Constance Epílogo El funeral
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Epílogo El funeral

8 de marzo de 1126 • Al anochecer.

Capilla del convento de San Juan. Castillo de Saldaña (Castilla).

Los tañidos lentos y pesarosos de las campanas doblan a funeral.

La noche presagia una tristeza infinita.

Un sordo lamento recorre las callejuelas y la guardia dobla sus centinelas, como temiendo que las sombras reclamen las almas desvalidas.

Las mujeres contienen el llanto con los ojos vidriosos; los hombres guardan silencio mientras apuran el vino agrio en las tabernas.

Todo el pueblo llora en penumbra. Y, como una sentencia inexorable, en cada rincón se repite el eco del pregón: «La reina ha muerto».

En paralelo, dos hileras compuestas por ocho caballeros cruzados avanzan con paso cadencioso, entonando a media voz un grave canto gregoriano que quiebra la calma sombría tras el último toque de queda.

Preside la comitiva un majestuoso pendón con la Cruz de Santiago, iluminado por el fulgor trémulo de los cirios que lo escoltan.

La cera derretida gotea sobre el enlosado de piedra, marcando el sendero litúrgico a la hora de completas.

La insignia se detiene frente al túmulo regio.

La porta un hombre joven y apuesto, cuya mirada enrojecida delata un dolor insoportable: Pedro González de Lara.

Los hombres que lo siguen frenan al unísono.

Un redoble sordo y acompasado de tambores fúnebres ocupa el vacío dejado por los badajos de bronce.

Ocho damas cubiertas con túnicas de paño negro velan el lecho de muerte, inclinando sus cabezas en señal de duelo.

Entre sus manos sostienen velas encendidas cuyas llamas proyectan sombras alargadas sobre la sillería húmeda.

Orientado hacia el este, en alegoría a la resurrección, el cuerpo de la soberana yace inerte, revestido con sus mejores galas sobre la superficie rugosa de un ara de piedra.

Sus manos yermas reposan entrelazadas sobre el pecho, iluminadas por la cera que lagrimea.

Bajo sus dedos yertos, una pequeña daga en forma de cruz destella con el brillo palpitante de las gemas engarzadas en su empuñadura: la luz de la redención.

En las esquinas del catafalco, cuatro efigies angélicas custodian gloriosas los pedestales que sostienen las antorchas de la capilla ardiente.

La reina ha cumplido con lo escrito: no expirar en soledad. Ha dejado este mundo combatiendo, pariendo un vástago que tampoco verá la luz del día. Su corte y sus vasallos se postran en insigne homenaje mientras el aroma denso del incienso satura la atmósfera del templo.

En el exterior del recinto sagrado, los lebreles aúllan a la noche.

Los soldados forman en posición de firmes con los escudos invertidos en señal de luto y crespones negros anudados a las empuñaduras de sus espadas.

El corcel de la reina se encabrita en el patio, relinchando ante el vacío de su montura.

Junto a su capitán, sus caballeros mantienen la entereza bajo sus mantos blancos cerrados por doble cordón. Tras ellos, una comunidad de monjes benedictinos suma sus voces al coro; el canto litúrgico se torna hondo y majestuoso.

A una señal del conde, los hombres hincan la rodilla como un solo cuerpo.

Las voces cesan y las plañideras enmudecen.

El silencio y las llamas titilantes devuelven la estancia a un recogimiento sagrado.

Con unción ceremonial, Pedro alza hacia las bóvedas un excelso cáliz de ágata y oro, cincelado con gemas preciosas y colmado con agua bendita, al parecer de Tierra Santa.

Lentamente, sin derramar una sola gota, aproxima la copa a los labios de su reina, aquellos que tantas veces besó en secreto, y le da de beber. El agua sagrada resbala sin remedio por la barbilla fría de la difunta. El caballero llora sin poder contenerse:

—¡El Señor te lo dio y el Señor te lo quitó! —sentencia con infinita pesadumbre.

Se inclina y le entrega el beso más amargo, sintiendo aún la humedad tibia en los labios de su señora.

Al incorporarse, toma con firmeza la daga del lecho.

Con un movimiento seco y diestro, rasga la manga derecha del sayal; un hilo denso y cárdeno asoma sobre el lino blanco.

Con delicadeza aparta la tela dejando al descubierto la herida.

De inmediato, con rabia contenida, hiende la hoja en su propia muñeca derecha, sobre la línea del destino.

Su sangre viva mana abundante; junta ambas heridas, entrelazando su piel con la carne yerta de su amada para fundir los dos torrentes en un pacto indisoluble.

Ha sellado el vínculo eterno. Lo sabe y solloza con desgarrada devoción, sintiendo el abismo de la ausencia.

Y mientras las lágrimas surcan su rostro iluminado por las teas, pronuncia su juramento póstumo:

—¡Os juré obediencia, mi señora, y mi juramento mantengo! —Su voz se quiebra de dolor—. Soy soldado de Cristo y vuestro siervo eterno. Ante Dios y por Él, juro por vos, Urraca, mi único amor, que os buscaré en cualesquiera de las vidas que Él os dé.

e beber. El agua sagrada resbala sin remedio por la barbilla fría de la difunta. El caballero llora sin poder contenerse:

—¡El Señor te lo dio y el Señor te lo quitó! —sentencia con infinita pesadumbre.

Se inclina y le entrega el beso más amargo, sintiendo aún la humedad tibia en los labios de su señora.

Al incorporarse, toma con firmeza la daga del lecho.

Con un movimiento seco y diestro, rasga la manga derecha del sayal; un hilo denso y cárdeno asoma sobre el lino blanco.

Con delicadeza aparta la tela dejando al descubierto la herida.

De inmediato, con rabia contenida, hiende la hoja en su propia muñeca derecha, sobre la línea del destino.

Su sangre viva mana abundante; junta ambas heridas, entrelazando su piel con la carne yerta de su amada para fundir los dos torrentes en un pacto indisoluble.

Ha sellado el vínculo eterno. Lo sabe y solloza con desgarrada devoción, sintiendo el abismo de la ausencia.

Y mientras las lágrimas surcan su rostro iluminado por las teas, pronuncia su juramento póstumo:

—¡Os juré obediencia, mi señora, y mi juramento mantengo! —Su voz se quiebra de dolor—. Soy soldado de Cristo y vuestro siervo eterno. Ante Dios y por Él, juro por vos, Urraca, mi único amor, que os buscaré en cualesquiera de las vidas que Él os dé.