Imágenes reveladoras
Al caer la noche, cuando el bullicio del día había cedido y la ciudad comenzaba a apagarse lentamente, el equipo se concentró en una sola tarea: reconstruir lo ocurrido dentro de aquella casa a partir de las imágenes de videovigilancia que la municipalidad había puesto a su disposición.
En una oficina improvisada, iluminada apenas por la luz azulada de los monitores, un efectivo había sido designado exclusivamente para revisar el material fílmico. Llevaba horas frente a la pantalla.
En su mano derecha sostenía un lapicero; en la izquierda, una libreta ya cargada de anotaciones. No solo miraba: analizaba, pausaba, retrocedía, comparaba. Cada detalle, por mínimo que pareciera, era registrado con precisión: horas, movimientos, direcciones, comportamientos.
El silencio en la sala era absoluto, roto únicamente por el leve sonido del video al reproducirse una y otra vez.
Cuando finalmente terminó de revisar el bloque más relevante de grabaciones, se levantó y se dirigió hacia Z, quien esperaba con evidente tensión los resultados.
—Ya tengo algo —dijo, entregándole la libreta.
Z tomó asiento y comenzó a leer mientras el efectivo explicaba.
—En horas de la mañana… aproximadamente entre las ocho y las nueve… —empezó— se observa un mototaxi color azul que se aproxima al frontis de la vivienda del abogado.
En la pantalla volvieron a reproducir la escena.
La unidad se detiene. Del vehículo desciende una fémina. Su rostro no es visible con claridad, pero su contextura, su forma de caminar y su vestimenta quedan registradas como referencia. La mujer avanza con aparente normalidad hasta la puerta del domicilio.
—Mira esto —señaló el efectivo.
La mujer permanece unos minutos en la entrada… espera… y luego logra ingresar.
El mototaxi no se queda. Da una vuelta y se retira.
—Eso ya es raro —murmuró Z.
—Sí —respondió el efectivo—, pero mira lo que pasa después.
Luego de una hora y treinta minutos, el mismo mototaxi reaparece en la escena. Esta vez no se detiene frente a la casa, sino una cuadra más abajo. Permanece estacionado.
Minutos después, la misma fémina sale del domicilio del abogado y camina directamente hacia el vehículo. Sube y se retiran.
—En ese momento no podíamos ver rostros —explicó— . La distancia era demasiada… Solo siluetas.
Pero entonces ocurre algo clave.
El mototaxi, en su trayecto de salida, se aproxima lo suficiente a la cámara.
—Ahí… pausa ahí —ordenó Z.
El efectivo detuvo la imagen.
—Ahí logramos captar la placa de rodaje —dijo con firmeza.
Ese pequeño detalle cambió todo.
Tras una consulta rápida en la base de datos, se estableció que el vehículo estaba registrado a nombre de una mujer.
Z levantó la mirada.
—Eso no es coincidencia.
La revisión continuó.
—Ahora mira esto —dijo el efectivo, avanzando el video.
Alrededor del mediodía, se observa que el abogado sale de su domicilio. La hora coincidía perfectamente con la información que había proporcionado su hermano: había salido a cobrar un dinero.
—Doscientos mil soles en efectivo… —murmuró Z.
El video mostraba su regreso aproximadamente una hora después. Entra nuevamente a su casa.
Todo parecía normal… hasta ese momento.
El ambiente en la sala se volvió más denso cuando el efectivo avanzó la línea de tiempo.
—Esto ya es en la tarde… cerca de las seis —indicó.
En la imagen aparecen dos mujeres caminando por la vereda. Una de ellas, por su contextura y vestimenta, era claramente la misma que había llegado en la mañana.
—La misma —confirmó Z.
Ambas se dirigen directamente a la casa del abogado. Se detienen, esperan unos minutos… y luego ingresan.
El silencio se apoderó de la sala.
—Y aquí empieza todo —dijo el efectivo.
Treinta minutos después, aparece en la escena un mototaxi distinto. Se detiene cerca del lugar. De él descienden dos sujetos, ambos con prendas oscuras. Uno de ellos lleva un gorro.
—Reproduce otra vez esa parte —ordenó Z.
La escena fue repetida varias veces.
Los hombres caminan con decisión, sin titubeos, y entran directamente al domicilio.
—No tocan… No dudan… —observó Z—. Ya sabían adónde iban.
Intentaron identificar la placa de ese segundo mototaxi, pero fue inútil. La distancia y el ángulo no lo permitían. Sin embargo, no todo estaba perdido.
—Mira esto —dijo el efectivo, ampliando la imagen.
Aunque la placa no era completamente legible, se podían distinguir los dos primeros caracteres, además de detalles particulares del vehículo: unas calcomanías en la parte posterior y una luz trasera defectuosa.
—Eso es oro —dijo uno de los efectivos—. Con eso lo ubicamos.
El video continuó.
Aproximadamente veinte minutos después, aparece el padre del abogado. Se acerca caminando a la casa, pero de pronto se detiene.
—Ahí… —susurró uno de los agentes.
El hombre parece dudar. Mira alrededor.
Por un segundo, todos pensaron lo mismo: había presentido algo.
Pero no.
El padre se gira y cruza hacia la panadería del frente. Minutos después regresa con una bolsa de pan… y entra a la vivienda.
Z apretó los dientes.
—Si hubiera sabido…
Nadie dijo nada.
Las horas avanzaban en el video sin mayor movimiento… hasta que llegó la madrugada.
—Esto es lo último —dijo el efectivo.
02:00 a. m.
La puerta de la casa se abre.
Sale una mujer. Camina con rapidez, pegada a la pared, y dobla en la esquina.
Minutos después, sale un sujeto. Sigue la misma ruta.
Luego, otra mujer.
Y, finalmente, el último hombre.
—Dos varones y dos mujeres —enumeró el efectivo—. Los mismos que entraron.
Las imágenes no eran nítidas, pero las siluetas coincidían perfectamente.
Z se quedó en silencio unos segundos, procesando todo.
—Ya sabemos cómo entraron… y cómo salieron —dijo finalmente—. Ahora falta probar qué hicieron adentro.