CAPÍTULO SETENTA Y NUEVE
Mi teléfono vibró contra mi pierna y di un respingo. Metí la mano en el bolsillo del vaquero y saqué el móvil. Madero estaba vivo. Contesté enseguida. «Estoy bien. En la casa. ¿Tú? ¿Solis?».
Madero respondió un segundo después. «Estoy bien. Entre el Rover y la casa. Solis desaparecido».
«Hay una puerta en la parte trasera de la casa. Estoy en lo alto de las escaleras», escribí.
Madero respondió: «Voy a entrar».
Segundos después, oí la puerta abrirse y cerrarse.
—Madero —susurré.
—Estoy dentro —dijo. Vi a Madero asomar al pie de las escaleras.
—Katherine estaba delante de la puerta. Creo que le di.
Madero miró todos los agujeros de bala.
—Joder.
Siguió avanzando hasta pegar la espalda a la pared, junto a las bisagras de la puerta principal. Me moví para que pudiera verme en las escaleras. Asintió y le hice un gesto para que abriera la puerta. Apunté el cañón del arma al frente.
Madero alargó el brazo hasta el otro lado de la puerta, metió los dedos en un agujero de bala y tiró. La puerta se abrió de golpe mientras él se apartaba y levantaba el arma por si algún demente entraba corriendo. Nadie lo hizo.
Katherine yacía acurrucada en el porche. Madero avanzó hacia la entrada.
—¿Está muerta? —pregunté.
Madero se inclinó para mirar más de cerca. Disparó una vez.
—Si no lo estaba, ahora sí —dijo, volviéndose con una mirada rencorosa.
No podía creer lo que acababa de presenciar. «¿Madero acaba de asesinar a Katherine, o ya estaba muerta?» . ¿Acaso me importaba?
Madero siguió mirándome, esperando una respuesta a lo que acababa de hacer. Pero lo que vino a continuación no lo vio venir ninguno de los dos.
Un brazo rodeó el cuello de Madero y lo atravesó de lado a lado. La sangre manó por el cuello de Madero antes de que él se llevara la mano derecha a la herida.
¿Qué estaba pasando? Le había disparado. Yo misma lo vi.
Madero cayó de rodillas sin apartar la mirada de la mía mientras boqueaba en busca de aire. Sacudí la cabeza. No podía ser. ¡No!
Detrás de Madero, sonriendo de oreja a oreja, había un hombre ensangrentado con la melena revuelta pegada a los lados de la cara. Conocía ese pelo, no había duda: Preston Carter estaba vivo.
Más rápido de lo que jamás hubiera imaginado, se lanzó desde la puerta hasta el pie de las escaleras y las subió de dos en dos.
Levanté el arma.
Preston se acercaba a mí: solo cuatro escalones de distancia.
Su brazo se alzó en un arco. El bisturí aún aferrado con fuerza.
Mi arma aún no había completado su trayectoria ascendente.
Estaba demasiado cerca.
Necesitaba más espacio y me pegué aún más contra la puerta. Tenía tiempo para un solo disparo. «Que cuente, Abby» .