Chapter 39
KAIA
El tiempo no tiene sentido.
El tío—no, Antov—viene cada noche. Tal vez todos los días, no puedo seguir el ritmo. Viene y me grita.
Maldice todo lo que he hecho por la familia, los problemas que he causado y su asco porque haya elegido a los Gallagher antes que a mi propia sangre.
Sangre que sólo quería utilizarme para traer al mundo a un heredero porque eran demasiado codiciosos para casarse con otra familia.
¿Cómo pude ser leal a ellos alguna vez?
¿Cómo podía reírme y bromear en las cenas, organizar fiestas para celebrar acuerdos empresariales y esforzarme por ser la mejor falsificadora para que mi familia estuviera orgullosa de mí?
¿Cómo pude hacer todo eso y ser tan ciega a su verdadera naturaleza?
Ciega al hecho de que mi familia son unos monstruos y yo ayudé a que siguieran con la farsa porque lo ignoré.
Una parte de mí se pregunta si, en el fondo, lo sabía y elegí mirar hacia otro lado.
Lo cuestiono todo mientras estoy tumbada ahí, mientras Antov va tallando mi cuerpo con cuchillas y quema mi piel con cigarrillos y mecheros.
¿Eran mis padres igual?
¿Eran tan monstruosos o eran buenas personas?
¿El accidente que causó su muerte fue realmente un accidente?
¿Anya fue realmente mi amiga o la pusieron para vigilarme?
¿Mi hermano siempre me ha detestado, o sólo fue en los últimos años?
Las preguntas mantienen parte del dolor a raya.
No tanto cuando tengo una correa de cuero en la boca y Antov hace que sus hombres me hundan la cabeza hacia atrás en un cubo de agua helada hasta que estoy segura de que voy a ahogarme.
A pesar de todo, a pesar del ardor del dolor y la dureza del frío, del hedor a sangre y orina cuando me meo encima en esta maldita mesa, del tormento de cuchillas y herramientas desgarrando mi piel y el pestazo de las púas eléctricas contra mi cuerpo, aguanto.
Aguanto porque estoy embarazada y la muerte ya no me parece el final pacífico de mi vida.
Tengo dos opciones. Asegurarme de que la tortura vaya tan lejos que Antov me mate, de ese modo me salvo a mí y a mi bebé del tormento eterno.
O encontrar la forma de salir de aquí.
Salir de aquí parece imposible.
Me duele todo el cuerpo.
Cada latido palpita con el dolor que me rodea el cuerpo, he perdido toda sensibilidad en los dedos rotos y cada vez que logro tragar es como si la lengua se hubiera convertido en cristales rotos.
La única vez que provoqué a Antov por pasarse de la raya, me dijo que tenía médicos preparados para resucitarme o mantenerme con vida el tiempo suficiente para que el bebé creciera.
Ha pensado en todo.
Eso significa que yo tengo que pensar en algo mejor. Algo nuevo.
Es que... es tan difícil.
El agotamiento se me mete en los huesos. La debilidad pesa sobre mis miembros y, a medida que pasan los días, empiezo a perder el control de lo que me mantiene a salvo.
Despierta, sufro.
Dormida, quedo atrapada en pesadillas turbulentas donde Eva sufre el mismo dolor porque fallé en rescatarla.
Una noche, Antov entra en mi celda hecho una furia. Los Gallagher no están cayendo como los perritos obedientes que son, así que va a dejar que Flynn sepa exactamente el tipo de tesoro que llevo dentro.
No me da oportunidad de hablar porque está tan ocupado, con una mano agarrándome el cuello con fuerza y la otra gesticulando mientras despotrica, que termina asfixiándome y yo caigo en la dulce seguridad de la inconsciencia.
La suavidad me recibe al despertar.
Una almohada contra mi mejilla que desprende un aroma dulce y sutil a lavanda cuando inspiro.
¿Una almohada?
¿Ha sido todo un sueño?
Mis pensamientos avanzan pesados y me estremezco ligeramente, flexionando la mano derecha, pero los habituales bordes afilados de mis ataduras no me cortan la muñeca.
No hay nada, solo sábanas suaves bajo mi mano.
¿He vuelto a la cama?
¿Estaba atrapada en algún tipo de pesadilla?
Tal vez sí logré escapar aquella noche con Eva. Tal vez mi tortura no fue más que un delirio tras el disparo en la pierna.
Abro los ojos y el mundo se vuelve borroso.
