Coronada por Cuatro Capítulo 6 Los Campos de Entrenamiento
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Capítulo 6 Los Campos de Entrenamiento

El dolor sordo en el flanco izquierdo de Serafina persistió durante toda la noche y se arrastró con ella hasta la mañana siguiente.

No era un dolor lacerante como el que había sentido en el balcón del coliseo, sino un latido bajo, un moretón invisible en el alma que latía cada vez que respiraba profundamente.

Frente al espejo de sus aposentos, Serafina se abrochó el cuello alto de su blusa blanca y se ajustó la levita azul de la Auditoría. Su rostro, pálido y con ojeras apenas disimuladas por un toque de polvo cosmético, no revelaba nada de la tormenta interna que la consumía.

*El Cuadrante del Aether*. Las palabras de Elías seguían persiguiéndola.

Había pasado la madrugada revisando viejos tomos y pergaminos digitalizados, buscando lagunas, excepciones, alguna forma de romper una Resonancia Etérea.

No había encontrado nada alentador. Los textos sugerían que, una vez que las firmas mágicas se entrelazaban a ese nivel fundamental, el vínculo solo se fortalecía con la proximidad, el peligro y las emociones extremas.

Y ella estaba atrapada en un castillo lleno de magia volátil, a punto de presidir un torneo diseñado explícitamente para poner a los competidores en peligro mortal.

Serafina se obligó a soltar el borde del lavabo, enderezando los hombros.

No podía permitirse el lujo del pánico. Era la Auditora Real.

Su deber era garantizar la equidad del torneo.

Si la Resonancia era real, su única opción era mantener una distancia férrea, reprimir cualquier reacción empática y asegurar que ninguno de los cuatro hombres sufriera un daño catastrófico.

Tarea fácil, pensó con amargura, considerando que Vano estaba suelto y Carlos parecía empeñado en inmolarse.

Salió de sus habitaciones y se dirigió a los Campos de Entrenamiento de La Aguja Celestial.

Los campos eran una vasta extensión de terreno dividido en cuadrantes, protegidos por gruesos escudos de energía translúcida para evitar que los hechizos descarriados destruyeran la arquitectura del castillo.

El ruido era abrumador. El choque de rocas, el siseo del vapor, las explosiones secas del fuego y el silbido cortante del viento creaban una cacofonía de guerra.

Serafina caminó por la pasarela elevada de observación, su mirada de aether escaneando las áreas.

Julio estaba en el sector este, levantando intrincadas fortalezas de tierra y luego colapsándolas sobre sí mismas para practicar el control de demolición.

Su magia vibraba con esa pesada y reconfortante estabilidad que ahora ella reconocía demasiado bien.

En el sector norte, Elías practicaba una danza letal y fluida con látigos de agua a presión que podían cortar acero puro, su mente enfocada en patrones geométricos perfectos.

Carlos no estaba a la vista; probablemente lo habían confinado a sus dependencias bajo vigilancia tras el incidente del coliseo.

Y luego, en el sector oeste, estaba Rodrigo.

Serafina se detuvo junto a la barandilla de piedra, observándolo. El sector asignado a la Facción Aeris era un campo abierto con postes de madera y maniquíes de paja, pero Rodrigo no estaba atacando ninguno de ellos.

El mercenario estaba parado en el centro del campo, con los ojos vendados por una tira de cuero gastado. A su alrededor, tres asistentes mecánicos (artefactos giranoides de entrenamiento) le disparaban ráfagas de proyectiles de piedra y flechas contundentes a intervalos aleatorios.

Rodrigo no bloqueaba. Ni siquiera levantaba escudos de viento. Simplemente... se movía.

Era un espectáculo hipnótico. Daba un paso hacia la izquierda milisegundos antes de que un proyectil le destrozara el hombro.

Se inclinaba hacia atrás, dejando que una flecha le rozara la nariz.

Pivotaba sobre un talón, girando con la gracia de un bailarín mientras el aire a su alrededor se combaba ligeramente, desviando sutilmente los ataques que no podía esquivar físicamente.

Su magia de Aeris no era destructiva y ostentosa como la de Carlos, ni arquitectónica como la de Julio.

Era reactiva. Era intuición pura, ligada a los sutiles cambios de presión en el ambiente.

