Coronada por Cuatro Capítulo 14 La Noche Oscura del Alma
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Capítulo 14 La Noche Oscura del Alma

Las habitaciones de la Auditora Real estaban sumidas en la penumbra. Clara había cerrado las cortinas pesadas, bloqueando la luz de la luna, e intentaba aplicar un ungüento de escarcha mágica sobre los hombros y el pecho de Serafina.

No había quemaduras visibles en la piel de Serafina, pero la carne ardía. Era el daño residual, el eco fantasma del Fuego Primordial que Carlos había desatado en la Falla Abisal. Y, sin embargo, el dolor físico era insignificante comparado con la agonía del vacío.

Serafina se miró en el espejo del tocador. Sus ojos estaban enrojecidos, su rostro pálido. Llevaba horas llorando, no por el dolor de las costillas rotas fantasma que Julio había sufrido, ni por el dolor muscular de Rodrigo, sino por el muro de obsidiana mental que Carlos había erigido.

El vínculo seguía ahí, pero la sección que conectaba con Carlos estaba sorda, bloqueada por una determinación gélida e inflexible. Él los había aislado para poder convertirse en el monstruo que necesitaba ser para ganar. Para poder matar. Para poder sobrevivir al Rito de la Severidad.

—Ya no hay nada que pueda hacer, Fina —murmuró Clara, retirando sus manos manchadas de ungüento azul—.

Los daños de la Resonancia han superado cualquier remedio alquímico.

El consejo sabe que algo pasó en la Falla.

Lord Valerius ha presentado una queja formal contra ti por intentar interferir en las consolas, aunque no puedan probar cómo rompiste su escudo. Te van a destituir.

Serafina bajó la mirada hacia la mesa de madera.

Allí descansaba su emblema, el Ojo de la Balanza de plata.

Había dedicado su vida entera a ese símbolo, a la idea de que la ley y la neutralidad mágica eran absolutas.

Pero hoy había visto al mismísimo Soberano y a sus Altos Sacerdotes conspirar para dejar morir a los campeones con tal de probar a su futuro yerno, o dejar que el Abismo tomara el control si eran demasiado débiles.

El sistema estaba podrido hasta la médula.

—Que me destituyan —susurró Serafina, su voz carente de emoción—. Ya no importa, Clara. El torneo es una farsa. Carlos ha decidido que va a ganar.

—Si gana, el Soberano usará el Rito de la Severidad sobre él —advirtió Clara, con los ojos llenos de miedo—. Le arrancarán la Resonancia del alma. Le borrarán todo lo que siente por ti y por los otros herederos.

—Lo sé. Me lo ha transmitido antes de levantar el muro.

Cree que es la única forma de salvarnos de Vano.

Cree que su deber es sacrificar su corazón para que nosotros conservemos nuestras vidas.

—Serafina agarró el emblema de plata y lo apretó hasta que los bordes afilados le cortaron la palma de la mano—.

No voy a quedarme a ver cómo lo mutilan en el altar del Soberano.

Clara contuvo el aliento.

—¿Qué estás diciendo, Fina?

—Prepara mi equipaje. Solo lo esencial. Ropa civil, dinero, medicinas.

—Serafina se levantó, ignorando el dolor sordo en sus costillas—.

Me voy, Clara. Voy a abandonar La Aguja Celestial esta noche.

Si me quedo aquí mañana durante el Combate Final, cuando Carlos gane y el Soberano le arranque nuestro vínculo...

el choque empático de su alma siendo amputada me matará.

Y destrozará a Julio, a Elías y a Rodrigo.

Tengo que alejarme lo suficiente para que la distancia física atenúe el golpe.

Era una mentira a medias. Sí, la distancia podría ayudar, pero la verdadera razón era que su corazón no podía soportar ver al hombre que amaba convertirse voluntariamente en un extraño.

Antes de que Clara pudiera protestar, una vibración profunda, familiar y triste resonó en el pecho de Serafina. No era Carlos. Eran los otros tres. La llamaban desde abajo. Desde el Santuario del Aether.

—Tengo que despedirme —dijo Serafina, tomando su capa oscura—. Ten las cosas listas para cuando regrese.

***

El descenso a la gruta subterránea nunca le había parecido tan largo, ni los pasillos de roca tan fríos.

Cuando la pared de piedra cubierta de musgo se apartó, Serafina entró en el santuario. La luz de las flores rúnicas estaba atenuada, reflejando el estado de ánimo de sus ocupantes.

Elías, Julio y Rodrigo estaban sentados alrededor del estanque termal, pero la atmósfera no tenía nada del calor embriagador de su último encuentro.

Estaban abatidos, magullados y agotados.

Rodrigo tenía el brazo en cabestrillo tras dislocarse el hombro salvando a Elías.

Julio respiraba con dificultad, sus costillas fuertemente vendadas.

Y en el rincón más alejado de la caverna, de espaldas a ellos, sentado sobre una roca volcánica, estaba Carlos.

Su torso desnudo era un mapa de terror. Las quemaduras del Fuego Primordial le surcaban los hombros y la espalda baja, piel enrojecida y agrietada que incluso su propia magia no había podido proteger del todo. Miraba fijamente una grieta en la piedra, encerrado en sí mismo.