Ya no hay correa de cuero sobre mi boca, ni ataduras en las muñecas o los tobillos, y solo siento suavidad bajo mí. Algo cruje a mi izquierda y flexiono la mano.
El dolor, afilado y punzante, me recorre el brazo y abro más los ojos de golpe.
Sigue doliendo.
Los dedos siguen rotos.
Me lleva unos largos segundos reconocer los pilares de la cama, las paredes florales y los muebles blancos mientras los contemplo, pero en cuanto lo hago, la realidad me golpea como un ladrillo en el pecho.
No me estoy despertando en la seguridad de la casa de Flynn.
Esto es la casa de Antov.
El dormitorio de Antov.
Se me revuelve el estómago cuando giro la cabeza y el crujido revela su origen.
Mi tío.
Está de espaldas a mí, de cara a la cómoda mientras se frota algún tipo de crema en las manos y no lleva nada más que una bata de seda que se pega a cada pliegue poco agraciado y ondulación de su espalda rolliza.
Aspira por la nariz y luego me mira en el reflejo del espejo, esbozando una sonrisa torcida cuando nuestras miradas se cruzan.
—Ya era puta hora —murmura—. Creía que iba a tener que hacerlo contigo inconsciente, que no me importaría. Así es menos coñazo, pero al menos de este modo no tengo que sujetar tu puta pierna gorda.
¿De qué demonios habla? Apoyando el codo derecho en la cama, me incorporo a pesar de las quejas dolorosas de mi cuerpo y por fin veo que sigo tan desnuda como estaba en aquella celda.
Tengo los muslos y el vientre cubiertos de moratones, más cortes de los que me atrevo a contar reparten mi cuerpo, y aunque todos arden y duelen con rabia, a simple vista parece que en cierto modo han sido tratados.
Todo excepto mi mano izquierda. La vislumbro y me obligo a apartar la mirada mientras los ángulos imposibles y dislocados de mis tres dedos rotos me revuelven el estómago, y estoy a punto de vomitar.
Más aún cuando Antov empieza a hablar de nuevo.
—He soñado con este día. Follarte hasta que nazca el próximo heredero Yudkin y luego dejarle todo, pasar mi jubilación sabiendo que la grandeza que he creado está bien cuidada por mi propia sangre.
Pero ahora... —Se vuelve hacia mí.— Ahora voy a follarte y será solo por placer porque llevas dentro al hijo de ese irlandés de mierda.
Mi mano se mueve instintivamente sobre mi vientre mientras mis pensamientos perezosos luchan por seguir el ritmo de lo que está diciendo.
—No importa. El placer es igual de válido, y quiero que ese cabrón sepa que te he follado cada día hasta que su bastardo llegue al mundo. Así que vuelve a tumbarte, joder.
No puedo.
Esto no está pasando.
En la celda, estaba atada y amordazada y no podía hacer nada más que sufrir. ¿Aquí? Tengo libertad para actuar.
Pero por alguna razón, mi cuerpo no obedece al pánico que me atraviesa el corazón a gritos.
Me duele cada articulación, hasta la suave tela bajo mí se engancha en las heridas abiertas y la cabeza me late como si me hubieran metido el cerebro en una batidora.
Mientras los bordes de mi visión se desdibujan, trago saliva con dificultad alrededor del corte doloroso en mi garganta y le suplico a mi cuerpo que se mueva.
No lo hace.
Permanezco sentada allí, como un bulto helado, incapaz de obedecer los gritos internos de pánico mientras Antov se acerca.
¡Muévete! ¡Haz algo! ¡Muévete! ¡No así, no dejes que acabe así!
El miedo me agarra en un férreo y constante abrazo, y me quedo paralizada.
Hasta que Antov me toca.
Sus dedos rozan mi hombro izquierdo y me aparto de un tirón. Me abofetea con fuerza, haciendo que me muerda la mejilla, y vuelve a tocarme pero le aparto la mano de un manotazo.
Me abofetea de nuevo y me agarra del hombro.
—No luches —me gruñe desde arriba—. No vas a ganar, jodida.
Nuestras miradas se cruzan y la desesperación me invade, pero justo cuando se inclina, acercando su rostro asquerosamente al mío, por fin algo se reconecta entre mi mente y mi cuerpo, y actúo.
De una patada, le atizo justo entre las piernas y retrocede con un jadeo dolorido y lleno de furia.
