Cowboy casual Capítulo 3
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Capítulo 3

Blaire

La luz brillaba sobre las hileras de fresas mientras contemplaba la granja.

Necesitaba eso: la tierra bajo las uñas, el sol que me enrojecía los hombros y el dulce sabor de las fresas en la boca al comerlas directamente de la mata. Anhelaba sentir algo así, sentirme importante para mí misma y para este lugar.

June tenía algunos peones, pero no los suficientes para mantener a raya las extensas hectáreas que se negaba obstinadamente a reducir. El trabajo se acumulaba por todas partes, un trabajo que June no habría podido llevar a cabo sola si yo no me hubiera ido.

Ya estaba planificando todos los proyectos que iba a emprender, pero las fresas tenían prioridad. Las recogí rápidamente, con los dedos moviéndose como por arte de magia y manchándose de rojo con la fruta.

Coger, soltar.

Coger, tirar las que estaban malas.

Temía haber olvidado cómo se hacía, pero mis manos lo recordaban.

Ese movimiento repetitivo me tranquilizaba como nada lo había hecho desde que había dejado atrás mi vida.

Me había ido a casa de mi padre mientras intentaba aclarar mis ideas esa última semana, pero sabía que había sido una mala idea.

Cada fresa que caía en la cesta me parecía un acto silencioso de rebeldía, un paso más lejos de la persona que había dejado atrás en Raleigh.

Aquella chica se había dejado consumir por un hombre que lucía bien con traje, pero que era incapaz de cumplir una promesa ni aunque se la cosiera en la piel.

Aquella chica estaba tan desesperada por sentirse deseada que se redujo a convertirse en alguien más fácil de llevar.

Pero ahí, con las rodillas hundidas en la tierra cálida, mi padre y Grant me parecían insignificantes.

Si no fuera porque el teléfono estaba vibrando en mi bolsillo por quinta vez desde que había llegado a casa de June, quizá ni siquiera habría pensado en ellos.

Me daban igual, y más estando en esa tierra.

Saqué el móvil del bolsillo de un tirón. Siete llamadas perdidas de Grant y otras dos de la secretaria de mi padre. Los mensajes de voz se acumulaban, pero los dejé ahí sin escucharlos. No me interesaba saber lo que tenían que decirme; ya no.

Alcé la vista y vi a Hunter apoyado con indiferencia contra la parte de la valla recién reparada, en su lado de la línea divisoria. Sostenía los guantes sin apretar en una mano y me miraba como si no le importara que lo hubiera pillado.

Me protegí los ojos con la mano y le lancé mi mejor mirada fulminante, aunque ya había perdido fuerza tras las últimas horas bajo el calor. El trabajo en la granja tenía ese efecto: me había quitado todo el veneno y no me había dejado más que ese lado vulnerable que intentaba ocultar.

—¡¿No se supone que deberías estar trabajando?! —le grité, y él sonrió.

—Si alguien pregunta, estoy en mi hora de descanso. —Se volvió hacia el camino de entrada al escuchar unas ruedas que crujían sobre la grava—. Solo llevas aquí un par de horas y ya te estás matando a trabajar. Quizá tú también deberías tomarte un descanso.

Me aparté el pelo de la cara y seguí con la mirada la camioneta azul que se acercaba a la casa.

—Creo que ya he tenido un descanso lo bastante largo. —No me refería al trabajo—. ¿Tú no?

Él arqueó una ceja.

—Eso no es… La granja no se va a ir a ninguna parte.

Tienes tiempo. —Pero no lo tenía. El tiempo me parecía una deuda que tenía con este lugar, una deuda que no dejaba de acumular intereses mientras yo estaba fuera fingiendo formar parte de otro lugar.

Y todo para volver arrastrándome cuando todo se había venido abajo.

Hunter observó cómo la camioneta se acercaba a la casa y luego saltó la valla.

Atravesó la verja que separaba la propiedad de June de la de los Calloway con el aire despreocupado de alguien que tenía todo el día para molestarme—.

¿Vas a seguir ignorando esas llamadas para siempre?

—Señaló con la cabeza mi teléfono, que seguía en mi mano y volvía a vibrar.

Pulsé rápidamente el botón para ignorar la llamada antes de guardarlo en el bolsillo.

—No es nada importante.

La camioneta azul se detuvo frente a la casa de June y se quedó con el motor en ralentí en el pequeño espacio para dar la vuelta. La puerta se abrió de par en par y una mujer salió de un salto. Subió a toda prisa al porche, con su cabello rubio escapándose de un moño suelto.

Hunter se puso tenso a mi lado y se quedó con la vista ahí clavada un instante de más antes de apartarla.

—¿Quién es esa? —pregunté, señalando a la mujer cuando June salió de la casa para recibirla.

—¿Eh? —murmuró Hunter, volviéndose hacia los campos para evitar mirarla por completo.

Ella se quedó allí, aparentemente ajena a nuestra presencia, con la atención puesta en June; echó la cabeza hacia atrás y se rio.

El sol se reflejaba en su cabello rubio, casi blanco en las puntas.

Era guapa, con una belleza natural que me hizo sentir cohibida por el sudor que me empapaba la camiseta y la suciedad incrustada bajo mis uñas.

—Esa chica a la que no quieres mirar. ¿Quién es?

