La huida del Profe
Apenas se concretó la captura del alias el Negro, el Profe simplemente dejó de existir en el radar. No hubo movimientos sospechosos previos, no hubo señales de alerta. De un momento a otro, desapareció. Se esfumó.
El equipo reaccionó de inmediato. Se activaron búsquedas, se reforzaron los puntos de control, se rastrearon posibles rutas, contactos, refugios. S
e recorrió la ciudad con intensidad, casi con desesperación contenida. Pero no había rastro. Era como si la tierra se los hubiera tragado.
Y eso solo confirmaba una cosa: el Profe no era un improvisado. Sabía exactamente cuándo desaparecer.
Mientras tanto, las técnicas especiales de investigación seguían dando frutos.
Gracias a escuchas, seguimientos y al trabajo con fuentes humanas, se había logrado obtener información valiosa de colaboradores periféricos de la organización.
Personas que, sin ser parte del núcleo duro, conocían movimientos, dinámicas, detalles operativos.
Esa información permitió reconstruir gran parte de las actividades ilícitas de la banda: su estructura, sus roles, su logística. Pero había un vacío que persistía… el más importante.
El caso del abogado.
Ahí, el silencio era absoluto.
Nadie hablaba. Nadie daba un paso en falso. El círculo cercano —los seis integrantes principales— se mantenía hermético. Blindado. Como si supieran que ese era el punto más delicado, el que podía derrumbarlo todo.