Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
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CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

Solis nos llamó por radio alrededor de la medianoche. Wilkinson y yo estábamos aparcados cinco casas más abajo de la residencia de Becker. Solis y Madero estaban en el extremo opuesto de la calle, a dos casas de distancia, así que todavía podían ver su puerta principal.

—Nuestro hombre está en movimiento —dijo—. Va en un Ford Explorer negro y debería pasar por delante de vosotros en cualquier momento.

—Entendido. Quedaos atrás y dejadnos seguirlo a nosotros —respondí.

Wilkinson esperó a que el Explorer doblara la esquina antes de incorporarse a la carretera, temiendo que Becker pudiera reconocer el Yellow Jacket. No era el mejor vehículo para una vigilancia. Solis y Madero nos seguían.

Había poco tráfico en la autopista, así que mantuvimos la distancia, quizás unos cien metros por detrás. No nos preocupaba perder a Becker. Conocíamos su destino. Treinta minutos después, cruzamos el puente MacArthur.

Belle Isle era una isla convertida en parque de casi cuatrocientas hectáreas en medio del río Detroit.

Durante el día, la gente iba de picnic y a nadar, visitaba el zoológico y los jardines botánicos, y simplemente disfrutaba del aire libre.

Sin embargo, por la noche, la acción se trasladaba al interior de los coches.

Mantuvimos la distancia con Becker, mezclándonos con los demás visitantes nocturnos que recorrían la zona. Había muchos jóvenes dentro y fuera de sus coches, en su mayoría estudiantes universitarios, por lo que parecía. Más adelante, sin embargo, pude ver que la zona quedaba desierta.

Becker conducía a paso de desfile. No estaba segura de qué buscaba; las mujeres no parecían interesarle. Quizás le gustaban los hombres jóvenes.

—Podría ser buena idea seguirlo a pie —dije—. La multitud se está dispersando y podría vernos.

—Buena idea.

Aparcamos donde terminaba la multitud. Llamé por radio a Solis y Madero para avisarles de que seguíamos a pie y les dije que esperaran un poco.

Avancé rápidamente entre los árboles. No me molesté en mirar atrás; podía oír los pasos de Wilkinson detrás de mí.

Había pocas posibilidades de que Becker pudiera vernos donde estábamos.

Por desgracia, la oscuridad le daba a Becker la misma ventaja.

Había aparcado bajo un árbol grande, lo que hacía casi imposible ver el interior de su vehículo.

Y las nubes dispersas, que impedían que la mayor parte de la luz de la luna llegara al suelo, tampoco ayudaban.

Nos acercamos todo lo que pudimos, quizás a unos cincuenta metros, y observamos. Pasaron quince minutos hasta que un todoterreno que avanzaba despacio se detuvo en la plaza contigua a la de Becker. Un hombre bajó y subió rápidamente al asiento del copiloto del Explorer.

—¿Pudiste verlo bien? —preguntó Wilkinson.

—No muy bien, pero tengo una idea bastante clara de lo que está a punto de pasar —miré a mi alrededor en busca de un punto de observación más cercano. La seguridad de Becker me preocupaba más que sus escapadas sexuales. Por lo que sabíamos, aquel desconocido podría ser el asesino.

—No me siento cómoda aquí atrás. Voy a acercarme a ese arbusto pequeño que hay cerca del coche.

—Está a la vista. Te verán.

Ventaja número 23 de alguien con mi estatura: puedo agacharme de noche y parecer un arbusto. —No te preocupes, me mimetizaré. Si aun así no puedo ver qué pasa, te llamaré por radio y le aguaremos la fiesta a Becker —avisé a Solis y Madero del plan.

—Estaré aquí mismo —dijo Wilkinson.

Rodeé algunos árboles y un par de arbustos altos. Perdí de vista el coche durante unos segundos, pero enseguida recuperé la visual. Me agaché, esperé un instante y luego corrí hacia el arbusto pequeño cerca del coche. Ahora era una con el arbusto.

Desde mi posición baja, mirando hacia el interior del vehículo, tenía una vista despejada. Un resplandor tenue, probablemente de la pantalla del salpicadero, los iluminaba lo suficiente para saber qué estaban haciendo. Estaban dale que te pego con el morreo.

Wilkinson se quedó quieto y observó el coche.

Había perdido de vista a Abby hasta que reapareció, corriendo hacia el arbusto.

Efectivamente, se mimetizaba. Por lo que podía ver, parecía tener línea de visión hacia el vehículo.

El agente levantó la radio, listo para pedirle novedades, cuando una rama crujió detrás de él.

Se giró y llevó la mano al arma al mismo tiempo. Fue entonces cuando la vio.

—Agente Wilkinson, soy yo, Katherine Carter.

Katherine , pensó Wilkinson. ¿Qué hace aquí? Se relajó un poco y apartó la mano del arma. —Señora Carter, ¿qué hace aquí? —la situación era confusa, pero ella parecía tener frío o estar asustada, a juzgar por cómo se abrazaba a sí misma.

—Me alegro tanto de haberlo encontrado —dijo, acercándose a él mientras dejaba caer los brazos a los costados. Antes de que pudiera responder, ella lanzó el brazo derecho hacia arriba y se lo pasó por el cuello.

Wilkinson tardó un momento en comprender lo que había pasado. Se llevó la mano al cuello y sintió el líquido caliente que brotaba de él. ¡No! No puede ser. ¡Tú no!

Katherine retrocedió, fuera de su alcance. La luz moteada de la luna le cruzó el rostro y reveló una sonrisa. Él intentó hablar, pero solo le salió un gorgoteo. Wilkinson sabía que tenía que actuar rápido si quería tener alguna posibilidad de sobrevivir.