Capítulo 25 #3
Me obligué a mirarlo, a mantener los ojos abiertos aunque el placer iba en aumento.
—No podemos permitirnos sentir nada —dije, y mi voz se quebró un poco—. Otra vez no. —Seguí moviéndome sobre él, balanceando las caderas como si tuviera todo el tiempo del mundo, pero notaba cómo el orgasmo se abalanzaba sobre mí.
Me miró las manos, se humedeció los labios con un rápido movimiento de la lengua y luego me dedicó una sonrisa tan pausada y llena de arrogancia que encendió algo dentro de mí.
—Crees que eres tú quien tiene el control aquí, ¿verdad?
—Sus manos se alzaron de un tirón para agarrarme las muñecas y me las puso detrás de la espalda con un movimiento fluido.
Jadeé, desequilibrada, y él sonrió cuando me arqueé hacia delante y se aferró a mi pezón con un hambre áspera y castigadora.
Grité; la sensación era tan intensa que me nubló la vista.
Me chupó con fuerza y luego me mordió sin llegar a hacerme daño de verdad, rozándome la piel sensible con los dientes antes de soltarme con un chasquido.
Me pegó él, aplastándome contra su pecho, con manos ávidas y sin complejos que recorrían mis caderas, mis costillas y la curva de mi trasero.
Luego hundió la cara en mi pelo, con la nariz pegada a mi oreja, y dijo—: Si quieres unas reglas básicas, aquí las tienes.
Mientras estemos follando, esto es mío. —Me agarró el culo con una mano y movió las caderas hacia arriba con tanta fuerza que gemí mientras todo mi cuerpo se tensaba—.
Nadie más te toca. Nadie más te ve así. Nadie más hace que te corras.
—Me mordió el lóbulo de la oreja antes de lamerme para aliviar el dolor—.
¿Me oyes? —preguntó, y no había ni una pizca de burla en su voz—.
Si quieres que esto sea algo esporádico, pues vale.
Pero sigues siendo mía. —Sus dedos se clavaron en mi piel, marcándome, reclamándome.
Sus ojos se encontraron con los míos, y había tanta posesividad en su expresión que me aterrorizó y me emocionó a la vez—.
Si esta es la única forma de tenerte, entonces me grabaré en tu piel hasta que no puedas recordar el roce de nadie más.
Algo dentro de mí se quebró. Odiaba que Grant dijera que era suya, intentaba apartarme de cualquier atisbo de posesividad por su parte, pero la forma en que Colt lo había dicho me hacía querer decir que sí a todas las cosas lascivas y posesivas que me exigiera.
Lo sentí en la forma en que se movían mis caderas, en mis manos agarradas a sus hombros, en la necesidad que hacía temblar mi cuerpo.
—Sí —gemí—. Soy tuya.
Se abalanzó sobre mí y me capturó la boca, con los dientes sobre mi labio, y yo correspondí al beso con todas mis fuerzas.
Me restregué contra él, y él respondió a cada movimiento con una fricción implacable y perfecta.
Deslizó una mano entre nosotros, sus dedos encontraron el borde de mis pantalones cortos y lo apartó a un lado con un solo movimiento.
Sus dedos rozaron suavemente mi clítoris antes de hundirse dentro de mí.
Gemí cuando empezó a moverlos dentro y fuera de mí mientras su pulgar acariciaba mi clítoris.
—Joder, eres perfecta —murmuró contra mi boca, pero luego apartó los labios de ahí para dejar un rastro de calor por mi cuello, la mandíbula y la clavícula.
Se detuvo, contemplando cómo se me ponía la carne de gallina bajo la luz de la luna, y pude sentir su sonrisa burlona antes de que pasara la lengua por mi pezón.
Su boca era áspera y voraz; me chupaba con fuerza hasta arrancarme un grito, y luego me lamía lentamente para aliviar el escozor.
Su pulgar se movía sobre mi clítoris describiendo círculos tensos, y yo temblaba de la cabeza a los pies.
Me abrazó con más fuerza, con una mano enorme extendida sobre mi espalda y la otra hundida entre mis muslos, negándose a dejarme escapar.
Mis músculos se tensaron, ansiosos por más, mientras que mis manos se hundían en su cabello y tiraban con tanta fuerza que lo hicieron soltar un siseo. Lo besé de nuevo, desesperada por liberarme y por él, y cerré los ojos al apartarme de él, jadeando.
—Mírame. —Sus palabras ásperas me impactaron, y parpadeé para abrir los ojos y encontrarme con su mirada.
Sus ojos estaban oscurecidos por el deseo, pero había algo más, algo parecido al asombro, mientras me miraba.
