Capítulo 26
Colt
Entrecerré los ojos ante el resplandor; el sudor me resbalaba por las sienes y se me acumulaba en el hueco del cuello; la camiseta se me había pegado a la espalda, y el calor no daba señales de parar.
Llevaba en pie desde el amanecer y me permití recostarme contra la valla y disfrutar del espectáculo.
McCoy estaba en el corral, domando a una yegua, y estaba perdiendo.
Últimamente se pasaba los días trabajando en el rancho y la mayoría de los fines de semana buscando dinero para el circuito de rodeo.
Habría jurado que solo estaba sacándose la espinita de algo que en su día le había encantado hacer, pero McCoy se estaba haciendo demasiado mayor para subirse a lomos de un maldito toro.
Joder, en ese mismo momento estaba recibiendo una paliza de una yegua, una cuarto de milla de dos años.
La potranca tenía una mancha blanca en la frente y un carácter de lo más rebelde, y acababa de volver a tirar a McCoy al suelo.
McCoy se esforzó por mantener el equilibrio al salirse de la silla, pero aun así se dio un buen golpe.
El ruido sordo al caer fue seguido por el resoplido agudo y molesto de la yegua, que dio una coz al aire y se alejó al trote.
Me reí tan fuerte que McCoy pudo oírme, pero no levantó la vista. Se quedó sentado en el suelo durante un largo rato, recuperando el aliento y escupiendo arena.
—Eres de gran ayuda. ¿Te lo ha dicho alguien alguna vez? —Incluso desde lejos, pude ver cómo el rubor de la frustración le enrojecía el rostro.
—Oye… —Levanté las manos en señal de defensa—. No he dicho nada. Solo estoy aquí para ver trabajar al maestro.
Murmuró algo sobre que era un listillo y se puso en pie, flexionando la muñeca que siempre se vendaba antes de montar. La yegua lo observaba con recelo desde el otro extremo del corral, con las orejas pegadas a la cabeza y todo el cuerpo tenso.
—Tranquila, chica. No pasa nada —le dijo en voz baja, acercándose de nuevo a ella con la mano extendida, pero ella no se lo tragaba.
Se apartó danzando, sin dejarle apenas acortar la distancia, y McCoy tuvo que dar dos vueltas al corral antes de que ella le dejara ponerle la mano en el cuello.
Habíamos recogido a la potranca de un centro de rescate y no confiaba en nosotros.
McCoy pensaba que podía conseguir que aceptara la silla de montar en unas semanas, pero yo sabía que no iba a ser así.
Ya había visto animales salvajes antes, y esa chica era de las más salvajes.
Pero McCoy era paciente, y yo sabía que ella iba a acabar por ceder ante él, tarde o temprano—.
Eso es, guapa. —Le hizo un gesto de asentimiento mientras le acariciaba el cuello con la mano.
—¡Ahora entiendo por qué todas las chicas te adoran! —le grité, apoyando los brazos en la valla y observando cómo entrenaba a la potranca con una dedicación que nunca le había visto mostrar hacia ninguna chica—. Si me susurraras cosas así, ni siquiera te obligaría a invitarme a cenar.
Me miró, hosco, por encima del hombro, antes de volverse hacia ella.
—Me gusta prepararles la cena, muchas gracias. Para mantener el orden en casa, ya sabes a qué me refiero.
—¿Con Hunter allí? —repliqué, riéndome—. No me imagino lo que debe de ser llegar a casa contigo y descubrir que vives con tu novio.
Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba, pero no apartó la vista de la potranca.
—Los celos no te sientan bien, Colt. —Me lanzó una mirada fugaz, de apenas un segundo—. Pero me alegra verlo. Creía que tu pene estaba roto, pero ahora que Blaire está aquí, me doy cuenta de que esa cosa funciona de maravilla.
El sonido de su nombre hizo que el músculo de mi mandíbula se tensara y que mi miembro palpitara dentro de los vaqueros. Cada centímetro de mi cuerpo respondía a ella. Aún podía saborear su piel en mi lengua, sentir su calor en las palmas de mis manos y olerla en mi piel.
La noche anterior se repetía en mi mente como una película a cámara lenta, mostrándome hasta el último detalle. Me moví contra la valla e intenté concentrarme en cualquier otra cosa.
Blaire todavía dormía cuando Ruby y yo habíamos salido de casa esa mañana. Tenía la puerta entreabierta y estaba enredada entre las sábanas, profundamente sumida en sus sueños. Había pensado en despertarla solo para ver cómo me miraba a la luz de la mañana, pero no lo había hecho.
Me había quedado en el umbral de su puerta más tiempo del que era aceptable, contemplando cómo dormía, mientras cada parte de mi ser la añoraba, y luego había cerrado la puerta al recordar lo que ella me había dicho: que lo nuestro era algo ocasional.
Y una puta mierda.
Iba a llamarlo como ella quisiera para tenerla cerca, pero ni una sola parte de mí se lo creía.
—¿Qué coño significa eso? —Me agarré a la barandilla y me sequé el sudor de la frente.
McCoy se apartó de la potranca, dejándola moverse libremente por el corral, y se recostó contra la verja con los brazos cruzados.
