BIANCA
Un golpe en la puerta de mi habitación me arranca de un sueño profundo. Gruño y me doy la vuelta para mirar el teléfono con los ojos entrecerrados. Las tres de la tarde. Apenas hace cuatro horas que llegué de Ravenwood.
Los músculos me protestan cuando salgo a rastras de la cama. Me duele todo el cuerpo de maneras que ni sabía que existían, sobre todo entre los muslos. La Cacería fue... Intensa se queda corto. Knox era insaciable. Todos lo éramos.
Me veo de refilón en el espejo: el pelo revuelto, la piel cubierta de chupetones y rojeces de barba. Las marcas de Knox quedan grabadas a fuego en mi piel. Mis dedos recorren un chupetón especialmente intenso en la clavícula, y los recuerdos me inundan con una claridad abrumadora.
Vuelven a llamar, más insistentes esta vez.
—¡Ya voy! —grito, y hago una mueca al oír lo ronca que tengo la voz. Cojo la bata del gancho y me la ciño bien a la cintura.
Cada paso por el pasillo me recuerda lo que pasó en el laberinto, en la sala de la galería, en el estrado. Se me encienden las mejillas solo de pensarlo.
Michelle aporra la puerta por tercera vez antes de que llegue al pomo.
—Estoy aquí, espera —murmuro.
Está ahí plantada, con una bolsa de papel y una bandeja de cartón con dos cafés en las manos. Abre los ojos como platos al ver mi aspecto.
—Joder —susurra—. Tienes pinta de... bueno, exactamente de alguien a quien se han tirado a conciencia durante setenta y dos horas.
Salgo al pasillo y me apoyo en la pared.
—Una forma de decirlo.
—Te he traído provisiones, ya que no has salido en todo el día —dice, alzando la bolsa y los cafés—. Me imaginé que te harían falta.
Michelle deja el café y la bolsa en la encimera de la cocina, y se vuelve hacia mí con las manos en las caderas.
—Bueno, ¿cómo estás? ¿De verdad?
Me dejo caer en una silla de la cocina, agradecida por el apoyo.
—Mejor de lo que esperaba, la verdad.
A pesar del desgaste físico, siento una extraña satisfacción que se me ha metido en los huesos.
—¿Mejor de lo esperado? —Michelle arquea una ceja y me acerca un café—. Desapareces tres días, vuelves con pinta de que te ha atacado un gato salvaje sexy, ¿y eso es todo lo que me vas a contar?
Se sienta en la silla de enfrente.
—¿Qué pasó? Necesito detalles, y cuanto más jugosos, mejor.
Rodeo la taza caliente con las manos y me muerdo el labio inferior. Los recuerdos me asaltan: las manos de Knox, su boca, cómo me miró en esos últimos momentos. Lo que me susurró sobre la eternidad.
—No puedo contártelo —digo al fin—. El acuerdo de confidencialidad que firmé iba muy en serio. Del tipo legalmente vinculante con consecuencias aterradoras.
Michelle deja caer los hombros con gesto dramático.
—¡Venga ya! Soy yo. Tu nueva y única mejor amiga.
—Lo sé, pero... —hago un gesto vago, recordando el peso del documento que firmé, lo específico de cada cláusula—. Esta gente no se anda con bromas.
Michelle suspira y alarga la mano por encima de la mesa para apretarme la mía.
—Vale. No se lo diré a nadie. Ni a un alma. Lo que pasara en ese laberinto sexual de ricos se queda entre nosotras.
Suspiro hondo y me paso una mano por el pelo enredado.
—Vale, lo básico. A nosotras, las mujeres, nos dieron treinta minutos de ventaja para adentrarnos en un laberinto muy elaborado en Purgatorio, y el sitio es jodidamente enorme. Había un montón de trampas raras y... habitaciones diseñadas para, bueno, actividades específicas.
Michelle se inclina hacia delante con los ojos muy abiertos.
—¿Como mazmorras sexuales?
—Más o menos —admito, notando cómo me arden las mejillas—. Algunas eran más elaboradas que otras. Una tenía cuerdas colgando del techo, otra tenía cadenas, y había una cama que parecía un altar. Incluso había una sala con material de pintura.
—¿Y Knox? ¿Te encontró?
Asiento, sin poder ocultar una sonrisilla.
—Me atrapó bastante rápido. Creo que sabía exactamente adónde iba.
Doy un sorbo al café, agradecida por el calor.
—Digamos que fue... muy dominante. Muy posesivo. Nunca había experimentado nada igual.
A Michelle se le descuelga la mandíbula.
—¿Y cuántas veces...?
—Perdí la cuenta —confieso en voz baja—. Nunca había tenido tanto sexo en mi vida. Tres días seguidos, Michelle. Tres. Días.
—Joder.
Michelle se recuesta en la silla, asimilando la información.
—Eso suena intenso. Intenso de verdad.
—Lo fue.
Me quedo mirando el café, recordando el peso del cuerpo de Knox sobre el mío, cómo me hizo sentir a la vez totalmente vulnerable y completamente a salvo.
—Ni siquiera sé cómo asimilarlo todo.