Odiaba lo mucho que me importaba eso, cómo la idea de que estuviera tan enamorado de mí me hacía sentir un dolor el pecho incluso peor que el que sentía entre las piernas.
No aparte la vista de él ni siquiera cuando empecé a sentir que se aproximaba el orgasmo, ni siquiera cuando mis manos temblaron al recorrer su cuello.
Cada vez que intentaba apartarla, él me estrechaba con más fuerza, pronunciaba mi nombre en un susurro de advertencia y me hacía volver a su presencia—.
Eso es, Blaire —murmuró, y pude notar lo cerca que estaba de perder el control.
Era lo más íntimo que había hecho nunca, dejar que me viera así, completamente desprotegida. Me había pasado muchos años fingiendo, actuando para hombres que querían una versión más suave y dulce de mí, pero Colt no quería esa versión.
Me quería a mí.
Quería la versión más desordenada, más desesperada y más auténtica de mí, la Blaire que era excesiva, que nunca se contenía, que quería que todo fuera más ruidoso, más salvaje, que quería abarcarlo todo.
Eso me sacudió con fuerza, liberando algo que Grant había intentado ocultar tras un muro durante años.
El deseo de Colt era algo sagrado.
La prueba estaba en cómo no apartaba los ojos de mí, en cómo luchaba, de forma evidente y sin complejos, por no correrse solo con verme cabalgar sobre su mano.
La prueba estaba en cómo pronunciaba mi nombre —como una pregunta no, sino como una puñetera invocación—, como si fuera algo digno de adoración.
Había pasado mucho tiempo intentando hacerme pequeña, y en ese momento era demasiado grande para que nada pudiera contenerme.
Quería meterme cada maldito centímetro de él, y algo cálido y punzante se instaló en mi pecho.
Me acarició con el pulgar con más fuerza y me derrumbé.
Gemí en voz alta, apretando los muslos alrededor de su mano, clavándole las uñas en los hombros.
No se detuvo, no cedió: siguió adelante, sin piedad, contemplando cada segundo de mi caída como si fuera lo único que hubiera deseado en toda su vida.
Temblaba y me sentía sin fuerzas cuando Colt apartó su boca de la mía y, con un movimiento fluido, se puso de pie y me llevó consigo.
Los músculos de sus brazos se tensaron al levantarme y estrecharme contra él, y mis muslos se abrieron para dar cabida a sus caderas.
El roce áspero de sus vaqueros contra mi piel desnuda me hizo jadear.
Me dejó en el suelo con las piernas temblorosas, trastabillé y me apoyé en su pecho. E besó la sien, la línea del cabello y la comisura de los labios. Sus manos se deslizaron hasta la parte baja de mi espalda, y luego subieron, extendiéndose sobre mis costillas; se agachó para hablarme al oído.
—Eres increíble, ¿lo sabes?
Me hizo retroceder con pasos lentos y deliberados hasta que mis muslos chocaron contra la barandilla del porche y la madera se me clavó en el trasero.
Sobre nosotros, la noche y las estrellas, pero nada de esa exposición me hizo sentir tímida.
Me hizo girar y tuve que agarrarme a la barandilla para no caerme hacia delante.
Mi pulso se aceleró y fui dolorosamente consciente de cómo mi cuerpo se arqueaba hacia atrás, hacia él, mientras sus dedos recorrían toda la longitud de mi columna vertebral.
Noté cómo su pene se tensaba bajo los vaqueros mientras se restregaba contra mí, como si no pudiera soportar esperar ni un segundo más.
Su boca se posó en el lado de mi cuello, alternando mordiscos y lametones cuando me hizo echarme hacia delante, hasta que apoyé el vientre contra la barandilla del porche.
Oí el tintineo metálico de su cinturón, el rápido chirrido de una cremallera, y entonces sus manos tiraron de la cinturilla de mis pantalones cortos y de mis bragas hacia abajo con un solo movimiento impaciente.
La tela cayó hasta mis tobillos, y el impacto inmediato del aire sobre mi piel me hizo gemir.
Eché un vistazo por encima del hombro, solo para verle la cara, y casi me derrumbé. Tenía el pelo revuelto donde le había tirado de él, los labios hinchados y enrojecidos. Se sujetaba el miembro con una mano, acariciándose lentamente.
—Joder, qué perfecta —dijo, con una voz tan grave que apenas la reconocí—. Perfecta para mí, perfecta para esto…
Se colocó detrás de mí y sentí cómo su glande cálido y redondeado se deslizaba por mi sexo, provocándome y lubricándose con mi humedad.