Conexión peligrosa 2 #2
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—Perfecto —respondió el primero. Antes de girarse hacia la salida, miró a Clara y sostuvo su mirada un instante más largo que cualquier otro durante la reunión—. Muy buen trabajo —añadió—. Si la mitad de lo que ha explicado se aplica como dice, estaremos en buenas manos.

Clara no sonrió, pero asintió.

—Lo estarán.

No sonó arrogante, sino seguro.

El hombre asintió satisfecho mientras salían de la oficina.

Marcos los acompañó hasta la puerta intercambiando las últimas formalidades mientras salían de la sala. El sonido de sus pasos se perdió por el pasillo, alejándose poco a poco hasta desaparecer.

Clara se quedó unos segundos de pie, recogiendo los documentos de la mesa con movimientos precisos, ordenándolos como si no hubiera ocurrido nada fuera de lo normal, aunque con una leve e inevitable curva sutil en sus labios.

Cuando la puerta volvió a abrirse, no levantó la vista de inmediato.

—Sabía que lo conseguirías —pronunció Marcos, efusivo.

Clara alzó la mirada, pero no respondió. Lo miró con esa mezcla de calma y algo más contenido que nunca terminaba de mostrarse del todo y asintió levemente.

—Buen trabajo, Clara.

Salió de la sala sin añadir nada más.

Ella terminó de recoger los papeles, cerró la carpeta y la dejó sobre la mesa antes de salir también.

El contraste con la oficina fue inmediato. Ruido contenido, teclados y conversaciones bajas. Todo seguía exactamente igual que antes, como si nada hubiera cambiado.

Clara caminó hasta su mesa y se sentó, encendiendo la pantalla con un gesto automático, lista para trabajar. Abrió uno de los archivos preparada para empezar cuando el móvil vibró suavemente sobre la mesa.

Lo cogió y observó un mensaje con número oculto.

Tragó saliva y miró hacia los lados disimuladamente.

Laura estaba concentrada en su pantalla y el resto de la oficina seguía con su rutina. Nadie miraba.

Desbloqueó el teléfono y leyó el mensaje.

El mensaje no parecía tener sentido: una cadena de carácteres, números y símbolos sin orden aparente.

A7F-3C9//NODE:47//ΔPORT=8821

TIMEFRAME: 24:00

PAYLOAD: ext.auth / mirror.req

VALOR: 85K

Clara lo leyó un par de veces para reorganizar el significado de aquel mensaje en su cabeza con rapidez.

Acceso externo a nodo específico.

Puerto no estándar.

Solicitud de espejo de autenticación.

Ventana de ejecución: cuatro horas.

Extracción limpia.

Sin ruido.

Ochenta y cinco mil.

Sus dedos se quedaron quietos sobre el teléfono un segundo más de lo necesario.

Era un trabajo interesante.

Miró de nuevo alrededor, comprobando que nada había cambiado, que todo seguía igual, y tecleó una única palabra:

OK

Acto seguido, le dio a enviar el mensaje.

La pantalla volvió a negro y Clara dejó el móvil boca abajo junto al teclado, apoyándose ligeramente en el respaldo de la silla mientras su mirada se perdía un instante en la pantalla del ordenador, aunque ya no estaba viendo lo que tenía enfrente.

Aquella noche tenía más trabajo, uno con el que realmente disfrutaba.

Cuando salió del edificio, el aire frío le golpeó la cara, despejándola casi al instante.

Ya era de noche y las luces de Barcelona dibujaban reflejos húmedos sobre el asfalto. El murmullo constante de la ciudad parecía más contenido a esas horas, como si todo se moviera un poco más despacio, pero sin detenerse nunca del todo.

Clara se ajustó el abrigo, hundiendo las manos en los bolsillos mientras caminaba hacia la parada del autobús.

Aquella noche iba a ser larga, lo sabía. No por el trabajo de Nexora, ni por los nuevos clientes, ni siquiera por la reunión que acababa de cerrar con precisión casi quirúrgica, sino por lo otro.

Subió al autobús, validó el billete y se sentó junto a la ventana, apoyando la cabeza un segundo contra el cristal frío. La ciudad empezó a moverse al otro lado, difusa e intermitente.

Sacó el móvil y abrió el mensaje otra vez.

