Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 10. El silencio que salva #2
97%

Capítulo 10. El silencio que salva #2

En la cabaña, tirado en una cama con la cara empapada, yo había decidido no irme. Eso fue todo lo que decidí esa noche, y era una decisión de sobreviviente: no moverme, aguantar, seguir ahí.

Lo que decidí en ese sillón, semanas después y con ella encima, fue otra cosa y fue peor: decidí no hablar. Nunca. Que no habría un día, ni dentro de un año ni dentro de diez, en que yo me sentara frente a esta mujer a decirle lo que sabía.

Lo primero fue resistir. Lo segundo fue firmar.

Decidí que prefería tenerla así, a medias, compartida, antes que no tenerla; que mi lugar en el mundo era este: el de los brazos que abrazan a quien acaba de volver de otros brazos, y callan.

—Te quiero —me dijo al oído, y le tembló la voz, porque ella también sabía lo que estábamos firmando.

—Y yo —dije—. No sabes cuánto.

En ese abrazo a oscuras quedó sellado, sin una palabra, el pacto que regiría el resto: ella seguiría siendo libre, yo seguiría siendo ciego a voluntad, y los dos seguiríamos queriéndonos sobre esa mentira.

El silencio acababa de salvarnos: la había salvado a ella de confesar, me había salvado a mí de perderla, y había salvado lo que teníamos, frágil y podrido pero lo único que yo tenía.

◆ ◆ ◆

Porque eso es lo que nadie entiende cuando juzga al que calla: que el silencio no solo esconde una herida. También guarda un tesoro.

Las semanas siguientes fueron, contra toda lógica, de las más dulces que viví con Valeria.

Liberada del peso de fingir que no la sospechaba —porque aunque no habláramos, ella sintió que yo había dejado de buscar; las mujeres saben cuándo dejan de revisarles la ropa—, se volvió más tierna, más presente, casi agradecida.

Una tarde de lluvia bailamos en la cocina, descalzos, sin música, solo porque sí.

—No hay música —protesté, rígido.

—Hay lluvia. Es mejor. Cállate y baila, Gael.

Y bailé. Torpe, contando los tiempos en la cabeza como los contaba en la fiesta de Mauricio, pero bailé, con ella pegada a mí y el mundo reducido a eso: una muchacha rubia y un flaco meciéndose sin música mientras afuera diluviaba.

Se le quedó un mechón pegado a la frente.

Olía a jabón y a nada más. En algún momento se rio contra mi cuello por algo que no dijo.

No hubo pared, ni Bruno, ni brasa. Solo eso.

Eso era, justamente, lo que el silencio salvaba.

No salvaba una mentira: salvaba esto. Y si alguien me pregunta hoy, veinte años y tres mujeres después, por qué no me fui aquella vez, la respuesta honesta no es el miedo ni la brasa ni ninguna de las cosas complicadas que he escrito en estas páginas.

La respuesta es una cocina, una lluvia y una mujer diciendo «cállate y baila».

Otra tarde se detuvo frente a un edificio viejo con un letrero de «se renta» y se puso a planear, contra el vidrio polvoso, nuestra vida: el cuarto de mis libros, las plantas que ella pondría hasta volverlo una selva, un perro con un nombre ridículo.

Se llamaría Kant, decidió, «porque tú vas a querer ponerle así de todas formas y prefiero elegirlo yo».

Lo planeaba en serio, con los ojos brillantes, con un hambre de futuro que no parecía la de una mujer que de noche se iba con otro. Y yo la creía, y supe a la vez dos cosas insoportables: que ese futuro lo deseaba de verdad, y que ninguno de los dos creía del todo que fuera a llegar.

Estábamos planeando una casa sobre una falla. Pero qué hermosa era la casa.

Y ella, a su manera, también pagaba su parte.

Una tarde Bruno propuso por el chat otra salida y ella contestó, por primera vez, que no, que tenía cosas; y lo hizo mirándome de reojo, como quien hace una ofrenda discreta que no quiere que se le agradezca en voz alta.

Yo tampoco se la agradecí. Los dos entendimos que agradecerla habría sido nombrarla.

No era una santa arrepentida; yo no me engañaba, no después de la pared. Pero tampoco era la mujer frívola y cruel que habría sido más fácil odiar. Era alguien que también había mirado el abismo de perderme y que, a su modo torcido, estaba eligiendo quedarse y cuidar lo poco bueno que nos quedaba.

Era un amor enfermo. Pero era de los dos.

◆ ◆ ◆

Y sin embargo —tengo que llegar hasta el fondo— hubo algo más que descubrí en esas semanas dulces y que no le he confesado a nadie.

Que el silencio, además de dolerme, había empezado a darme una paz más turbia.

Que cuando ella salía de noche y yo me quedaba en casa, ya no era solo la tortura del vacío de aquella vez.

No había pasta enfriándose ni vela ni mensajes borrados ni doce minutos con el motor encendido.

Era el vacío, sí, pero abajo, en el sótano, había también una expectación tibia, una espera que no era solo angustia.

Excitación.

