle tiempo.

—Creo que me viene bien, aunque tampoco te puedo decir de qué manera —le dije sincerándome con él.

—Gracias. Yo creo que te está viniendo bien. Pareces más tú —me respondió.

Llegamos a casa de Josu. Mi padre, tras dar la vuelta al coche y dejarlo orientado hacia la carretera principal, tocó el claxon. Josu salió disparado en dirección al coche con un paraguas que no evitó que se mojara.

—¡Cómo cae! Muchas gracias por venir a recogerme. Creo que, si no, habría parecido una sopa al llegar.

Me moví a un lado para dejarle sitio. Cerró el paraguas como pudo antes de entrar .

—¿Qué tienes que contarme? —le pregunté en cuanto terminó de hablar.

Josu me lanzó una mirada rápida y después señaló con los ojos hacia mi padre.

—Luego.

—Pero…

—Luego —repitió él.

No insistí. Mi padre ya estaba incorporándose a la carretera y tampoco era cuestión de empezar a hablar de desapariciones con él escuchando cada palabra desde el asiento delantero.

Aun así, no pude evitar observar a Josu con atención.

Parecía cansado. No especialmente nervioso ni asustado, pero sí estaba claro que había dormido poco.

—¿Qué miras? —me preguntó.

—Las ojeras que traes.

—Apenas he dormido con la tormenta.

Miró discretamente a mi padre para darme a entender que los truenos no eran los culpables de su lamentable aspecto. Me giré y miré por la ventanilla. El agua formaba pequeños caminos por el cristal.

Echaba de menos los días en los que podíamos hacer aquel mismo trayecto en bicicleta.

En primavera, verano y buena parte del otoño apenas necesitábamos una excusa para utilizarlas.

Si no llovía demasiado, nos daba igual que el cielo estuviera cubierto o que hiciera un poco de frío.

Nos encontrábamos a medio camino y seguíamos juntos hasta el colegio.

Ni siquiera la caída que tuve el verano anterior consiguió quitarme las ganas.

Había entrado demasiado rápido en una curva, la rueda delantera resbaló sobre unas piedrecillas y terminé arrastrándome varios metros por el suelo.

Todavía conservaba en la rodilla una cicatriz bastante fea para recordármelo.

Durante días me dolía cada vez que la doblaba y mi madre estuvo una semana insistiendo en que dejara descansar la bicicleta.

Le hice caso exactamente dos días.

El tercero volví a salir con Josu. La herida tiraba y cada pedalada me recordaba que posiblemente ama tuviera razón, pero seguía disfrutando.

Era difícil explicar qué tenía la bicicleta que me gustaba tanto.

Quizá fuese la sensación de llegar a cualquier sitio por nuestros propios medios, sin depender de que nadie nos llevase.

El invierno era diferente. Hacía un par de años nos habíamos propuesto seguir utilizándolas siempre que no lloviera.

La idea nos había parecido estupenda hasta que comprobamos lo que significaba bajar una cuesta con temperaturas cercanas a cero.

Nos dolían las manos pese a los guantes y el aire nos cortaba la cara hasta hacer llorar los ojos.

Aguantamos aproximadamente una semana antes de aceptar que aquello era una estupidez.

Desde entonces íbamos andando cuando podíamos. Tardábamos bastante más, especialmente Josu, que vivía algo más lejos, pero al menos llegábamos al colegio sintiendo los dedos. Además, el camino nos daba una hora para hablar de cualquier cosa sin preocuparnos de quién pudiera estar escuchando.

Últimamente lo agradecía más que antes.

Muchas de las conversaciones no tenían ninguna importancia.

Videojuegos, deberes, profesores, quién había hecho el ridículo el fin de semana anterior…

Pero aquellas tres semanas, caminar junto a Josu había conseguido que, durante un rato, mi cabeza dejara de dar vueltas siempre alrededor de lo mismo.

Se me estaban haciendo eternos los cinco minutos que se tardaba en recorrer el camino hasta el colegio. Cuando mi padre nos dejó, nos metimos bajo la marquesina de una parada de autobús a la espera de que el conserje abriera la puerta principal.

—¿Y bien? ¿Qué ha pasado? ¿Qué tienes que contarme? —pregunté con impaciencia mientras el coche de mi padre se perdía de vista.

—Mi amona es la desaparecida.

Dejó que sus palabras surtieran efecto unos segundos y, al no ver reacción alguna en mi cara, añadió:

—La que hace más de setenta años volvió.

No necesitaba un espejo para saber que tenía la boca tan abierta como en ese cuadro tan famoso de una persona gritando.

—Pero… pero… —conseguí decir.

Me contó cómo encontró a su madre en el sótano llorando con una caja y todo lo que ella le había contado. También que apenas había dormido un par de horas porque se había dedicado toda la noche a sacar fotos con el móvil de cada página.

