Capítulo 23
Colt
La casa estaba demasiado tranquila. No se oían unos piececitos impacientes corriendo por el pasillo ni risitas suaves ni el tema de Moana cantado en voz baja mientras Ruby intentaba, sin éxito, colarse en mi habitación sin despertarme.
Aun así, extendí la mano por encima del colchón, deslizando la palma sobre las sábanas mientras buscaba a mi niña.
Dejaba que se metiera en mi cama en mitad de la noche y ya lo hacía también a primera hora de la mañana, y aunque fingía estar exasperado cuando me despertaba con sus pies fríos clavándose en mi estómago, las mañanas sin ella me parecían extrañas.
Mi mano solo encontró las sábanas frías e intactas donde debería haber estado su pequeño cuerpo. Parpadeé ante el espacio vacío, con la mente aún nublada por el sueño, incapaz de recordar por qué mi hija no estaba ahí, a mi lado.
Fragmentos de la noche anterior se colaron a través de la bruma del sueño. Ruby estaba en casa de mis padres, y yo debería haber estado disfrutando de esa tranquila mañana para mí solo.
El dolor sordo que sentía en los ojos no era por la cerveza. Era el recuerdo de la noche anterior, que no cesaba de torturarme. La piel de Blaire bajo mis dedos y las palabras que no podíamos retirar.
Ella había seguido todas las órdenes que le había dado, tocándose mientras yo la observaba, dejando escapar mi nombre de sus labios al correrse… Le había dicho que era mía, le había exigido que me lo repitiera. Joder.
Mi pene ya estaba medio duro solo de recordarlo, y lo peor de todo era que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
No podía echarle la culpa a la cerveza, cuando me había pasado toda la maldita noche repitiéndome una y otra vez la misma advertencia: «No cruces esa línea, no dejes que vea cuánto poder sigue teniendo sobre ti» .
Pero eso había sido justo lo que había hecho.
Esa línea se había desvanecido en el momento en que ella se había reído y me había llamado «papá de la casa».
Luego la volví a pisotear en el momento en que había admitido que nunca había amado a su prometido y que era en mí en quien pensaba cuando él la tocaba.
Y entonces ella había entrado corriendo en casa y me había dejado ahí, pataleando en el agua y ahogándome en pensamientos sobre ella, y me había quedado hasta que el agua fría había acabado por apagar el calor que ella había encendido en mi interior.
Me levanté de la cama y me quedé de pie en medio de mi habitación mientras me decía a mí mismo que tenía que recomponerme, que tenía que comportarme como un puto adulto y no perder la cabeza por algo que nunca iba a suceder.
Entré en el cuarto de baño, abrí el grifo y me eché agua fría en la cara con las dos manos.
Recogí el agua en las palmas y me las puse contra el cuello; el frío me recorrió la espalda, pero no sirvió de nada.
Solo podía pensar en ella. Me dije a mí mismo que me duchara, que me vistiera, que hiciera cualquier cosa, literalmente cualquier cosa, menos salir por la puerta del dormitorio y buscarla.
Pero mis pies se movieron de todos modos.
El pasillo estaba más frío que mi dormitorio y las tablas del suelo crujían bajo mis pies desnudos. A medida que me acercaba a la cocina, reduje el paso. Podía oírla tararear suavemente y el roce de una taza contra la encimera. No sonaba música ni la tele, nada que llenara el espacio salvo ella.
Me apoyé en la encimera y la observé. Estaba de pie, de espaldas a mí, descalza, con unos pantalones de chándal que llevaba remangados dos veces en la cintura y una camiseta sin mangas que se ceñía a cada curva de su cuerpo.
Llevaba el pelo suelto y revuelto sobre los hombros, y yo solo quería hundir las manos en esos mechones.
Se dobló por la cintura, rebuscando en uno de mis armarios inferiores, y no pude apartar la mirada de la pequeña y marcada V de sus omóplatos ni de la línea de su espalda.
Se incorporó con una sartén en la mano, y yo sonreí cuando la dejó sobre la cocina y luego miró a su alrededor. Quizá las cosas hubieran cambiado desde que se había ido, pero la Blaire que yo conocía siempre había sido una cocinera pésima.
Carraspeé cuando me quedó claro que aún no se había dado cuenta de que yo estaba allí.
—Buenos días.
Se sobresaltó un poco, como si me estuviera esperando, pero no tan pronto, y su mirada me recorrió de arriba abajo y luego se desvió.
—Buenos días. —Su tono era ligero y distendido, y se dirigió a mi nevera como si nada hubiera pasado, como si no hubiéramos pasado la noche destrozándonos el uno al otro y recomponiéndonos de formas que no se podían deshacer.
Cogió la jarrita de la leche de uno de los estantes antes de cerrar las puertas y me la mostró con una sonrisa.
—¿Café?
—Claro. —Asentí y ella se dio la vuelta para afanarse con la cafetera.
Me desplacé al otro lado de la isla y me senté para estudiar sus gestos. Tenía los hombros tensos cuando rodeó una de las tazas con las manos antes de girarse y dejarla sobre la isla, deslizándola por la encimera hacia mí.
Me preguntaba si ella lo recordaba todo tan vívidamente como yo, si su cuerpo aún vibraba con las réplicas, o si ya se había obligado a olvidar que aquello hubiera ocurrido.
