CAPÍTULO CATORCE
Dennis Walters había desarrollado una rutina de la que rara vez se apartaba.
Todos los días salía de su oficina a las cinco de la tarde.
Su asistente administrativa había aprendido a no programarle nada que pudiera retenerlo.
De joven ejecutivo, había trabajado sin descanso, pero ahora que se acercaba a la jubilación, ya no sentía la necesidad de ser el primero en llegar y el último en irse. Ya se lo había ganado.
Dennis había sido un apasionado de los coches toda su vida. Desde los veintidós años, había ido escalando posiciones en GM hasta llegar a director financiero. Nada mal para un chaval de campo de Kentucky.
Cuando Dennis Walters se acercó a la entrada de su casa, vio que la verja estaba abierta.
Acordarme de llamar al de mantenimiento .
Aparcó detrás de un SUV plateado y supuso que Irene tendría visita, seguramente alguna de las señoras de la Junior League.
Se había metido con ellas hacía diez años y desde entonces le encantaba colaborar.
Oyó música nada más cruzar la puerta principal. Le sonaba familiar, pero no conseguía recordar el nombre de la cantante. Aun así, le puso de muy buen humor. Se dirigió hacia donde tenían el equipo de música.
—Irene, ya estoy en casa.
Pero la sala estaba vacía. Dennis ladeó la cabeza mientras recorría la habitación con la mirada. Qué raro . No era propio de su mujer dejar la música puesta.
—¿Irene?
Lo intentó una vez más, pero no hubo respuesta.
Dejó el maletín junto a una mesita auxiliar, donde reparó en la carátula de un CD: Etta James.
Esa es . Se quedó escuchando un momento.
Marcó el ritmo con el pie y movió la cabeza al compás antes de dirigirse a la cocina.
Allí fue donde se topó con Preston Carter, sirviéndose un vaso de zumo de naranja.
—Ah, hola. No sabía que hubiera nadie —dijo Dennis.
Estaba un poco desconcertado. Se había quedado con la boca medio abierta mientras miraba a su alrededor.
—¿Es usted amigo de Irene?
—Así es. Usted debe de ser Dennis —dijo Preston mientras le tendía la mano por encima de la isla de granito que los separaba—. Soy Preston Carter.
El rostro de Dennis se relajó un poco mientras daba unos pasos hacia delante y estrechaba la mano del sonriente desconocido.
—¿Tiene idea de dónde puede estar mi mujer?
—Ha salido al garaje un momento —dijo Preston con amabilidad.
Se rio entre dientes.
—Debe de resultar extraño llegar a casa y encontrarse a un desconocido sirviéndose su zumo de naranja.
Dennis juntó las manos y esbozó una sonrisa.
—No me había pasado nunca, la verdad. ¿Es usted de la Junior League?
—He oído hablar mucho de ellas —dijo Preston mientras alargaba la mano hacia el colgador de cobre que tenían encima y descolgaba una sartén grande de hierro fundido—.
Pero no, no estoy con ellas. Estoy con otra organización en la que su esposa se metió hace poco.
Se llama la Liga de Vengo-a-Matarte-Hijo-de-Puta.