La entrevista que definió su destino
El primer día cruzó los pasillos antiguos de la unidad. El aire estaba cargado de olor a café viejo y a papeles húmedos, como si el tiempo se hubiera quedado atrapado entre esos muros. Avanzó hasta detenerse frente a la oficina del jefe de Homicidios.
El oficial que lo recibió tenía el rostro duro e inexpresivo, de esos que no regalan confianza. Lo miró fijamente, sin asomo de sonrisa.
—¿Quién es tu vara? —preguntó con frialdad.
—Llegué por los cambios generales, mi coronel — respondió.
El jefe entrecerró los ojos.
—¿Y qué sabes hacer en investigación?
Para Z, investigar no era solo un trabajo; era algo que lo apasionaba.
Sin embargo, bajo esa mirada implacable, las palabras no salían como esperaba.
Empezó a hablar de sus años en comisarías, de algunas intervenciones meritorias y de los pocos casos en los que había logrado capturas importantes.
Apenas llevaba unas frases cuando el jefe lo interrumpió con un gesto brusco de la mano.
—Eres un novato. Y no creas que tienes suerte de estar aquí. Acá nada es seguro. Si quiero, te saco de inmediato. Aquí no queremos gente que reste, sino que sume. Estamos hasta el cuello con la ola de homicidios. ¿Entendiste?
—Sí, entendido —respondió Z, intentando sostenerle la mirada.
Trataba de entender por qué tanta dureza.
¿Sería la presión de los casos? Había escuchado rumores: que al jefe no le gustaban los recién llegados, que muchas veces los reasignaba sin miramientos.
Por momentos, aquella ilusión que lo había acompañado durante tanto tiempo empezaba a resquebrajarse.
Pensó en lo caprichosa que podía ser la vida: te emocionas por algo que crees tener al alcance de la mano y, de pronto, lo ves alejarse sin que puedas hacer nada.
Decidió callar. Intuía que cualquier palabra de más jugaría en su contra. Con alguien de carácter tan severo, el silencio podía ser su mejor aliado.
El jefe tomó la papeleta de cambios y la revisó con detenimiento. Luego levantó la vista, lo observó durante unos segundos eternos y, finalmente, soltó un resoplido. Tomó su lapicero y firmó.
—Está bien. Te voy a asignar a un grupo de investigación. Pero esta es tu única oportunidad. No la desperdicies.
Z asintió en silencio. Por dentro, una emoción incontenible le recorría el cuerpo.
Por fin estaba dentro.