Cuando dejemos de mirarnos Capítulo 14
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Capítulo 14

Cercanía y miedo

Después de tantas horas hablando, recordando y llorando juntos, había algo distinto en el aire.

Una electricidad silenciosa que nos rodeaba, que no necesitaba palabras para manifestarse.

Cada roce de sus dedos, cada mirada prolongada, cada sonrisa contenida era un recordatorio de lo que habíamos tenido y de lo que todavía existía entre nosotros.

Caminamos hacia el balcón del salón, buscando un momento de calma lejos de la multitud.

La noche había caído sobre la ciudad, y las luces parpadeantes de los edificios se reflejaban en sus ojos, haciéndolos brillar de una manera que me quitaba la respiración.

El frío de la noche se mezclaba con el calor que sentía por dentro, un calor que solo él podía provocar, un calor que me hacía temblar de emoción y miedo al mismo tiempo.

—Clara… —susurró, tomando mi mano con delicadeza—. No sé si estoy preparado para todo lo que viene…

Lo miré, notando el conflicto en sus ojos.

Él había intentado avanzar, había intentado olvidarme, pero la verdad estaba allí, clara y potente: ninguno de los dos había podido reemplazar al otro.

Sus manos eran suaves, firmes, seguras, pero había algo vulnerable en su postura, algo que me hacía comprender que ambos teníamos miedo de repetir los errores del pasado.

—Yo tampoco —dije con sinceridad—. Pero estoy aquí. Y eso significa algo, ¿no?

Asintió lentamente, y en ese gesto sentí una mezcla de alivio y tensión.

Nuestros cuerpos se acercaron de manera natural, casi como si las leyes de la física se hubieran alineado con nuestro corazón.

No era un abrazo apresurado; era un encuentro de dos almas que habían esperado demasiado para volver a encontrarse.

Nuestros rostros se aproximaron y sentí su aliento, su cercanía, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo.

Había miedo, sí, miedo de que algo saliera mal, miedo de revivir heridas, miedo de que las inseguridades nos separaran de nuevo.

Pero había algo más fuerte que ese miedo: la certeza de que nuestros sentimientos nunca se habían ido, que habíamos resistido años de distancia y dolor solo para encontrarnos otra vez.

—Ollie… —susurré, temblando apenas—. Cada día sin ti…, cada intento de seguir adelante…, nada funcionó. No puedo describir lo que sentí sin ti.

—Yo tampoco pude —dijo él, y su voz se quebró un poco—. Cada sonrisa que intenté forzar, cada conversación que intenté disfrutar…, nada reemplazaba lo que teníamos.

Nos abrazamos entonces, más cerca que nunca. No había palabras, solo la sensación de que nuestras emociones podían comunicarse sin necesidad de hablar. Cada latido de nuestro corazón parecía resonar en el otro, recordándonos todo lo que habíamos perdido y todo lo que todavía podíamos tener.

Poco a poco, nuestros labios se rozaron, al principio tímidamente, como probando la realidad del momento, como si quisiéramos asegurarnos de que era cierto.

Y cuando finalmente se encontraron en un beso lleno de emociones contenidas, fue como si el tiempo desapareciera.

No había dolor ni reproche, solo la mezcla perfecta de nostalgia, alivio y amor que había permanecido latente durante todos esos años.

Nos separamos apenas un instante, mirándonos a los ojos, y la emoción era tan intensa que ambos tuvimos que apoyarnos contra la baranda del balcón para no tambalear.

Sus manos permanecieron en las mías, y sentí que podía confiar en él otra vez, que podíamos reconstruir lo que habíamos perdido, aunque fuera paso a paso.

—Clara… —dijo con un hilo de voz—. Tengo miedo de que nos lastimemos otra vez.

—Yo también —admití—. Pero tenemos algo que muchos no tienen: sabemos lo que significa perdernos. Sabemos lo que vale esto. Y eso es más fuerte que cualquier miedo.

Seguimos abrazados, respirando lentamente, dejando que el silencio hablara por nosotros.

Cada gesto, cada caricia leve, cada roce de manos, transmitía todo lo que no podíamos decir con palabras.

Era un acercamiento emocional y físico al mismo tiempo, un reencuentro que no solo reparaba la distancia, sino que comenzaba a curar las heridas del pasado.

—Ollie… —dije, apoyando mi frente contra la suya—. Estoy dispuesta a intentarlo otra vez. Sin prisas, sin miedo, solo tú y yo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa suave, y sentí que todo el peso de los años caía de mis hombros.

—Yo también —susurró—. Esta vez será diferente.

Nos quedamos allí, abrazados, contemplando la ciudad y nuestras propias emociones.

La música lejana del salón parecía acompañarnos, como si el mundo nos hubiera concedido un espacio exclusivo, un momento solo para nosotros.

Cada lágrima contenida, cada recuerdo doloroso, cada intento fallido de avanzar, encontraba sentido en ese abrazo, en esa cercanía, en ese instante de intimidad que nos recordaba lo que realmente importaba: nosotros.

Y aunque sabíamos que aún había miedos por enfrentar y heridas por sanar, también sabíamos algo más importante: después de todo, habíamos sobrevivido a la distancia, a la separación, a los años sin vernos.

Si habíamos llegado hasta aquí, juntos otra vez, nada podía destruir lo que seguía latiendo entre nosotros.

La noche avanzó, pero nosotros permanecimos allí, abrazados y en silencio, dejando que cada momento construyera un puente hacia lo que podría ser nuestro futuro.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que el dolor y la espera habían valido la pena, porque estábamos aquí, juntos, y esa certeza superaba cualquier miedo.

Cuando finalmente regresamos al salón, nuestras manos seguían entrelazadas, y las miradas que nos cruzábamos eran cómplices y llenas de promesas no dichas.

La fiesta continuaba, pero para nosotros había comenzado una historia nueva, construida sobre los cimientos del amor que nunca se extinguió, sobre la fuerza de los recuerdos compartidos y sobre la esperanza de un futuro que, finalmente, podíamos imaginar juntos.