A7F-3C9//NODE:47//ΔPORT=8821

TIMEFRAME: 24:00

PAYLOAD: ext.auth / mirror.req

VALOR: 85K

Lo leyó sin prisa esta vez. Nodo externo. Puerto no estándar. Extracción limpia. Veinticuatro horas. Ochenta y cinco mil.

Exhaló despacio. No era un encargo sencillo o de rápida ejecución; iba a necesitar concentración y azúcar, mucho azúcar.

Guardó el móvil dejando que su mente empezara a trabajar sola, adelantándose, trazando posibles caminos, calculando accesos e imaginando estructuras que aún no había visto.

Cuando el autobús se detuvo, se levantó sin dudar y bajó.

El cambio era evidente. Las calles eran más estrechas, menos cuidadas, con esa humedad persistente que parecía instalarse en las paredes y no marcharse nunca.

Las fachadas estaban desgastadas, las persianas a medio bajar y las luces amarillentas apenas iluminaban lo suficiente.

No era un barrio bonito, pero era suyo, donde se había criado.

Caminó sin prisa, concentrada en su propio ritmo, hasta detenerse frente al pequeño badulaque de la esquina, iluminado con una luz blanca demasiado intensa para el resto de la calle.

El hombre del mostrador alzó la vista en cuanto la vio.

—Hola, Clara.

—Hola —respondió ella con una leve sonrisa.

Recorrió los pasillos estrechos con rapidez, cogiendo lo que sabía que iba a necesitar sin pensarlo demasiado: bolsas de patatas, varias tabletas de chocolate, barritas, galletas y refrescos.

—Combustible —susurró ella mientras se dirigía a la caja para que le cobrasen.

—¿Noche larga? —preguntó él mientras pasaba los productos por el escáner de punto de venta.

Clara apoyó la bolsa sobre el mostrador.

—Algo así.

Pagó, recogió la bolsa, que era más pesada de lo que parecía, y salió de nuevo a la calle.

El portal de su edificio estaba a pocos metros. Era un portal antiguo, sin encanto, con ese olor a humedad y vida acumulada que no desaparecía nunca. Subió por las escaleras, sin molestarse en esperar al ascensor, hasta el segundo piso. Sacó las llaves y abrió.

El silencio la recibió y un segundo después…

—¡Milo! —exclamó ella con una gran sonrisa.

El gato apareció de inmediato, deslizándose con esa elegancia despreocupada de los que saben que el espacio les pertenece. Era un gato gris atigrado, de pelo corto y ojos grandes, demasiado expresivos para ser casualidad.

Se enroscó entre sus piernas con un maullido suave.

—Hola —murmuró Clara con cariño, dejando la bolsa sobre la mesa.

Se agachó y le pasó la mano por el lomo. Milo respondió con un ronroneo profundo y constante, apoyando la cabeza contra su mano con una confianza absoluta.

—Sí, yo también me alegro de verte —le susurró antes de agachar su cabeza y besarlo.

Se quitó el abrigo, colgándolo con cuidado, y recorrió el piso con la mirada.

Era pequeño, pero lo tenía impecable. Nada fuera de lugar.

Un salón reducido que hacía de todo, una cocina abierta, funcional, sin adornos, y un escritorio al fondo que no destacaba, pero tampoco pasaba desapercibido.

Orden, siempre orden.

Dejó la bolsa en la cocina y empezó a sacar cosas sin prisa.

Antes de nada, necesitaba comida. No trabajaba con el estómago vacío. Nunca.

Preparó algo rápido, sencillo, lo suficiente para sostener el cuerpo sin distraer la mente, y encendió la televisión dejando que un programa cualquiera llenara el espacio con ruido de fondo.

Se sentó y comió sin pensar demasiado, lo justo para desconectar y dejar la mente en blanco unos minutos.

Milo saltó al sofá, acomodándose cerca de ella, observándola como si entendiera más de lo que debía. Milo sabía siempre dónde situarse para acabar beneficiándose de algo del plato de ella.

Cuando terminó, dejó el plato a un lado y se quedó unos segundos en silencio, mirando la pantalla sin prestarle realmente atención. Luego, poco a poco, su expresión cambió y se volvió más fría y enfocada.

Aquella noche no era para descansar, sino para entrar en un sistema que estaba a punto de romperse sin que nadie lo supiera. Clara Vega nunca llamaba a la puerta antes de entrar.