El corazón que no se rinde
El lunes por la tarde tenía una hora libre, así que fui al hospital para hacerme unas pruebas más.
Cuántas más pruebas tenía que hacerme, más cansada me sentía mentalmente por tener que ir al hospital.
Cuando volví al colegio para almorzar, pasé por una librería porque el dueño me había dicho que hoy recibirán un nuevo envío.
Al entrar a la tienda, vi que tenía paredes de ladrillo por todas partes y una gran variedad de libros.
Era una tienda pequeña con lámparas colgando del techo, cinco géneros diferentes para elegir y un área de lectura justo en el centro al entrar.
La librería olía a vainilla y coco por una vela grande que tenía al entrar por el área de la cajera.
Busqué el estante de religión y compré una pequeña Biblia para Jordan, para que pudiera usarla y empezar a leer.
Regresé a la escuela a tiempo y fui directo a la cafetería a buscar a Jordan para cumplir con el trato que habíamos hecho.
La cafetería estaba llena de estudiantes, e intenté encontrarlo, pero no lo veía.
Salí a ver si estaba evitando la multitud y lo vi debajo de un árbol cerca de las bancas del campo de fútbol.
—Hola, desconocido—, le dije, sacando la pequeña Biblia que había comprado y dándosela. —Compré esto de camino aquí, ya que no tenías una, así que ahora puedes leerla en tu casa—.
Mientras le mostraba la Biblia, noté que algunas chicas nos miraban fijamente y nos juzgaban a los dos.
Luego, otro grupo hizo lo mismo. Jordan y yo nos conocíamos de los muchos años que estuvimos juntos en la misma clase, pero en realidad nunca habíamos salido juntos ni habíamos pasado tiempo fuera del salón de clases.
Quizás era raro para algunas personas vernos y tal vez pensar algo que no estaba pasando.
—¿Tengo que leer todos los libros que hay aquí o empezamos por una parte específica?—, me preguntó mientras hojeaba las páginas.
—No—, respondí, —empezaremos con los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento. Estos explican la vida de Jesús cuando caminó sobre la tierra y comenzó su ministerio. Si quieres, cada libro tiene un resumen de lo que trata, así que adelante, lee el resumen de Mateo—.
Tomó la Biblia de mis manos y comenzó a leer.
Mientras esperaba a que terminara, cerré los ojos, recosté la cabeza contra el árbol y sentí el viento acariciarme el cabello.
Abrí los ojos para apreciar la creación de Dios.
Vi a los jugadores de fútbol riendo entre ellos y unas chicas intentando coquetear con ellos.
Admiraba la vida social de lo que es ser un estudiante normal de la escuela superior.
—Oye, cambiando totalmente de tema, ¿qué piensas de Emily? —, dijo Jordan, mientras se volvía hacia mí y colocaba un marcador donde había dejado de leer.
Emily Brown. La chica más popular de nuestra clase, la que pronuncia el discurso de graduación y una de las personas más amables que jamás hayas conocido.
Aunque es demasiado buena para lo que le corresponde, le gusta salir con chicos como Jordan porque le gustan “los retos”. Lo cual, para mí, no tiene sentido.
—Creo que es una chica muy linda y tú eres muy de su tipo. ¿Vas a invitarla a
salir? —, le pregunté, porque tenía la sensación de que no sabía adónde llevarla, así que pensé en ayudarlo. Me dijo que no lo sabía, y le sugerí que la llevara al cine y luego a cenar. Sé que a las chicas como Emily les gusta salir con personas que les impresionan.
—Ofelia, no es por meterme en los asuntos de nadie, pero necesito saber—, dijo Jordan girándose hacia mí, —¿adónde vas durante tu hora libre que siempre regresas tarde a la escuela?
Todos los demás se quedan en la escuela o van a algún lugar cercano a comer.
Pero tú te tomas casi toda tu hora libre y el almuerzo para regresar—.
Nadie en la escuela sabe de mi condición, excepto el señor Richard y el director.
El profesor de educación física lo sabía porque no podía hacer ninguna actividad física.
Cuando me dio la enfermedad por primera vez, le rogué a mi mamá que le escribiera una carta a mi maestra y al director diciendo que no quería que nadie lo supiera porque me daba vergüenza.
Así que ahora necesito inventarme una excusa para que él me crea y no sospeche.
—¿Quería faltar a la escuela? — Por favor, créetelo. Por favor, créetelo.
—Vaya, Jackson, creo que me estoy convirtiendo en una mala influencia para ti—, dijo, y entonces sonó el timbre. Se levantó y se dirigió a la siguiente clase. Gracias a Dios que no es tan inteligente como finge ser.
Después del almuerzo, iba camino a mi siguiente clase cuando, de repente, me empezó a doler mucho el pecho. Seguí mi instinto y entré al baño de chicas. No había nadie allí, así que me senté en el piso y llamé a mi papá para que viniera a recogerme.
—Papá, me duele el pecho. ¿Puedes venir a recogerme? —.
Entonces oí que alguien entraba al baño y vi a Carolina. Me vio en el piso y entró en pánico.
—¡Ay, Dios mío, ¡Ofelia! ¿Qué pasó? —, dijo Carolina, ayudándome a sentarme derecho. Le dije que me dolía el pecho y que necesitaba ayuda para llegar a la entrada, donde mi papá me llevaría al hospital.
Me ayudó a levantarme y fuimos a la entrada de la escuela. Una vez ahí fuera, sentí que mi visión se volvía borrosa y que no lograba ver los pasillos de la escuela. Todo se desvanecía desde mi punto de vista. Luego todo se volvió negro. Me sentí vacía. No dejaba de pensar: “¿Estoy muerta?”.
Abrí los ojos y me encontré en el hospital, con todo el cuerpo lleno de tubos y sintiéndome paralizada.
Estaba sola. Había un cuadro de unas flores blancas en la pared que me quedaba de frente a la cama.
A mi lado izquierdo, vi el soporte intravenoso y las gotas cayendo al resto del líquido que entraba por mis venas.
Entonces, mi mamá y mi papá entraron a la habitación con el doctor Goodman y mi papá me dijo: —Hola, cariño, estás bien. Ahora estamos en el hospital—.
Mamá se sentó, me tomó de la mano y la besó mientras las lágrimas le caían por la cara.
Me di cuenta de que había estado llorando desde que me vio en la cama.
Me dijo que Carolina, después de ser aterrorizada por el mal funcionamiento de mi cuerpo, había estado allí hace unas horas y se había quedado conmigo, pero que luego se había ido y que mañana me traería chocolate.
No dije nada. Solo sonreí para que se sintieran mejor.
—Ofelia, me alegra ver que estás despierta—, dijo el doctor Goodman.
Le pregunté qué tan mal estaba mi corazón.
Entonces perdió esa sonrisa que tenía y dijo: —Estamos haciendo todo lo que podemos.
Te hicimos una angioplastia y te colocamos una endoprótesis para mantener las arterias abiertas.
Y te prometo, Ofelia, que no nos vamos a rendir.
Sigue tomando tus medicamentos y sigue con la dieta, pero te prometo que estamos tratando de mejorar tu corazón.
Como último recurso, aunque es muy dudoso, te podríamos incluir en la lista de trasplantes de corazón. Tú decides—.
El doctor Goodman me ha tratado toda mi vida como si fuera su propia hija. Por eso, sé que no mentía cuando dijo que me lo prometía. Y sé que yo tampoco me voy a rendir.