Serafina se detuvo en el borde de la gruta. Su sola presencia hizo que Julio, Elías y Rodrigo levantaran la vista de inmediato. La Resonancia se agitó con alivio y dolor compartido. Pero Carlos no se giró. Sus hombros se tensaron, el muro mental dentro del vínculo engrosándose.

—No escucha a nadie, Serafina —dijo Julio, su voz profunda teñida de una frustración amarga—. Lleva aquí dos horas. Le dijimos que los jueces estaban corrompidos, que Vano quería matarnos hoy. Le dijimos que el plan de descalificarnos sigue siendo nuestra única salida.

—No hay salida —la voz de Carlos resonó en la gruta, rasposa y vacía.

Se puso de pie lentamente, pero siguió dándoles la espalda—.

Ustedes lo vieron hoy. El Soberano lo permitió.

Vano tiene el poder de desgarrar el abismo.

Si nosotros renunciamos, Vano tomará la corona sin oposición.

Nadie en las cuatro facciones podrá detenerlo una vez que tenga el poder de la Vanguardia.

—¡Nosotros podemos detenerlo! —estalló Rodrigo, poniéndose de pie de un salto, haciendo caso omiso de su brazo herido—. ¡Ese era el maldito plan! ¡Los cuatro, juntos, con Serafina como ancla! Lo destrozamos en la arena y nos largamos.

Carlos finalmente se giró. Su rostro estaba demacrado, sus ojos ámbar desprovistos de su antiguo fuego altivo, reemplazado por la fría ceniza del fatalismo.

—Y después de que lo hagamos, ¿qué? —preguntó Carlos—.

¿Creen que el Soberano simplemente nos dejará ir por la puerta grande?

¿Creen que los ejércitos de Terra o Ignis no nos cazarán por alta traición y herejía al revelar el Cuadrante?

Nos acorralarán. Los masacrarán. Y la matarán a ella.

—Carlos señaló a Serafina, su dedo temblando ligeramente—.

No dejaré que muera por un ideal romántico suicida.

—Así que vas a matarnos a todos lentamente —replicó Elías, su voz inusualmente afilada.

El erudito se acercó a Carlos, su calma habitual fracturada—.

Si ganas, Carlos, el Rito de la Severidad te vaciará.

Arrancar la Resonancia no es como cortar una cuerda; es como extirpar la mitad de tu cerebro.

Serás un cascarón vacío en ese trono. Un rey lobotomizado al que no le importará si vivimos o morimos.

—Sobrevivirán —insistió Carlos, cerrando los ojos con fuerza, como si las palabras de Elías le estuvieran taladrando el cráneo—. El vínculo se cortará. Les dolerá. Pero estarán vivos. Y Vano estará muerto. Yo cumpliré mi deber con el reino.

Serafina dio un paso adelante. La discusión cesó. Todos los ojos se volvieron hacia ella. Caminó hacia el centro de la gruta, parándose directamente frente a Carlos.

Él abrió los ojos, y por un segundo, el muro vaciló. Serafina pudo ver el terror agónico detrás de sus pupilas ámbar, el miedo inmenso de un hombre que creía que tenía que sacrificar su propia alma para salvar al universo entero.

—No te atrevas a hacer esto, Carlos —dijo Serafina. Su voz no era un grito, era un susurro gélido y letal—. No te atrevas a usarme como excusa para tu martirio.

Carlos apretó la mandíbula.

—Es mi deber, Serafina. Fui criado para esto...

—¡Falsedades! —Lo interrumpió ella, cortando sus excusas—. No es tu deber lo que te impulsa ahora. Es tu terror. Estás asustado. Hoy, en esa caída libre, te diste cuenta de que no tenías el control absoluto, y tu reacción es encerrarte y empujarnos a todos al vacío para cargar tú solo con el mundo.

—¡Es la única forma de que vivas! —rugió Carlos, el dolor finalmente rompiendo su voz.

La agarró por los hombros, sus dedos calientes sobre la capa de ella—.

¡Te vi ahogarte cuando yo me ahogaba en el laberinto!

¡Sentí tu costilla romperse hoy porque estaba unida a Julio!

¡Si fallamos mañana, si Vano rompe nuestro ataque combinado, todos moriremos!

¡No puedo soportar el pensamiento de que mi debilidad te cueste la vida!

Serafina no retrocedió. Puso sus manos sobre el pecho desnudo de él, justo sobre su corazón acelerado, ignorando el calor febril de su piel herida.

—¿Y crees que yo puedo soportar la idea de vivir en un mundo donde el hombre que amo me mira y no me reconoce?

—Las lágrimas, que había estado conteniendo durante horas, finalmente comenzaron a derramarse por las mejillas de Serafina—.

¿Crees que Julio, Elías y Rodrigo pueden vivir sabiendo que te destruiste para salvarlos?

El muro mental de Carlos crujió violentamente. La barrera de obsidiana en el vínculo comenzó a resquebrajarse.

Serafina empujó su propia presencia en esa grieta. No con fuerza o agresión, sino con la misma luz estabilizadora que había usado en el laberinto, pero esta vez teñida de todo el amor absoluto y desesperado que sentía por él.