Me intento poner en pie a trompicones, pero en cuanto apoyo peso sobre mi pierna herida, el dolor me atraviesa la herida de bala y me desplomo al suelo.
—¡Zorra de mierda!
Antov se lanza sobre mí mientras intento incorporarme y lo único cerca es la lámpara de porcelana de la mesilla de noche.
La cojo con la mano buena, me giro y reviento la lámpara contra un lado de su cabeza, donde se hace añicos y cae al suelo, lanzando chispas y chisporroteos.
Antov se tambalea hacia un lado y ruge mientras la sangre le resbala por la cara y veo mi oportunidad.
¡Corre, Kaia! ¡Corre!
Consigo dar dos pasos antes de que Antov me estrelle contra la cómoda, dejándome sin aliento mientras usa su peso corporal para arrancarme de la cómoda y volver a arrojarme contra ella.
La cabeza me da un latigazo hacia delante y choca contra el espejo, que se agrieta con el golpe de mi cráneo.
—¡No necesito que estés consciente para follarte hasta sacarte el alma! —grita Antov.
Cuando me arrastra otra vez desde la cómoda, algo se engancha en mi palma y cierro los dedos instintivamente alrededor de ello.
Es una horquilla. Larga y fina, con las iniciales de mi tía grabadas en la base.
—Aspira más alto la próxima vez —resuena la voz de Flynn desde algún rincón de mi mente.
Antov me arrastra de vuelta hacia la cama y yo gimo para luego darme la vuelta entre gritos mientras la agonía me recorre el muslo.
Nuestras miradas se cruzan, levanto la horquilla entre el puño y luego la hundo en un arco descendente hacia la garganta de Antov.
La punta de la horquilla se clava más arriba en su cuello, tal y como Flynn me dijo que hiciera, y de la herida brota sangre a borbotones.
No paro.
La saco y la vuelvo a clavar en su cuello. Una. Y otra. Y otra vez.
Antov grita y gorgotea, tambaleándose hacia atrás sobre la cama, pero yo me muevo con él.
Mi mano se mueve adelante y atrás como un péndulo, tomando vida propia.
Caemos sobre la cama, rebotamos, y acabamos en el suelo conmigo encima, así que agarro la horquilla con ambas manos y sigo.
Una vez, otra, y otra vez hundo la horquilla en su garganta que gorgotea, gritando todo el tiempo.
Ya no siento el dolor, el agotamiento es cosa del pasado, solo me sostienen la rabia, el pánico y la desesperación, mientras la sangre caliente brota de su cuello desgarrado como una fuente.
Salpica mi piel desnuda, cubriéndome como un aspersor mientras inunda el suelo y empapa las sábanas.
—¡Te odio! —grito con voz ronca—. ¡Te odio, te odio, te odio, te odio!
Algo se rompe a lo lejos, y con cada golpe de mi brazo, el hombro me cruje una y otra vez.
Mis gritos y alaridos se mezclan con otra cosa, presumiblemente los propios gritos agónicos de Antov mientras me araña los brazos intentando apartarme.
Pero no puede.
Sus brazos caen sin fuerza a los lados, la mandíbula se le queda abierta y sus ojos me miran desde abajo, vacíos e inertes.
Le he matado.
Está muerto, pero no es suficiente.
No es suficiente para lo cruel que fue conmigo, por todas las cosas repugnantes que dijo que iba a hacerme.
Las lágrimas me corren por las mejillas, mezclándose con la sangre.
Entonces alguien me toca el hombro y una punzada de terror me atraviesa como un latigazo frío.
Me giro por instinto y clavo la horquilla en el hombro de quien haya llegado junto a mí. La fuerza de mi movimiento nos hace caer, obligándole a retroceder de rodillas.
—¡Ah!
Su grito me resulta familiar, me doy cuenta al caer, y de pronto unos brazos cálidos y fuertes me envuelven mientras unos ojos grises, dolorosamente familiares, flotan frente a los míos.
—¡Kaia! ¡Kaia, soy yo! ¡Soy Flynn! ¡Soy yo, estás bien. Estás bien!
—¿F-F-Flynn? —La horquilla sigue clavada en su hombro y sigue aferrada en mi puño derecho mientras nos miramos el uno al otro.
No aparta la mirada ni se sobresalta. Me abraza y un sollozo roto y débil escapa de mis labios.
—¡Flynn!
—Te tengo. Ahora estás a salvo. Estás a salvo.