Cuando dejemos de mirarnos Capítulo 11
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Capítulo 11

Preparativos y nervios

La invitación había llegado semanas antes, y desde entonces no dejaba de revolotear en mi mente.

«Fiesta de antiguos alumnos», decía con letras doradas sobre un papel elegante, y aunque mis amigas insistían en que fuera por diversión, yo no podía quitarme la sensación de que esa noche no sería como cualquier otra.

Había pasado casi dos años desde que Ollie me dejó, desde que el silencio y la distancia se convirtieron en mis compañeros constantes.

Y ahora, la posibilidad de verlo de nuevo me llenaba de emoción y terror al mismo tiempo.

El día de la fiesta, me levanté temprano, aunque apenas había podido dormir la noche anterior.

Mi corazón latía con fuerza y cada pensamiento se enredaba con recuerdos que no podía controlar.

Me miré al espejo y respiré hondo, tratando de calmar la ansiedad que me hacía temblar.

Elegí cuidadosamente el vestido, algo que me hiciera sentir bien conmigo misma, que me diera confianza sin exagerar.

Al final, opté por un color cálido que resaltaba mis ojos y suavizaba mis manos temblorosas.

Me peiné con delicadeza, tratando de hacer cada mechón perfecto, y mientras lo hacía, mi mente no dejaba de pensar en él: cómo lo vería, si me reconocería de inmediato, si también habría sentido lo mismo durante estos dos años.

Cada gesto que hacía parecía cargado de significado.

Mientras me maquillaba, repasaba mentalmente conversaciones pasadas, sus risas, sus abrazos, los momentos en que nos habíamos sentido tan cercanos que nada más parecía importar.

A veces me reía sola, recordando alguna broma interna que solo nosotros compartíamos, y otras veces suspiraba, con un nudo apretando mi pecho, recordando cómo nos habíamos separado y cómo ese vacío me había acompañado desde entonces.

Decidí salir un poco antes, caminando lentamente hacia el lugar de la fiesta, tratando de sentirme normal, aunque cada paso me hacía recordar sus pasos al caminar conmigo.

La ciudad estaba animada, con luces brillando y gente que reía en las calles, pero nada de eso podía distraerme de la ansiedad que crecía en mi interior.

Cada semáforo, cada reflejo en un escaparate me hacía imaginar que era él, que estaba allí esperando, que me miraba.

Al llegar al hotel donde se celebraba la fiesta, sentí una mezcla de emoción y nervios.

Las luces del vestíbulo brillaban con suavidad, y el murmullo de los antiguos compañeros creaba un ambiente cálido pero intimidante.

Me moví entre los grupos, saludando con cortesía, sonriendo donde era necesario, pero manteniendo la mente alerta, buscando señales, recordando cada pequeño detalle que podría indicarme si él estaba allí, si ya me había visto.

Mientras avanzaba por la sala, los recuerdos me abrumaban.

Recordé nuestras primeras miradas, los pequeños gestos que compartimos en la universidad, cómo nos hacíamos sentir únicos el uno para el otro.

Cada sonrisa de mis compañeros, cada conversación que escuchaba, me hacía pensar en cómo Ollie habría reaccionado, cómo me habría mirado, qué palabras habría elegido para saludarme.

Y en medio de todo eso, la anticipación crecía hasta ser casi insoportable.

Mis amigas, sin darse cuenta de lo que pasaba por mi mente, me hablaban, me preguntaban cosas triviales, y yo respondía distraída, intentando mantener la calma.

Cada vez que alguien me mencionaba a Ollie, incluso indirectamente, un escalofrío recorría mi cuerpo y sentía cómo la emoción se mezclaba con el miedo.

¿Y si ya no sentía lo mismo? ¿Y si su corazón ya no me pertenecía?

Esos pensamientos me hicieron querer retroceder, correr hacia la puerta y salir de allí.

Pero algo en mi interior me decía que debía quedarme.

Que esta era la oportunidad que el destino nos estaba dando para enfrentarnos a lo que habíamos perdido.

Finalmente, me detuve un momento en un rincón de la sala, tratando de respirar y calmar los nervios.

Cerré los ojos y recordé su voz, su manera de sonreír, cómo sus ojos podían leerme sin palabras.

Esa memoria me dio fuerza. Sabía que no podía huir, que debía enfrentar lo que sentía, aunque me aterrara.

Porque después de dos años de separación, después de intentos fallidos de seguir adelante, algo dentro de mí sabía que él seguía siendo una parte irremplazable de mi vida.

Mientras la música del salón cambiaba, yo me movía lentamente hacia el centro de la sala, fingiendo despreocupación pero sintiendo cada latido de mi corazón como un tambor que anunciaba la llegada de un momento decisivo.

Cada conversación que pasaba, cada risa que escuchaba, me hacía preguntarme dónde estaría, si me habría buscado con la misma intensidad con la que yo lo había recordado.

Y entonces, por un instante, todo se detuvo. Vi un movimiento al otro lado de la sala, una figura que reconocí de inmediato. Su postura, su manera de hablar con sus amigos, incluso la forma en que inclinaba la cabeza, todo me era familiar.

Mi corazón dio un vuelco y un nudo imposible de deshacer se formó en mi pecho. Ollie estaba allí. Real, a solo unos metros, con la misma presencia que siempre había tenido, con la misma intensidad que había marcado cada día de estos dos años.

No sabía si debía acercarme o esperar, si debía fingir normalidad o dejar que todo mi cuerpo hablara por mí.

Las piernas me temblaban y mi respiración se aceleraba.

Sentí un miedo profundo y una esperanza igual de intensa, porque aunque había esperado este momento en sueños, en fantasías y recuerdos, nunca había imaginado lo real que sería enfrentarlo finalmente.

Mis amigas notaron mi silencio y mi respiración agitada, pero antes de que pudieran preguntarme, Ollie se volvió, y nuestros ojos se encontraron.

Todo lo demás desapareció: la música, la luz, la multitud, incluso la sala misma.

Solo existíamos él y yo, y en ese instante, supe que nada volvería a ser igual.

Mi corazón estaba lleno de emoción, miedo y nostalgia.

Dos años de separación, de intentos fallidos de olvidar, de recuerdos que me atormentaban, se condensaban en un solo instante de reconocimiento.

Su mirada no era indiferente; había algo en ella que decía: «Te he buscado en cada momento, te he extrañado, y aún estás aquí».

Respiré hondo y di un paso hacia él. La tensión creció con cada movimiento, cada gesto, cada segundo que pasaba.

Sabía que estábamos a punto de enfrentar algo que había quedado pendiente durante demasiado tiempo.

Algo que definiría si la distancia y el dolor habían terminado con lo nuestro, o si, después de todo, todavía existía una oportunidad para el amor que nunca se había apagado.

Y mientras me acercaba, sentí que la noche prometía emociones que me acompañarían para siempre.

Nostalgia, miedo, emoción y esperanza se mezclaban en un torbellino imposible de ignorar.

Porque aquella noche no sería solo una fiesta de antiguos alumnos: sería la noche en que nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro colisionarían, y todo cambiaría para siempre.