CAPÍTULO OCHENTA Y CINCO
White aceptó a regañadientes reunirse conmigo en el salón de mi hotel.
—¿Podrías explicarte mejor? —preguntó White, con la bebida ya en la mano. Lo observé dejarse caer en el enorme sillón y soltar un largo suspiro. La comisaría estaba a diez minutos a pie, pero White actuaba como si hubiera escalado el Monte Hood para reunirse conmigo.
Ignoré sus payasadas y retomé la conversación donde la había dejado.
—Briggs tenía que conocer a los Carter. Era la única forma de garantizar que el encubrimiento de Garrison funcionara. No tiene sentido presionar a todos para que sigan tu plan si este no va a funcionar.
—Un momento, un momento. ¿Estás diciendo que Leon Briggs, el alcalde de Detroit, era amigo de un par de asesinos en serie?
—Baja las manos y deja el dramatismo —le dije—. Sabes perfectamente lo que estoy diciendo.
La expresión impasible de White no cambió. Había sido demasiado directa, pero estaba cansada de andar con rodeos. Él necesitaba dejar de obstaculizar la investigación y ponerse de nuestro lado.
—Tiene sentido —dije, levantando mi vaso hacia él—. Sabes que lo tiene.
White permaneció en silencio. Parecía atónito. Por lo visto, había dado en el clavo.
—¿Lo sabías? —pregunté.
White se lamió los labios.
—¿De verdad crees que Briggs andaría de colegas con un par de psicópatas asesinos?
No me molesté en responderle. No sentía la necesidad de repetirme.
White se frotó las manos. Su rostro se tensó.
—Déjame contarte algo sobre nuestro alcalde. Tiene esta ciudad en un puño como nadie.
—¿Qué quieres decir? ¿Le dice a todos qué hacer?
—Más o menos. Ya sé cuál va a ser tu siguiente pregunta, así que me adelanto. Los pocos que lo desafiaron... —White negó con la cabeza—, simplemente desaparecieron. Nadie los ha vuelto a ver.
—Así que si no estás con el alcalde, estás en su contra.
White asintió.
—Todos aprendimos a no hacer preguntas. La gente aceptó su situación, y cuando les pedían algo, lo hacían.
Después de que encerraran a Garrison, los asesinatos cesaron.
Las dudas que pudiéramos tener se esfumaron.
Los que podrían haber sabido algo, el equipo de vigilancia, están muertos.
Las respuestas que tuvieran a tus preguntas se las llevaron a la tumba.
—Acabas de admitir que Garrison fue incriminado.
White sonrió y apuró su bebida.
—Entonces también es posible que el equipo de vigilancia supiera más de lo que os hicieron creer a ti y a los demás, ¿no?
White asintió mientras masticaba un cubito de hielo.
—Bueno, eso explica por qué no sabías nada de la propiedad del norte.
—Exacto. Ni siquiera sabíamos los nombres de los rehenes. Así de hermético era todo.
Ambos nos quedamos en silencio, hundidos en nuestros sillones, reflexionando sobre lo que acabábamos de hablar.
Acusar al alcalde de tener a los Carter en nómina era una locura.
¿Quién diablos nos iba a creer? Pero tenía sentido.
Tenía que haber alguna relación o conexión con ellos.
Que los Carter hubieran detenido todos los asesinatos públicos durante cinco años mientras trataban de incriminar a Garrison era demasiado perfecto. Y entonces caí en la cuenta.
—Eso es. —Me senté erguida.
—¿Qué? —preguntó White.
—Si el equipo de vigilancia descubrió la verdad sobre los rehenes supervivientes, los Carter, Briggs podría haber llegado a un acuerdo con ellos.
Los que trabajamos en las fuerzas del orden hacemos tratos con criminales constantemente a cambio de testimonio.
Se llama Programa de Protección de Testigos. Y todos pasan a la clandestinidad.
—¿Estás diciendo que los puso en el programa?
—Sé que es un hombre poderoso, pero no tanto. El alcalde los metió en su propio programa de protección personal, uno que les permitía seguir matando, con condiciones, por supuesto.
White levantó la mano y fue contando con los dedos.
—Nada de asesinatos públicos. Centrarse en indigentes. Enterrar los cuerpos. Me parece un trato estupendo. Pero ¿qué saca Briggs a cambio?
—Sus servicios —dije.