El teléfono del abogado que dejó rastros
Días después, apareció el celular del abogado. Estaba en manos de un joven que lo había comprado por redes sociales. La transacción había sido sencilla: contacto, precio, punto de encuentro.
—Un sujeto bajó de un mototaxi y me lo vendió — explicó.
Lo identificó sin dudar.
Esa persona fue identificada: era un amigo cercano del Profe, quien también se convirtió en sospechoso y pasó a formar parte de la investigación.
El joven proporcionó las características físicas del mototaxi en el que se desplazaba el allegado del Profe al momento de venderle el aparato móvil. Posteriormente, al mostrarle imágenes del mototaxi que conducía el Profe, lo reconoció de inmediato y sin titubeos.
Explicó que logró identificarlo por unas calcomanías colocadas en zonas específicas del vehículo, además del color y el modelo, detalles que coincidían plenamente con lo que recordaba.
Para Z, aquella identificación no era menor: todas las piezas comenzaban a encajar y la evidencia reforzaba cada vez más las hipótesis que ya se encontraban prácticamente consolidadas.
La misma red.
Todo apuntaba en una sola dirección.