Y por primera vez no la aplasté con asco apenas la sentí. La dejé ahí. La miré de reojo, con miedo, como se mira a un animal que uno creía fiero y descubre dormido a los pies de su cama.

Esa misma noche, cuando ella volvió, no fingí dormir.

La esperé despierto, a oscuras, y cuando se metió en la cama la atraje hacia mí sin una palabra. No le reproché la hora. No olfateé buscando pruebas que ya no necesitaba; el olor de madera quemada estaba ahí, como siempre, y por primera vez no le hice ninguna pregunta ni me la hice yo.

La recibí con el cuerpo que volvía de donde volvía.

No encendí la luz. No hizo falta. Su piel entró en la cama con el frío de la calle y el calor de la noche, y sentí el roce de su vestido contra mis piernas desnudas —el mismo vestido que se había puesto horas antes, la tela arrugada, el dobladillo subido— y el olor que ella traía, ese olor que ya no necesitaba descifrar: madera, resina, el humo de una chimenea que no estaba en esta casa, el rastro del jabón de otro baño y, debajo de todo, el peso de un cuerpo que había estado en otro lugar.

En el pasado, ese olor me habría hecho girar la espalda, contener la respiración, apretar la mandíbula.

Esta noche, cuando el aroma entró en mi nariz, lo dejé pasar sin detenerlo, como se deja pasar el aire de una ventana que se abre y se cierra.

Ella se movió hacia mí con la timidez de quien no sabe si va a encontrar una pared.

Pero yo no era una pared. Mis manos subieron por su espalda, encontraron el cierre de su vestido y lo abrieron con una lentitud que no pedía prisa, que no pedía nada.

La tela cayó sobre sus hombros y ella se deslizó contra mí, su pecho contra el mío, su respiración todavía alta de subir las escaleras, y yo la sostuve como se sostiene lo que se sabe frágil, con una presión que no era posesión sino acogimiento.

Sus dedos encontraron mi nuca, como siempre, y yo sentí el roce de sus uñas —las mismas que habían estado clavadas en otra espalda horas antes— y no aparté la cara.

Dejé que me tocaran, que trazaran esa línea que yo ya había imaginado, y en el lugar donde la yema de su pulgar se posó en mi cuello, sentí el calor que había llegado de lejos, el calor de una habitación que no era esta, y no lo aparté. Lo recibí. Lo dejé quedarse.

Mi mano derecha viajó por su cadera, encontró el borde de su ropa interior y la deslizó hacia abajo sin prisa, como quien retira una sábana de una cama que ya no quiere hacer.

Su piel estaba caliente, húmeda, abierta, y yo entré en ella con una lentitud que no era de quien reclama ni de quien comprueba, sino de quien ya no necesita saber.

Cada centímetro de su interior era familiar, conocido, pero ahora tenía para mí un peso distinto: el de saber que esa humedad no era solo mía, que ese calor había sido compartido, y que yo, al recibirlo, no lo estaba robando sino aceptándolo como venía.

Ella se movió sobre mí sin dirigir el ritmo, sin apurar ni frenar, y yo la seguí con una entrega que no había conocido antes en esta cama.

No le puse mis manos encima para reclamarla.

No la apreté para borrar. No clavé mis dedos en sus caderas para marcar territorio.

Simplemente la sostuve, con mis palmas en su espalda y mi boca en su hombro, sintiendo su respiración contra mi cuello y el olor a madera que se mezclaba con su perfume, con el sudor de la noche, con el rastro de lo que había sido.

Y mientras ella se movía, mientras su interior se abría y se cerraba alrededor de mí con ese ritmo que yo conocía, mi cabeza se mantuvo quieta por primera vez.

No hubo imágenes. No hubo cuartos contados.

No hubo paredes. Solo su peso contra mi pecho, el latido de su corazón que se aceleraba, y el sonido de su respiración que se iba rompiendo en jadeos cortos, húmedos, que yo no intenté interpretar.

Sentí su mano en mi nuca apretarse un poco más cuando su cuerpo empezó a tensarse, cuando su cadera se movió con más urgencia y su boca se abrió contra mi hombro en un gemido que no era para nadie más que para la oscuridad.

Y yo, en el momento exacto en que ella se rompía contra mí, en que su calor me envolvía y su respiración se cortaba, me dejé ir con ella sin pensar, sintiendo cómo el orgasmo se desplegaba desde algún lugar que ya no preguntaba de dónde venía, cómo el placer llegaba como una ola que no necesitaba explicación.

Y cuando ella se quedó quieta sobre mí, con el peso de su cuerpo rendido y su respiración buscando el ritmo de nuevo, no quise que se apartara.

La sostuve, con las manos en su espalda y la cara enterrada en su pelo, y el olor a madera quemada entró en mi nariz por última vez, no como un golpe sino como una presencia, un testigo que ya no necesitaba huir.

Después, en la oscuridad que seguía a la quietud, ella apoyó la mejilla en mi pecho y sus dedos trazaron un círculo en mi esternón, un gesto ausente que no pedía respuesta.

No dijo nada. Yo tampoco. El silencio era el único idioma que los dos hablábamos ahora, el espacio donde la noche se acomodaba sin preguntas y sin perdones.