Crónicas de Homicidios La casa de la esquina
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La casa de la esquina

El día siguiente a la obtención de la dirección exacta del inmueble donde, con alta probabilidad, se había cometido el crimen marcó un nuevo nivel en la investigación.

Z, al mando del equipo, no permitió relajación alguna.

Por el contrario, redobló esfuerzos. Sabía que estaban ante una fase crítica: cualquier error podía alertar al sospechoso y precipitar su fuga.

Desde la madrugada se implantó un servicio de vigilancia discreta. El inmueble, una construcción amplia en esquina, de cinco pisos, presentaba un movimiento constante. Personas ingresaban y salían durante todo el día, pero siempre por la puerta lateral.

No se trataba de una vivienda convencional; era un predio subdividido para arrendamiento a múltiples inquilinos. Familias, hombres solos, mujeres jóvenes, adultos mayores…

Una circulación heterogénea que, lejos de aclarar el panorama, lo volvía más complejo.

Durante horas no se detectó nada ostensiblemente irregular.

Sin embargo, la dinámica del inmueble generaba un entorno propicio para el anonimato.

Precisamente eso inquietaba a Z: en un lugar donde nadie conocía realmente a nadie, ocultarse era sencillo.

Por ello, decidieron no realizar aún notificaciones formales ni irrumpir con diligencias visibles.

La prioridad estratégica era observar, analizar, perfilar rutinas y, sobre todo, no alertar al principal sospechoso. Si percibía presión policial, huiría sin dejar rastro.

La vigilancia fue permanente.