Hunter no respondió de inmediato. Se pasó la mano por la nuca y movió la cabeza de un lado a otro, como si intentara aliviar la tensión.

—Es Maggie Dawson —respondió, y carraspeó.

Repasé rápidamente mis recuerdos, buscando ese nombre, pero no se me ocurrió nada.

—¿Iba a clase con nosotros?

Hunter dejó escapar un sonido a medio camino entre un gruñido y un suspiro.

—No. Se mudó aquí hace unos años. Regenta la panadería de Main.

Él volvió la mirada hacia ella durante unos largos segundos, con la mandíbula tensa, y apartó la vista de nuevo.

—¿Qué está pasando aquí? —Hice un círculo con el dedo entre ellos, como si estuviera uniendo puntos invisibles en el aire.

—No pasa nada.

Arqueé una ceja mientras lo observaba.

—¿Te quedas mirando a todo el mundo así?

Dejó escapar un silbido sordo y negó con la cabeza.

—¿Y tú, Blaire? —preguntó con un tono lo bastante bajo como para que la pullita diera en el blanco—. ¿Hablamos ahora de tu vida amorosa?

Me reí, pero incluso yo sabía lo hueco que había sonado.

—¿Qué vida amorosa? —Me di la vuelta y seguí por la hilera de fresas.

—He oído un par de cosas por ahí. —Sus pasos crujieron detrás de mí mientras me seguía—. Llevas fuera… ¿Cuánto? ¿Diez años ya?

No aparté la mirada de las fresas que se escondían entre las frondosas hojas.

—¿No deberías estar haciendo algo en algún sitio? —Señalé con la cabeza a su yegua castaña, que estaba atada al poste de la valla, observándonos con unos ojos expresivos a los que no se les escapaba nada—. Tu yegua parece tener sed.

—Solo digo —continuó él, con tono más cauteloso— que es un poco extraño verte después de tanto tiempo. Sobre todo después de cómo te fuiste, después de que Colt y tú…

—Para. —La palabra salió con más dureza de la que pretendía.

Hunter se puso tenso y dejó de mover las manos, que tenía a los lados.

Me volví para mirarlo de frente, con la columna tensa—.

¿Quieres hablar de Colt? —pronuncié su nombre a regañadientes, con la sílaba atascada en la garganta—.

Pues hazlo en tu propiedad, pero en la mía no.

Hunter parpadeó, desconcertado, y por primera vez pareció arrepentirse de haber abierto la boca.

—Vas a verlo, ¿sabes? —La forma en que lo dijo, con resignación, como si ya viera llegar el choque, hizo que algo se retorciera bajo mis costillas—. No sé cuánto tiempo piensas quedarte, pero no hay forma de que puedas evitarlo.

—Me da igual. —La mentira tenía un sabor amargo en mi lengua y el pulso me latía con fuerza en el cuello—. He regresado por June y por esta granja.

Hunter se movió, como si fuera a decir algo más, pero entonces la risa de Maggie se oyó de nuevo desde el porche y los dos nos volvimos hacia ese sonido.

June levantó una mano y nos hizo señas para que nos acercáramos al porche.

—¿Os vais a quedar ahí fuera todo el día? Blaire, hay alguien a quien quiero que conozcas.

Al principio no me moví. No lo hice hasta que Hunter abrió la verja que daba a los campos de fresas y la mantuvo así, esperando. Pasé a su lado sin decir nada, pero él carraspeó.

—Voy a volver al trabajo.

Pero June echó a perder sus planes.

—Hunter, apaga la camioneta de Maggie cuando vengas para aquí, ¿quieres?

—Mierda —murmuró Hunter entre dientes, tensando los hombros.

Me reí con disimulo cuando se dirigió con paso derrotado hacia la camioneta en marcha, levantando pequeñas nubes de polvo con cada zancada renuente.

Subí por el sendero desgastado para encontrarme con la chica que había convertido al siempre encantador Hunter Calloway en un manojo de nervios, tenso y distraído.

Maggie estaba sentada en una de las mecedoras, con sus largas piernas cruzadas y un vaso de té entre las manos del que brotaba un hilillo de vapor.

Levantó la vista cuando me acerqué al porche, y la sonrisa que se dibujó en su rostro fue cálida y sincera.

—Aquí está. —June me rodeó con el brazo y me hizo aproximarme a la mujer—. Esta es mi nieta, Blaire. De la que te he hablado.

Maggie se puso de pie y me tendió la mano.

—Empezaba a pensar que eras un mito.

Le estreché la mano, aunque hice una mueca incómoda.

—Más bien una advertencia.

—¿No lo somos todos? —se rio Maggie—. Me alegro mucho de conocerte por fin después de todo lo que June me ha contado de ti.

—Por favor, no te creas todo lo que dice. —Le solté la mano y me recosté contra la barandilla del porche.

—June nunca miente —replicó Hunter con aire enfadado, apoyando el peso del cuerpo en el primer escalón, con su bota polvorienta rozando la madera desgastada.

Su mirada se desplazó rápidamente del porche a los campos que se extendían más allá, luego se posó en Maggie durante un fugaz instante antes de fijarse en algún punto invisible en la distancia.

June me soltó el brazo y se acercó a él para acariciarle la mejilla.

—Crees eso es porque eres un chico muy dulce, Hunter.