Quería decirle algo. Quería pedirle perdón o exigir saber qué se suponía que debíamos hacer a continuación, pero no conseguí que ninguna de esas cosas saliera de mis labios.
Ella tampoco dijo nada. Le dio un sorbo a su café y se quedó mirando la encimera como si allí estuvieran todas las respuestas.
Necesitaba hacer algo, decir cualquier cosa para romper ese momento incómodo entre nosotros.
—¿Ibas a cocinar?
—Ah. —Miró la sartén—. Estaba pensando en hacerme un sándwich de queso fundido.
—¿Para desayunar? —Arqueé una ceja, incapaz de reprimir la pequeña sonrisa que se dibujó en mis labios.
—Sí, bueno… —Se mordió el labio, y me di cuenta de que estaba debatiéndose sobre cuánto de sí misma mostrarme—. Es lo único que sé hacer.
Probé el café, que estaba tal y como me gustaba, y dejé que el silencio se prolongara entre nosotros.
—¿Sabes?, dicen que el desayuno es la comida más importante del día, pero no creo que se refirieran al sándwich de queso fundido.
Ella puso los ojos en blanco y un ligero rubor le tiñó las mejillas.
—También puedo preparar cereales. Tostadas con mermelada.
—Eso no vale. —Negué con la cabeza, dejé el café y me levanté. Ella me observó mientras rodeaba la isla y me dirigía a la nevera—. ¿Llevas diez años comiendo sándwiches de queso fundido y cereales?
Ella se rio, pero pude percibir la tensión que ocultaba tras ese sonido.
—No. —Negó con la cabeza—. Mi padre tenía un cocinero cuando vivía con él, y Grant… —Vaciló—. Grant prefería salir a comer fuera.
—Mmm —murmuré en respuesta, odiando oír el nombre de ese cabrón salir de sus labios, y saqué los huevos y el beicon de la nevera.
—Pero no estoy indefensa. —La forma en que lo dijo me hizo querer acortar la distancia entre nosotros, obligarla a mirarme a los ojos y asegurarle que no había ni una sola parte de ella que fuera indefensa. Nunca la había habido.
—Bueno, tenemos dos opciones. —Cerré la puerta con la cadera y su mirada recorrió mi pecho desnudo—. Puedo prepararte el desayuno o enseñarte a hacerlo.
Parpadeó y algo cambió en la tensión de su mandíbula. Fue tan sutil que a la mayoría de la gente se le habría pasado por alto, pero yo llevaba años observándola.
—¿Vas a enseñarme a cocinar?
—Sí —dije, manteniendo la voz baja y tranquila.
Me senté a su lado, lo bastante cerca como para olerla, y dejé los ingredientes sobre la encimera—.
Si tú quieres. —Ella apartó la mirada de mí y casi pude sentir cómo se alejaba—.
Solo son huevos con beicon, Blaire. —Intenté que sonara desenfadado, pero parecía que estuviera hablando de mucho más que de nuestro desayuno.
Abrí la caja de huevos antes de encender el fogón de la cocina—.
¿Qué te apetece, huevos revueltos o fritos?
Pasé su lado para buscar las tijeras de cocina; se cruzó de brazos, pero no se apartó.
—Fritos, creo. —Me observaba con atención, y rápidamente abrí el paquete de beicon antes de dar un paso atrás.
Le hice un gesto con la mano para que se acercara, y ella echó un vistazo a la cocina y luego volvió a mirarme antes de situarse finalmente delante de mí.
—Ya he hecho beicon antes, pero June solía decir que le quitaba todo el sabor al pobre cerdo. —Sonrió un poco al recordarlo.
Me eché a reír, imaginándome la cara de June mientras lo decía.
—El secreto del beicon está en controlar bien la temperatura. Si está demasiado frío, no se hace; si está demasiado caliente y… —Ajusté el regulador del fogón, observando cómo bailaba la llama azul bajo la sartén—. Solo se quema.
Mi mente divagó hacia la noche anterior y a cómo se había elevado la temperatura fuera de mi control.
Cuando le dije que apartara el beicon para que la grasa no salpicara, asintió e hizo exactamente lo que le había indicado. El chisporroteo se intensificó, llenando el aire de un olor que me hizo rugir el estómago, y mi ansiedad se calmó un poco mientras la veía moverse por mi cocina.
Cogió un tenedor y levantó el beicon al cabo de unos minutos.
—¿Lo quito ya? —preguntó, mirándome por encima del hombro.
—Perfecto. —Asentí, y lo decía en serio. Quería alargar la mano y tocarle la parte baja de la espalda, acurrucarla contra mí como solía hacer, pero no lo hice—. ¿Te va a enseñar June a hacer mermeladas? —le pregunté con una sonrisa, y ella negó con la cabeza.
—No. Yo soy la que se encarga de la parte intelectual de ese proyecto. Ella tendrá que ocuparse de cocinar.
A partir de ahí, nos acomodamos en un ritmo tranquilo. Blaire cocinó el beicon y yo me quedé a su lado antes de pasar a los huevos.
—Así se hace —le dije, acodándome a su lado—. Desliza suavemente la espátula por debajo del huevo y luego dale la vuelta con un movimiento rápido.