—Mira, estos primeros son informes oficiales que redactó mi aitona y más adelante pone que son extractos de su diario. Supongo que en ese momento ya estaba cerrado el caso y siguió investigando. No lo sé.

—Pero si es tu amona, ella sabrá cómo podemos encontrar a mi hermana.

En ese momento, yo no pensaba en documentos ni en que era algo que llevaba pasando cientos de años ni en nada. Conocíamos a la única persona que había vuelto hacía más de setenta años. Ella nos podría ayudar. Ella tenía que decirnos cómo encontrar a mi hermana.

—El oficial Patxi la interrogó y, según ama, no sacó nada en claro. Solo hablaba de un monstruo, oscuridad y silencio. Yo creo …

No llegué a escuchar lo que creía. Esas últimas palabras me acababan de teletransportarme a una noche de tres semanas atrás, junto a mi hermana. Le interrumpí.

—Joder, joder. Eso es lo que nos pasó a nosotros. ¿Recuerdas que te lo conté? A los ertzainas solo les dije lo de la oscuridad, pero no lo del silencio. Seguro que fue lo mismo.

—No lo había pensado. Yo creía que, de existir alguna respuesta, estaría entre estas fotos, pero igual amona está más cuerda de lo que hemos pensado siempre… Es verdad que lo del monstruo no tiene mucho sentido, pero tampoco lo de la oscuridad y el silencio y es lo mismo que me contaste ese día.

—¿Tú crees que nos puede decir dónde está? —pregunté esperanzado.

—No lo sé. Si fuese completamente consciente, seguro que sí, pero tal y como está… creo que lo máximo que puedo hacer es escuchar por si alguna de esas frases sin sentido puede darnos pistas. Mientras, iré leyendo todo esto por si hay alguna cosa de interés que mi aitona descubriera.

—Seguro que, si la hay, la Ertzaintza lo encuentra antes, pero si quieres, puedes pasarme algunas fotos y vamos descifrándolas juntos.

Por lo poco que había visto, no parecía una tarea simple, pero seguramente me ayudaría a mantener la mente ocupada esas noches en las que no podía dormir.

—Kaixo, ¿pasáis?

Era el portero que acababa de llegar y nos había visto bajo la marquesina cuando estaba abriendo la puerta. Fuimos con él.

—No sé si hará más calor dentro o fuera hasta que arranque la calefacción, pero seguro que estáis menos mojados. ¿Hoy os ha traído aita, no? Con la que cae …

—Sí, muchas gracias, Evaristo.

—De nada. Esperad aquí un par de minutos hasta que encienda las luces antes de ir a clase, no vaya a ser que tengamos un accidente.

Cuando las luces se encendieron, subimos a nuestra aula y nos pusimos a leer los documentos en nuestros móviles.

Josu ya había conseguido descifrar uno de ellos entre la noche anterior y aquella mañana.

Era el primero en el que se recogía cómo informaron de las desapariciones los familiares.

Había dejado a un lado las entrevistas completas y se centró en el informe resumen.

Estaba analizando uno que hablaba sobre una entrevista a un antiguo alguacil cuando caí en la cuenta de algo.

—Por cierto. No me has contado cómo supo el ertzaina lo de tu amona y tu aitona.

La cara de Josu me dejó claro que era un dato que había ocultado deliberadamente y que no le era fácil compartirlo conmigo.

—Han sido tus padres y tu abuela. Se reunió con ellos la semana pasada y tu amama le contó algunas cosas que no dijo aquel día.

Me quedé con las ganas de continuar nuestra conversación porque empezaron a llegar nuestros compañeros y fueron ocupando sus sitios.

A mediodía dejó de llover y mandé un mensaje a mi madre para decirle que no sería necesario que viniera a recogernos.

Volveríamos dando un paseo. Esperaba poder sacarle un poco más de información a mi amigo, ya que dentro del colegio no tuvimos tiempo de comentarlo.

Pasamos todo el día con la cuadrilla sin contar siquiera con cinco minutos de intimidad.

A la salida nos despedimos de todos y comenzamos el paseo. No había pasado ni medio minuto cuando le pregunté.

—Entonces mi amama lo sabía. Sabía que tu amona en su día regresó y no ha dicho nada hasta ahora.

—Por lo que sé, tampoco se lo dijo a Patxi, pero él encontró en sus palabras alguna pista para obtener esa información. No me preguntes qué fue ni nada por el estilo. No tengo ni idea. Solo sé eso.

—Supongo que con el tiempo que pasan juntas, si hubiese algo que saber, ya se lo habría dicho.

—Igual se lo ha dicho, pero ella lo ha tomado por una de sus frases sin sentido.