Convertida en Deseo CAPÍTULO XX #4
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CAPÍTULO XX #4

Elaine gimió, el cuerpo arqueándose como un arco vencido, sacudido por un orgasmo diminuto, sucio, apenas una chispa, pero suficiente para dejarla jadeando, confundida, asqueada… y hambrienta.

Esto es lo que ella era ahora. No… tal vez siempre había sido así.

Y el video no se detenía.

En otra escena, una mujer, atada a una cruz de madera, cuerpo azotado hasta que lloraba, hasta que sus piernas cedían. Y entonces, mientras sollozaba, la hacían venirse, temblando, poseída, sumisa.

Elaine lloraba ahora, de agotamiento, de vergüenza. Vergüenza de placer sucio.

Su mente resbalaba, disolviéndose en algo más grande, más oscuro.

Subspace.

Elaine ya no lloraba. Las lágrimas seguían corriendo, sí, pero no por sufrimiento. No por culpa. Era como si su cuerpo ya no supiera distinguir qué era placer y qué era pena. Todo se mezclaba. Todo ardía. Todo temblaba.

El pecho subía y bajaba en oleadas largas, desacompasadas, como si respirar fuera un acto demasiado complejo para coordinarlo con la realidad.

Los labios, entreabiertos, húmedos, apenas se movían.

Una queja suave, casi un gemido sin dueño, se escapaba de su garganta a cada exhalación.

Estaba inmóvil. No por miedo. Por desconexión.

Su cuerpo estaba ahí, los músculos flojos, los hombros caídos, las manos colgando sin tensión, la cabeza ladeada, el cabello enredado pegado al sudor de su cara.

Y sus ojos… cristalinos, perdidos. La mirada fija en un punto que no existía. No veía la habitación. No veía a nadie. Estaba adentro. Muy adentro. Demasiado lejos para volver sola.

El dolor había dejado de ser castigo hacía rato.

Ahora era una parte del ritmo. Un empujón eléctrico que recorría sus terminaciones nerviosas y encendía zonas que ya no podía controlar: los pezones, duros como vidrio bajo la tela mojada; el vientre, latiendo suave, tenso, esperando más; la entrepierna, caliente y húmeda, como si su coño tuviera voluntad propia.

Elaine no pensaba. No razonaba. Solo sentía. Pero el espacio entre estímulo y reacción había desaparecido. No había filtro. Un roce bastaba para hacerla estremecer. Una orden bastaría para hacerla correrse. Y eso la excitaba. No como una fantasía. Sino como una maldición deliciosa.

Ahí, de rodillas, con el cuerpo a la deriva, era pura sumisión viva.

Un juguete con alma. Una muñeca orgánica que respiraba, sudaba, jadeaba…

pero ya no decía que no. Ni siquiera lo pensaba.

Estaba atrapada en ese punto sin retorno, donde el dolor era caricia, donde la obediencia no era decisión, era necesidad, donde la rendición absoluta no dolía, sino que calmaba.

Su sexo palpitaba sin pausa, sin control. El pulso entre las piernas marcaba un ritmo duro, perfecto. Casi inocente en su desesperación. Como si su cuerpo le rogara que no la devolvieran jamás.

Y en ese trance brutal, hermosa y descompuesta, Elaine sonrió. No porque fuera feliz. Sino porque al fin… ya no le quedaba nada que entregar.

Hora 100

El video se detuvo.

Oscuridad.

La única luz era el parpadeo rojo del sistema de audio encendido.

Y entonces la voz llenó la celda, omnipresente.

La voz de Clara.

Fría. Seca. Implacable.

—¿Elaine…?

—¿Qué sientes, Elaine?

Ella jadeó. Abrió la boca para responder, pero no encontró palabras.

—¿Dolor? ¿Placer?

Elaine gimoteó.

—¿Sabes por qué lloras cuando gozas? —continuó Clara—. ¿Sabes por qué tu cuerpo se humedece cuando te castigan?

La voz era hipnótica.

—Porque eres culpable —dictaminó—. Eres una mujer rota, sucia, hecha para ser castigada.

El silencio vibró, cargado.

—¿Por qué, Elaine? —presionó la voz—. ¿Por qué te corres cuando te humillan?

Elaine temblaba.

Al final, murmuró:

—Porque... porque lo merezco...

La voz aprobó con un susurro.

—Sí. Lo mereces. Naciste para ser usada. Naciste para suplicar.

Cerró los ojos, las lágrimas calientes rodaban por sus mejillas.

—Cuando te golpean —continuó Clara—, te limpias. Cuando te humillan, te liberas.

Las imágenes volvieron: una secuencia interminable de cuerpos usados, poseídos, atados y sometidos, llorando de placer, desbordados. Pero la pantalla estaba oscura. Las imágenes solo se proyectaban en su interior.

Elaine sollozó, la entrepierna húmeda, el cuerpo dolido y al mismo tiempo hambriento de más.

—¿Qué eres? —preguntó la voz.

Elaine tembló. Murmuró:

—Soy nada...

—¿Qué necesitas?

Elaine jadeó, quebrada.

—Ser usada. Ser castigada...

Un gemido escapó de su garganta, involuntario, cuando las palabras tomaron forma.

La vergüenza era un río cálido entre sus muslos.

La voz fue un susurro:

—El dolor te libera. La humillación te cura. —Solo bajo mi deseo puedes existir.

Elaine asintió, desesperada.

Sí.

El dolor ya no era amenaza. El dolor era placer. El castigo era el orgasmo.

Pero ella no necesitaba liberarse.

Necesitaba ser poseída, humillada, castigada hasta llorar de placer.

Era la única forma de existir. De pertenecer.

Hora 101

Cuando regresó, Elaine ya estaba en posición.

Rodillas abiertas, manos en los muslos, cabeza gacha.

No porque la hubieran obligado esta vez.

Sino porque no podía concebir estar de otra manera.

Caminó alrededor de ella, lenta, como inspeccionando una obra terminada.

Se detuvo detrás y le acarició la nuca, una caricia que era más un sello de propiedad que de ternura.

Gimió en voz baja.

—¿Quién eres? —preguntó.

Elaine no dudó.

—Propiedad, mi señora.

Clara asintió.

Se agachó, deslizó la mano entre los muslos de Elaine, acariciando sin prisa, como quien evalúa la calidad de una posesión.

Elaine jadeó. Su cuerpo se tensó, una mezcla de placer y miedo condicionado.

Clara retiró la mano.

—¿Quieres correrte? —preguntó.

Asintió, rápido, casi con desesperación.

Clara sonrió.

—Pide.

Elaine levantó la mirada, los ojos velados, vidriosos.

—Por favor, mi señora... permíteme correrme para ti.

Clara no respondió.

En su lugar, deslizó dos dedos dentro de ella, firmes, precisos.

Ella gimió, un sonido sucio, gutural.

No tardó.

El orgasmo la sacudió con violencia, las lágrimas brotaban de los ojos cerrados, el cuerpo convulsionando de puro agotamiento nervioso, de sumisión absoluta.

Cuando terminó, colapsó sobre sí misma.

La sostuvo un momento, como quien sostiene una pieza frágil.

—Eres mía ahora —dijo—. No necesitas pensar. Solo obedecer.

Elaine no respondió.

No era necesario.

Su cuerpo habló por ella: arrodillado, entregado, vencido.

La mente que había entrado en esa celda días atrás ya no existía.

Solo quedaba propiedad. Sumisión. Pertenencia.