Se movía como el humo, imposible de atrapar.

De repente, Rodrigo giró sobre sí mismo, desenvainó su espada corta en un borrón de acero y aire comprimido, y lanzó un tajo semicircular que no tocó nada físico. Sin embargo, una cuchilla de viento aullante salió disparada, cortando a los tres giranoides por la mitad simultáneamente.

Los artefactos cayeron al suelo con un ruido metálico. El campo quedó en silencio.

Rodrigo se quitó la venda de los ojos, pasándose una mano por el cabello castaño empapado de sudor. Miró hacia arriba, directamente a la pasarela de observación, y sus ojos se clavaron en Serafina con una precisión inquietante. Una sonrisa lenta y descarada se dibujó en su rostro.

Guardó la espada y trotó hacia las escaleras que subían a la pasarela, saltando los peldaños de dos en dos.

—Auditora —saludó Rodrigo cuando llegó a su altura, apoyando los codos en la barandilla junto a ella, sin respetar la distancia reglamentaria—. ¿Viene a tomar notas sobre mis técnicas evasivas o simplemente a disfrutar de la vista?

Olía a ozono, sudor limpio y cuero desgastado. Serafina dio un imperceptible paso lateral, recordando el vertiginoso tirón de aire que había sentido la noche de la gala cuando él la tocó.

—Vengo a inspeccionar la integridad de las barreras de contención, mercenario —respondió Serafina, manteniendo la vista fija en los campos inferiores—.

Su técnica evasiva es adecuada para un campo de batalla abierto, pero en los confines estrechos de los laberintos de las pruebas, no tendrá tanto espacio para bailar.

Debería practicar sus escudos de compresión.

Rodrigo soltó una carcajada genuina, inclinando la cabeza para mirarla de perfil.

—"Técnica evasiva adecuada". Eres implacable, Serafina.

¿Alguien te ha dicho alguna vez que tienes hielo en las venas?

—Se giró para apoyarse de espaldas a la barandilla, cruzando los brazos—.

Los escudos son para la gente que planea ser golpeada.

Yo no planeo ser golpeado. Especialmente no por ese psicópata del Abismo o por el fósforo andante de Ignis.

El tono casual de Rodrigo al hablar de Vano y Carlos la descolocó. Todos los demás en La Aguja Celestial andaban de puntillas, aterrorizados por las implicaciones políticas y la amenaza de guerra.

—Toma este torneo a la ligera, Rodrigo. Es un error peligroso —advirtió ella, mirándolo finalmente a los ojos—. Vano casi mata al Comandante Carlos ayer. Si la barrera no hubiera bajado...

—Pero bajó —la interrumpió él suavemente, perdiendo un poco de su sonrisa burlona—. Gracias a ti. Eres la comidilla de los barracones de guardia, ¿sabías? La Auditora que detuvo el fin del mundo con un botón dorado.

Serafina desvió la mirada. El fantasma del dolor en sus costillas palpitó en respuesta a la mención del incidente.

—Solo seguí el protocolo —murmuró ella.

—Claro. El protocolo dicta interponerse entre un monstruo y un loco suicida.

—Rodrigo se enderezó y dio un paso hacia ella, cerrando el espacio que Serafina había intentado mantener.

Bajó la voz, su tono volviéndose inusualmente serio—.

Observo las corrientes, Serafina. Es lo que hacemos los de Aeris.

Leemos los cambios de presión en el aire antes de que llegue la tormenta.

Ayer, en el coliseo, la presión alrededor de tu palco...

fue extraña. Te desplomaste mucho antes de presionar ese botón.

El corazón de Serafina dio un salto. *Él lo vio.* Rodrigo, que no usaba escudos porque prestaba una atención microscópica a su entorno, había notado su reacción física a la herida de Carlos.

—Fue un mareo inducido por la sobrecarga mágica del ambiente —repitió Serafina la misma excusa clínica que le había dado a su asistente, su voz tensa, casi defensiva—. Como he dicho, todo está bajo control.

Rodrigo entornó los ojos, la brisa a su alrededor agitándose, reflejando su incredulidad.

—Eres una mentirosa terrible para alguien que se gana la vida buscando la verdad. —Acercó una mano, como si fuera a rozarle el brazo de nuevo.

