CAPÍTULO OCHENTA Y SIETE
—Prepárate, zorra —dijo mientras volvía a mirarme, con la nariz a la altura de mi frente.
Gracias. La ventaja volvía a estar de mi parte. Reuní toda la fuerza que pude y le estampé la frente en plena cara, aplastándole la nariz.
Se apartó de un tirón entre gritos. —Maldita perra.
Aún no había salido del apuro. Todavía estaba tumbado encima de mí, pero me había soltado los brazos. Metí la mano entre los dos y tanteé. Nada. Volví a intentarlo. Esta vez agarré un buen puñado de escroto. Mi mano se cerró como unas tenazas y apretó con todas mis fuerzas.
Stevie rugió de dolor e hizo todo lo posible por alejarse de mí. No lo solté. Mantuve la presa como si me fuera la vida en ello. Cuando él rodó hacia un lado, yo rodé sobre él y después fuera de la cama. Alargué el brazo libre hacia mi arma, pero estaba demasiado lejos. Tuve que soltarlo.
En cuestión de segundos, había desenfundado y le apuntaba a Stevie, que seguía retorciéndose de dolor en la cama.
Eché el brazo hacia atrás y abrí las cortinas de un tirón para que entrara la luz de la luna.
Stevie se incorporó en ese momento. No entendí ni una palabra de lo que dijo, pero se había recuperado.
—¡No lo hagas! —grité.
Sus ojos permanecieron clavados en mí mientras resoplaba por la nariz como un toro enfurecido.
—Stevie... —advertí.
No me hizo caso. Saltó de la cama y se abalanzó hacia mí con los brazos extendidos. En la academia nos enseñaron a «disparar para detener» y a apuntar «al centro de masa». Levanté el arma. Esta vez no.
La bala alcanzó a Stevie en la cabeza y lo tiró de espaldas sobre la cama. Pensé en meterle dos balas más mientras me acercaba al escritorio para encender la lámpara. Pero el daño que le había causado era más que evidente. Tenía un pequeño cráter entre los ojos.
Llamé al 911. Pasaron unos minutos hasta que llegaron las unidades. Les dije que aseguraran la zona; que ya volvería. Necesitaba alejarme de aquella habitación, aunque solo fuera unos minutos.
Mi nueva habitación para esa noche estaba un par de pisos más abajo, en el otro extremo del edificio.
Tenía vistas al río. Me senté en la cama un rato, dándole vueltas a mi situación.
Había estado a punto de que me violaran y, muy probablemente, de que me mataran.
Pensé en Po Po y en los niños. ¿Cuál era el plan de contingencia si me pasaba algo?
No lo sabía. ¿Qué clase de madre terrible no tiene eso pensado? Yo. Esa era yo.
Mi ego tenía que entender que esto ya no iba solo de Abby Kane.
Era madre de dos niños pequeños y cuidadora de una anciana que, en realidad, era quien más cuidaba de todos en casa.
Mi vida no podía girar solo en torno a combatir el crimen.
También iba de ellos. Anoté un recordatorio para aumentar mi seguro de vida cuando volviera a San Francisco.
Lo otro que me carcomía era una sensación de soledad. Con mi compañero muerto, sentía que no tenía a nadie cubriéndome las espaldas. Los únicos detectives en los que confiaba estaban muertos. No tenía apoyo. Ni siquiera mi supervisor en San Francisco sabía lo que estaba pasando.
Una parte de mí decía: «Vete a casa. Lárgate de ahí». La otra decía: «Atrapa a esos cabrones». Sabía que había agotado mi bienvenida. Pero me daba igual.
Stevie Roscoe había sido enviado a matarme esa noche. El muy cabrón pensó que podía divertirse un poco antes. Ahora estaba muerto, y sus huevos eran papilla.
Cuando volví a la escena del crimen, los de la Científica acababan de llegar. Iba medio paso por detrás de ellos mientras recorríamos el pasillo. Algunos huéspedes curiosos se asomaban desde sus habitaciones, intrigados por lo que había pasado.
Al entrar, vi a dos tipos trajeados cuchicheando en la esquina del fondo, cerca del cuerpo. ¿Detectives? No me sonaban de nada. No te fíes de nadie, Abby.