Conflictos de interés La casa con la planta que no muere
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La casa con la planta que no muere

Dos años después de la boda, la casa que Aroa y Marlin compraron en un barrio tranquilo del norte de Madrid tenía, entre otras muchas cosas que ninguno de los dos habría imaginado posibles en su primera reunión de trabajo, una habitación pintada de un verde suave, con estanterías bajas todavía medio vacías y una cuna que Marlin había montado él mismo, tres veces, hasta conseguir que no cojeara.

No habían tenido un hijo biológico —algo que, tras varias conversaciones sinceras y no pocas lágrimas compartidas, habían decidido que no era, después de todo, el camino que sentían más propio—, sino que habían completado, con la misma dedicación con la que Marlin llevaba una cuenta de quince millones de euros, el proceso de acogida familiar del que le había hablado a Aroa aquella noche bajo los olivos de la boda de Cova.

Hacía tres semanas que Nayara, una niña de siete años con una energía inagotable y una desconfianza inicial hacia los adultos que a Marlin le resultaba dolorosamente familiar, vivía con ellos.

—¿De verdad no me vais a devolver? —le había preguntado Nayara la primera semana, con una franqueza brutal que solo tienen los niños que ya han aprendido, demasiado pronto, a no confiar del todo en las promesas de los adultos.

—De verdad no —le había respondido Marlin, arrodillándose para quedar a su altura, con una paciencia que Aroa jamás había presenciado en él durante sus años en Vórtice—.

Sé que es difícil de creer. A mí también me costó mucho tiempo creerlo, cuando tenía tu edad.

Pero puedes preguntármelo cada día, todos los días que necesites, y yo te voy a responder lo mismo cada vez, hasta que un día ya no haga falta que lo preguntes.

Aquella noche de sábado, mientras Marlin ayudaba a Nayara con los deberes en la mesa de la cocina —una escena doméstica que, dos años atrás, ninguno de los dos habría creído posible—, Aroa se quedó un momento en el marco de la puerta, observándolos, con la misma sensación de vértigo agradable que la había acompañado desde aquella primera presentación a Lúmina Cosmética: la certeza de que la vida, cuando una deja de anticipar el fracaso antes de tiempo, tiene la costumbre de sorprender de maneras que ni siquiera la imaginación más optimista habría sabido predecir.

En su despacho de Vórtice, donde seguía siendo directora de Cuentas —había rechazado, dos veces ya, ofertas de la competencia para dirigir departamentos enteros en agencias mucho más grandes, convencida de que el lugar donde había construido su carrera, con todo lo bueno y lo difícil que aquello había implicado, era también el lugar donde quería seguir construyéndola—, Aroa guardaba todavía, en un cajón que abría de vez en cuando en los días complicados, la primera lista de correcciones que Marlin le había entregado impresa aquel primer lunes de marzo, con anotaciones en tinta azul que en su momento le habían parecido la prueba definitiva de que aquel hombre era, sin discusión posible, el peor jefe que había tenido nunca.

A veces, cuando alguna becaria nueva llegaba al departamento con esa mezcla de ambición y miedo a no ser suficiente que ella misma había arrastrado durante años, Aroa sacaba aquella lista y la usaba, no como advertencia, sino como ejemplo de todo lo que puede cambiar entre dos personas cuando ninguna de las dos decide, por miedo o por orgullo, cerrarse del todo a la posibilidad de equivocarse sobre el otro.

—¿Ves esto? —le decía, señalando las anotaciones—.

El hombre que escribió esto es, ahora mismo, mi marido.

Y el mejor amigo que he tenido nunca. A veces la gente que más nos irrita al principio es la que más tiene que enseñarnos, si le damos la oportunidad.

Aunque, para que conste, tampoco hace falta casarse con todo el mundo que discrepa contigo en una reunión.

Eso ha sido, estrictamente, un caso excepcional.

Y entonces, invariablemente, se reía, con esa risa sin reservas que Marlin decía que era, entre todos los sonidos del mundo, su favorito, y volvía al trabajo con la misma determinación con la que había defendido, cuatro años atrás, una propuesta de campaña frente a un hombre de ojos de hielo al que había decidido, con la misma claridad con la que decidía casi todo, que odiaba.

Nunca imaginó, entonces, cuántas veces cambiaría de opinión. Ni que aquel cambio, con el tiempo, terminaría siendo la mejor decisión de toda su vida.

**FIN**