Serafina, instintivamente, retrocedió y se encogió ligeramente, protegiendo su flanco izquierdo, anticipando la oleada de vértigo y la posible punzada de dolor si la magia de él conectaba con la suya en este estado vulnerable.

Rodrigo detuvo su mano en el aire. Sus ojos bajaron al punto que ella estaba protegiendo, luego volvieron a su rostro. La comprensión, rápida y aguda, cruzó sus facciones.

—Estás herida —dijo él. No fue una pregunta.

—No lo estoy.

—Serafina... —El tono burlón había desaparecido por completo. Había una preocupación cruda y terrenal en su voz. Dio un paso más, la gravedad de su presencia repentinamente abrumadora. El aire alrededor de ellos pareció espesarse, el oxígeno volviéndose rico y denso.

La Resonancia comenzaba a despertar, zumbando bajo la piel de Serafina, respondiendo a la proximidad y a la preocupación enfocada de Rodrigo.

Su cabeza empezó a dar vueltas. Sentía la abrumadora necesidad de apoyarse en él, de dejar que ese viento la sostuviera, pero la aterrorizaba lo que pasaría si cedía a ese instinto.

—Aléjese, competidor —ordenó ella, su voz temblando por el esfuerzo de mantener sus barreras mentales—. Mantenga la distancia requerida.

Rodrigo apretó la mandíbula, dividido entre su instinto de ignorar la orden y la fría autoridad en los ojos de ella. Finalmente, bajó la mano y dio un paso atrás, la brisa a su alrededor volviéndose fría y cortante.

—Como ordene, Auditora —dijo, la formalidad sonando antinatural en sus labios.

El silencio tenso que siguió fue repentinamente destrozado por un estruendo ensordecedor que hizo temblar la pasarela de piedra bajo sus pies.

Serafina se giró bruscamente, agarrándose de la barandilla.

El ruido venía de los cuadrantes inferiores, donde los sectores de entrenamiento de Terra e Ignis convergían.

Un par de magos suplentes de nivel inferior estaban practicando, pero algo había salido catastróficamente mal.

Un hechizo de compresión de magma, inestable y sobrealimentado, había colisionado con un muro de contención de granito encantado en un ángulo equivocado.

Serafina vio la reacción en cadena con su visión de aether incluso antes de que sucediera en el plano físico. Las corrientes de energía chocaron, giraron sobre sí mismas y detonaron.

La explosión no fue de fuego, sino de pura fuerza cinética y metralla mágica.

El muro de contención, diseñado para absorber impactos, estalló hacia afuera bajo la presión de la magia inestable. En lugar de desintegrarse, la energía fusionó los fragmentos de granito y magma en un conglomerado incandescente, pesado como el hierro y caliente como el núcleo de un volcán.

Y uno de esos fragmentos masivos, del tamaño de un carruaje y envuelto en aether inestable, salió despedido fuera de los límites del campo de entrenamiento, atravesando la cúpula de seguridad debilitada como si fuera papel mojado.

Serafina levantó la vista.

El bloque incandescente se dirigía en una trayectoria parabólica perfecta. Directamente hacia la pasarela de observación superior. Directamente hacia ella.

El tiempo pareció ralentizarse, volviéndose espeso y cenagoso.

Serafina intentó invocar su magia de supresión, sacar su vara de platino, levantar un escudo nulo...

pero la escala del proyectil era abrumadora.

Su magia estaba diseñada para anular canales finos de aether, no para detener la masa física de un meteorito artificial a punto de aplastarla.

Escuchó a Rodrigo gritar su nombre. No "Auditora". Solo Serafina.

Sintió una ráfaga de viento huracanado a su lado mientras el mercenario se lanzaba hacia ella, sin intentar esquivar, sino intentando empujarla fuera del camino, interponiendo su propio cuerpo sin armadura entre ella y la destrucción inminente.

Pero el meteoro ya estaba sobre ellos, bloqueando el sol, irradiando un calor que amenazaba con incendiar el aire mismo que respiraban.

El impacto era inminente, y Serafina supo, con una claridad aterradora, que ninguno de los dos sería lo suficientemente rápido para sobrevivir a la colisión. ```eof

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