Crónicas de Homicidios Cuando el egoísmo ahoga el arrepentimiento
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Cuando el egoísmo ahoga el arrepentimiento

El detenido estaba distinto. Ya no desafiaba con palabras ni intentaba imponer una versión alternativa de los hechos.

Tenía la mirada opaca, la moral quebrada, y culpaba en silencio a los policías.

Observaba fijamente a los efectivos y movía la cabeza con gesto mecánico, como si negara una realidad que lo había alcanzado sin posibilidad de escape.

Cuando faltaba poco para su traslado al centro de detención policial, pidió hablar con Z.

Z accedió.

Lo recibió en su oficina. El hombre entró cabizbajo, pero apenas tomó asiento levantó la vista y dijo con voz quebrada:

—¿Por qué me hacen daño? ¿Qué les hice? Perdí a mi familia, a mi enamorada… No es fácil estar preso. Yo no la maté.

Aquellas palabras no despertaron compasión en Z, sino una indignación contenida. Mientras más lo escuchaba, más percibía la frialdad que se escondía detrás de esa supuesta fragilidad.

Las pruebas objetivas eran contundentes: pericias, registros, testimonios, hallazgos biológicos. Sin embargo, él seguía negándolo todo. No había un atisbo genuino de arrepentimiento, solo miedo a la cárcel.

Z lo observaba en silencio, intentando comprender el origen de esa desconexión moral.

Desde muy joven, aquel hombre había hecho del delito su forma de vida: empezó con hurtos menores, luego robos más elaborados, hasta escalar en círculos vinculados al tráfico de drogas.

Había normalizado la ilegalidad como un oficio.

En su mirada no había dolor por la joven asesinada; había, más bien, preocupación por su propia suerte. Era un egoísmo extremo: solo existía él y su deseo de satisfacer impulsos, sin importar el daño irreversible que dejara atrás.

La víctima era una joven con aspiraciones, con proyectos, con una familia que jamás volvería a ser la misma.

Y él hablaba de sí mismo.

Z sabía que aquella conversación no cambiaría el curso del proceso. Desde el inicio de la investigación, el detenido se había refugiado en la negación absoluta. Aun así, decidió responderle:

—Tú sabes lo que has hecho. No solo le quitaste la vida a una chica muy joven, también destrozaste para siempre a su familia.

Ese sufrimiento no se borra. Lo mínimo que podrías hacer es arrepentirte y pedir perdón.

Pero no veo en ti ni un solo indicio de eso.

Esto no lo hicimos nosotros… Lo hiciste tú.

Nosotros solo cumplimos con nuestro deber.

El hombre bajó la cabeza. Por un instante, Z pensó que el mensaje había calado. El silencio parecía pesado, casi reflexivo.

Pero segundos después, el detenido levantó la mirada y preguntó:

—¿No hay una manera de arreglar esto?

No buscaba redención.

Buscaba escapar.

Z comprendió entonces que el único temor real de ese hombre era la privación de libertad.

No la muerte que había causado, no el sufrimiento ajeno, sino la cárcel.

Sin elevar la voz ni prolongar la discusión, dispuso que lo condujeran nuevamente al calabozo y que se extremaran las medidas de seguridad ante cualquier intento de fuga.

Sabía que alguien así, acorralado, podía intentar cualquier cosa.