La aparición del Profe
Pero lo que realmente encendió las alarmas en el equipo fue otro dato.
—Tiene una relación —informó uno de los agentes.
Z levantó la mirada.
—¿Con quién?
—Con alguien al que conocen como el Profe.
Ese alias no era desconocido.
Al empezar a indagar sobre él, la figura que emergió fue mucho más compleja —y peligrosa— de lo que esperaban.
El Profe era un exinterno penitenciario. Había estado recluido en el penal por un proceso por homicidio, bajo una medida coercitiva mientras se desarrollaba su juicio. Sin embargo, pese a la gravedad del delito, el proceso no logró sostenerse y finalmente fue absuelto por falta de pruebas.
Legalmente limpio.
Pero su reputación contaba otra historia.
Dentro del penal, lejos de pasar desapercibido, había construido una imagen de respeto y temor. No era un interno más.
Tenía un pasado como deportista de vale todo y participaba en peleas callejeras, acostumbrado al combate físico sin reglas estrictas. Su conocimiento en artes marciales no era teórico: lo aplicaba.
Y lo hacía bien.
—Resolvía todo a golpes —comentó uno de los agentes que había consultado fuentes dentro del penal—. Y nunca perdía.
Esa habilidad lo convirtió rápidamente en alguien intocable dentro del ambiente carcelario. Los conflictos, cuando lo involucraban, no se resolvían con palabras.
Además, durante su permanencia en prisión, había hecho algo que pocos esperaban: estudiar leyes. No de forma formal, pero sí lo suficiente como para entender los procesos, las estrategias y las debilidades del sistema.
—No solo pelea —añadió el agente—. También piensa.
Esa combinación lo hacía doblemente peligroso.
Cuando recuperó su libertad, ya no era el mismo.
La prisión no lo había debilitado; por el contrario, parecía haberlo transformado.
Había perfeccionado tanto sus capacidades físicas como su forma de pensar, desarrollando una disciplina fría y calculadora, como si durante todo ese tiempo hubiese estado preparándose para sobrevivir y dominar un entorno cada vez más violento.
Salió convertido en alguien distinto: más reservado, más estratégico y mucho más peligroso.
Tenía contactos, reputación en determinados círculos y una habilidad evidente para desplazarse en los límites de la legalidad sin exponerse directamente. Sabía cómo moverse, con quién relacionarse y, sobre todo, cómo mantenerse un paso adelante de quienes intentaban seguirle el rastro.
Y ahora… estaba vinculado sentimentalmente con la Gata.
Z pidió revisar redes sociales.
Las imágenes no tardaron en aparecer.
Fotografías de ambos: abrazados, sonriendo, posando sin ningún tipo de reserva. La relación no era clandestina. Era pública. Exhibida.
—No se esconden —dijo Z.
—No tienen por qué —respondió otro—. Nadie los estaba mirando… hasta ahora.
La conexión con el caso comenzó a tomar forma cuando cruzaron esa información con lo ya obtenido en los videos.
La Gata no solo había estado en la casa del abogado.
Había ido antes. Había regresado después. Y, según las imágenes, había estado presente en los momentos previos al crimen.
Pero había algo más.
El análisis del vehículo —el mototaxi azul— trajo un nuevo elemento a la ecuación.
La unidad, aquella que había transportado a la Gata en horas de la mañana del día de los hechos, estaba registrada a nombre de una mujer.
Hasta ahí, nada fuera de lo común.
Pero, al profundizar en la identidad de la propietaria, el equipo encontró un vínculo directo.
—Es su hermana —dijo el analista, señalando la ficha.
—¿De quién? —preguntó Z.
—Del Profe.
El ambiente cambió.
Eso significaba que el círculo se cerraba aún más.
Y lo siguiente fue determinante.
—El que maneja ese mototaxi… es él.
Z se quedó en silencio unos segundos, procesando.
—O sea… —empezó a decir lentamente—. Él mismo la llevó.
—Sí.
—La llevó… a la casa del abogado.
Nadie dijo nada.
La idea se instaló sola en la mente de todos.
—Eso ya no es coincidencia —concluyó Z.
Era demasiado preciso. Demasiado directo.
La misma persona con antecedentes por homicidio, experto en combate, con conocimiento del sistema, vinculado sentimentalmente con la principal figura que aparecía en los videos y, además, conectado al vehículo utilizado en el desplazamiento clave del día de los hechos.
—Esto empieza a oler mal —murmuró uno de los agentes.
—No —corrigió Z—. Esto ya huele a algo más grande.
Las piezas comenzaban a encajar.
Pero, mientras el equipo avanzaba en silencio, armando el rompecabezas con cautela, afuera la historia empezaba a tomar otro rumbo.