Capítulo 7
Dos años de distancia
Los primeros días después de que Ollie me dejara fueron un borrón de emociones que no podía ordenar.
La ciudad seguía igual de ruidosa, los edificios permanecían firmes, las hojas caían del mismo modo, pero para mí nada tenía sentido.
Cada paso que daba me recordaba que él no estaba a mi lado.
Cada mensaje que esperaba que llegara no aparecía.
Cada esquina del campus, cada cafetería, cada banco del parque parecía haber sido testigo de algo que ya no volvería.
Y lo peor de todo era la sensación de que había sido mi culpa, aunque lo racionalmente sabía imposible.
Me encerré en mi rutina. Estudiaba más de lo necesario, asistía a clases, tomaba cafés con amigas, pero todo estaba teñido de un gris constante.
Ollie no desapareció de mi mente ni un solo día.
Recordaba cada gesto, cada palabra, cada sonrisa.
Recordaba cómo sostenía mi mano, cómo me miraba cuando pensaba que no lo veía, cómo cada detalle, por pequeño que fuera, parecía estar pensado solo para mí.
Intenté rehacer mi vida. Salí con otros chicos, intenté distraerme con nuevos hobbies, viajes cortos con amigas, clases extra.
Pero nada funcionaba. Cada vez que alguien intentaba acercarse, mi mente lo comparaba con él.
Ninguno tenía su paciencia, su atención a los detalles, su forma de hacerme sentir vista y comprendida.
Ninguno podía ocupar el espacio que él había dejado vacío.
Ollie también intentaba rehacer la suya.
Al principio no quería saber nada de mí, al menos no de manera directa, pero el mundo es pequeño cuando se comparte el mismo círculo universitario y social.
De vez en cuando, llegaban rumores, mensajes indirectos, señales de que él tampoco podía olvidarme del todo.
Eso me daba esperanza y, al mismo tiempo, me rompía.
Porque saber que él sufría igual que yo no disminuía el dolor; lo multiplicaba.
Había noches en las que lloraba sola en mi habitación, mirando el techo, preguntándome cómo era posible que alguien que me había amado tanto pudiera desaparecer así de mi vida.
Otras, me levantaba y caminaba por la ciudad, dejando que la brisa fría me golpeara la cara, como si el dolor físico pudiera sacar el emocional. Nada funcionaba.
Recuerdo un día en particular, una tarde de invierno.
Salí a caminar sin rumbo por las calles de la ciudad.
La luz estaba gris, los árboles desnudos, el aire cortante.
Todo me recordaba a él: a sus gestos, su risa, la manera en que me hacía sentir segura.
Me senté en un banco, y por primera vez, permití que las lágrimas fluyeran sin control.
Lloré por nosotros, por lo que habíamos sido, por la posibilidad que él había cerrado con sus propias manos.
Lloré por el miedo que sentí cuando comprendí que tal vez nunca volveríamos a estar juntos.
Pasaron meses, y luego años. Dos largos años.
Durante ese tiempo, Ollie y yo intentamos construir algo separado de lo que habíamos compartido.
Yo me enfoqué en mi carrera, en nuevos proyectos, en mis amigos.
Él hacía lo mismo, intentando llenar los vacíos de su vida con otras cosas, pero ninguna lograba reemplazar al otro.
Cada reencuentro accidental, cada mensaje cruzado, cada conversación breve era un recordatorio de que el amor que sentíamos no había desaparecido.
A veces me sentía loca, como si estuviera atrapada en un ciclo interminable de esperanza y dolor.
Quería olvidarlo para poder avanzar, pero no podía. Y él tampoco.
Uno de los momentos más difíciles fue cuando una amiga me invitó a un café y, sin querer, mencionó a Ollie.
Mi corazón se detuvo y luego se rompió un poco más al escuchar que él también preguntaba por mí.
No lo podía entender: cómo era posible que dos personas que se habían amado tanto, que habían compartido tanto, estuvieran ahora tan lejos y, sin embargo, seguir tan presentes en la vida del otro.
Pero la vida continuaba. Aprendí a vivir con su ausencia.
Aprendí a sonreír sin él, aunque cada sonrisa llevaba consigo un matiz de tristeza.
Aprendí a aceptarlo, aunque no lo entendiera del todo.
Y a veces, en los momentos más silenciosos, me sorprendía a mí misma pensando en que, aunque lo intentara, nunca podría reemplazar lo que había tenido con Ollie.
Durante esos dos años, la distancia nos enseñó cosas que no habíamos sabido cuando estábamos juntos.
Aprendí que el amor verdadero no desaparece porque alguien se aleje.
Aprendí que la ausencia duele más que cualquier pelea, que cualquier discusión.
Aprendí que la vida puede intentar separarte de quien amas, pero el corazón siempre encuentra la manera de recordarte quién importa de verdad.
Y mientras pasaban los días, los meses y los años, esa chispa silenciosa, esa esperanza pequeña y silenciosa, seguía allí.
A veces sentía que estaba muerta, que ya no habría un reencuentro, que todo había terminado.
Pero otras veces, muy dentro de mí, sabía que no era así.
Que la vida, con sus vueltas inesperadas, podía traernos de nuevo, que el amor que habíamos compartido era demasiado fuerte como para desaparecer completamente.
Esa fue la lección más dura de todas: que amar a alguien no significa necesariamente estar juntos en el momento que deseas.
Que a veces, amar implica soportar la distancia, el dolor, la incertidumbre, y aun así mantener la fe de que, de alguna manera, habrá un futuro en el que las piezas puedan encajar de nuevo.
Y aunque lloré cada noche, aunque me sentí rota muchas veces, no dejé de creer. No dejé de pensar que quizá, después de todo, el amor que nos había unido tenía una segunda oportunidad esperándonos, aunque no supiéramos cuándo ni cómo llegaría.
Porque Ollie y yo habíamos construido algo demasiado profundo para desaparecer.
Y aunque la vida nos había separado durante dos años, algo me decía, con una certeza que no podía ignorar, que nuestra historia todavía no había terminado.