—Blaire te ha tenido comiendo de su mano, aunque apenas te haya dirigido dos palabras. —Se encogió de hombros, sonriente—. Es un poco patético, pero entretenido de ver.
—Creo que te estás pasando un poco, ¿no? —Aparté la vista porque no quería que McCoy supiera lo acertado que estaba.
—No lo creo. —Se separó de la verja y se volvió hacia mí—. De verdad que no puedo creer que la hayas dejado mudarse contigo. —Sacudió la cabeza.
—No se ha mudado —protesté, aunque sonara a la defensiva—. Se va a quedar con nosotros hasta que arreglen la casa de June. Estaba hecha un puto desastre.
Y yo lo sabía bien, ya que había pasado varias tardes que debería haber estado en el rancho limpiando allí.
Di una patada con la bota al poste de la valla, desprendiendo un trozo de tierra seca.
Él soltó un largo suspiro.
—¿Me estás diciendo —comenzó, alargando las palabras como si intentara asimilarlo todo— que la chica que te destrozó la vida cuando se marchó ahora duerme en tu habitación de invitados como si nada?
Tenía todo el derecho a estar preocupado. Me había pasado toda la vida dando vueltas alrededor de Blaire, y, cuando se había marchado, me había quedado destrozado. Pensé en la noche anterior, en la forma en que me había mirado, en cómo me había mirado de verdad, por primera vez en años.
Miré más allá de él, observando a la potranca que daba vueltas por el corral.
Su pelaje castaño estaba manchado de sudor y polvo, y los músculos se le tensaban bajo la piel.
Cada vez que McCoy se movía, sus ojos brillaban con recelo y dilataba las fosas nasales mientras lo seguía, tensa y lista para salir disparada al menor movimiento en falso.
Joder, me recordaba a Blaire. La forma en que me miraba de soslayo, cómo se echaba hacia mí para luego apartarse en cuanto intentaba tocarla, como si mi contacto pudiera quemarla.
Siempre un paso por delante, siempre sabiendo exactamente cómo manejarme a su antojo, incluso cuando sentía que el corazón se me iba a romper de tanto desearla.
—No entiendo qué tiene eso de difícil de entender. —Me quedé mirando a la yegua, esperando que McCoy dejara el tema, pero él siguió insistiendo como un perro con un hueso.
—Ajá. Así que solo estás haciendo de casero. ¿Eso es todo? —Sonreía, pero con los ojos entrecerrados.
—No soy su casero, pero sí. Eso es todo. —Las palabras sonaban débiles, pero las dije de todos modos.
La potranca rozó con el hocico la valla, cerca de mi codo, y sentí su aliento cálido. Extendí la mano sin pensarlo, pero ella se apartó de un salto, mirándome con reticencia.
McCoy me observaba, con los ojos aún entrecerrados, como si ya lo supiera todo sin que yo dijera una sola palabra.
—Lo has hecho, ¿verdad? —dijo tras una larga pausa. —Te has acostado con ella. —Me ardían las orejas; abrí la boca para negarlo, pero no me salieron las palabras—. Joder —rio—. De verdad que eres un caso perdido.
Quería negarlo, restarle importancia, pero el recuerdo de ella era demasiado reciente, demasiado doloroso.
—No es eso —mentí.
Se echó hacia mí y bajó la voz, como si tuviéramos quince años y estuviéramos bebiendo a escondidas el whisky de mi padre detrás del granero.
—¿Y qué tal?
Intenté expresarlo como quería, pero lo único que se me ocurrió fue la verdad.
—Es… —empecé, y luego me detuve. —Es complicado.
McCoy resopló.
—Con Blaire siempre va a ser complicado.
Eché los hombros hacia atrás y pronuncié las palabras con convicción, como si fueran ciertas.
—Por ahora, nos lo estamos tomando con calma.
—Colt. —Me dio una palmada en el hombro con demasiada fuerza, como si intentara hacerme entrar en razón—.
Escucha, no digo que no puedas con ello, pero creo que deberías saber exactamente en qué te estás metiendo esta vez.
No puedes acostarte sin más con una chica de la que has estado enamorado antes.
¿Y si ella vuelve con…? —Dejó la frase en el aire, pero lo que quería decir era obvio.
Ella me había confesado que le había dicho a Grant que no iba a volver, y yo quería creerla, tanto que me dolía el pecho de las ganas con las que lo deseaba.
—Lo sé muy bien. —Asentí, con la mandíbula tensa—. ¿No tienes trabajo que hacer?
McCoy levantó las manos en señal de rendición.
—Vale, vale. Volveré al trabajo.
Solté un juramento y me aparté de su escrutinio.
Él seguía observándome, junto a la valla, con los brazos apoyados en el travesaño de pino, y podía sentir el peso de su mirada como si fuera una mano entre mis omóplatos.
No quería hablar de Blaire, no quería que él viera cómo se me había metido bajo la piel en una sola noche y me había puesto del revés. Incluso antes de eso.
Necesitaba moverme, alejarme un poco, así que atravesé el patio a zancadas y agarré las riendas de mi caballo.
La piel me ardía bajo el sol, el pulso me latía con fuerza en el cuello y nada de lo que estaba pasando ese día me ayudaba.
Ni el sudor, ni el dolor en los brazos ni los pensamientos abrumadores de todo lo que tenía que hacer.