—¿Y estás... bien? —pregunta Michelle, con gesto preocupado.
—Sorprendentemente, sí.
La miro a los ojos.
—Más que bien, la verdad.
Michelle me estudia la cara un momento.
—Vaya. Eso es... o sea, sabía que la Cacería era algo sexual, pero esto suena a otro nivel.
Omito ciertos detalles con cuidado, sobre todo la parte en que Knox me ofreció a otros tres hombres. Aunque me sorprendió lo bien que se sintió en el momento, con Knox orquestándolo y controlándolo todo, todavía no estoy preparada para analizar eso con Michelle.
—Eso no es todo —digo, jugueteando con el cartón del vaso de café—. Knox me reclamó.
Michelle frunce el ceño y deja la taza.
—¿Te reclamó? ¿Qué significa eso?
Respiro hondo.
—Al final de la Cacería hay una ceremonia. Los cazadores pueden reclamar a su presa por un período determinado, hasta un año. Knox me reclamó por el máximo.
—Espera. —Michelle abre los ojos de par en par—. ¿Qué implica eso exactamente?
—Tengo que vivir con él. Durante los próximos doce meses.
—¿Vivir con él? ¿O sea, mudarte? ¿Con Knox Blackwood? ¡No puedes abandonarme, somos compañeras de piso! —Sacude la cabeza con incredulidad—. ¿Y es el mismo tipo al que abofeteaste en la galería de arte? ¿El que llevas meses rechazando?
Asiento, incapaz de reprimir una pequeña sonrisa a pesar de mis sentimientos encontrados.
—¿Y aceptaste? —Michelle se inclina hacia delante, escrutándome el rostro—. ¿Estaba en el contrato? Porque eso es algo que deberían haber dejado claro desde el principio.
—Estaba en la letra pequeña —admito—. Solo que... no pensé que lo haría. La mayoría de los cazadores reclaman a su presa unas semanas, quizá un mes.
Michelle se recuesta y se cruza de brazos. —Así que me estás diciendo que tienes que recoger tus cosas de nuestro piso y mudarte con un Blackwood. Durante un año. —Sacude la cabeza lentamente—. Después de todo lo que dijiste sobre odiarlo, sobre su arrogancia... ¿cómo te sientes ahora?
Jugueteo con la taza de café mientras considero la pregunta. ¿Cómo me siento? Aterrada. Emocionada. Abrumada.
—No lo sé —respondo con sinceridad—. Es complicado. Él... no es exactamente quien yo pensaba.
Michelle me mira fijamente, con la taza de café a medio camino de la boca. —Espera, ¿qué? ¿No es el mujeriego malote que todos dicen?
Suspiro y me paso los dedos por el pelo enredado. —Quiero decir, lo es... o al menos, lo era. Pero conmigo es... —Busco las palabras adecuadas, recordando la intensidad en los ojos de Knox cuando me reclamó en público—. Está totalmente centrado en mí. Obsesionado, incluso.
—¿Obsesionado? —Michelle deja la taza y se inclina hacia delante.
—Tendrías que haberlo visto durante la Cacería. Cómo me miraba, como si fuera la única persona en la sala. —Trazo el borde de la taza mientras recuerdo—. No paraba de decir que era suya, que me había estado esperando, que nunca me dejaría marchar.
—Eso es... —La expresión de Michelle se torna preocupada—. La verdad es que da un poco de miedo, B.
Me encojo de hombros, sin mirarla a los ojos. —Puede. Pero no fue así como lo sentí. Lo sentí... —Real. Genuino—. Diferente.
Michelle extiende la mano sobre la mesa y me envuelve los dedos con los suyos. —¿Y qué pasa cuando se aburra? ¿O cuando se obsesione con otra? —Su voz se suaviza—. Conoces su reputación. Los Blackwood cogen lo que quieren, lo exprimen y pasan página.
Sus palabras son como un cubo de agua helada que apaga la euforia en la que llevo flotando desde que volví a casa. Las palabras de Knox resuenan en mi mente: sus promesas, sus declaraciones. Pero ¿formaban parte de la Cacería? ¿Era un juego para él?
—No lo sé —admito, con un hilo de voz—. De verdad que no lo sé.
Michelle me dedica una sonrisa comprensiva y me aprieta la mano. —Solo me preocupo por ti, B. Toda esta situación parece un episodio de ese programa viejo y espeluznante. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, la Dimensión Desconocida. Ten cuidado.
—¿Podemos hablar de otra cosa? —pregunto, de repente desesperada por escapar de los pensamientos que me dan vueltas sobre Knox y sobre en qué me he metido—. ¿Qué tal tú? He estado tan absorta en esta locura de la Cacería que no te he preguntado como es debido.
Michelle acepta el cambio de tema con un asentimiento, me suelta la mano y coge su café. —Bueno, mientras tú vivías una fantasía BDSM, yo me he estado ahogando en informes en el bufete. Jenkins me asignó tres casos nuevos solo ayer.
—Eso es bueno, ¿no? Demuestra que confían en ti.
—O intentan hundirme antes de mi evaluación —dice riéndose—. Pero he conocido a alguien.
Esto me llama la atención. —¿En serio? ¿Quién?
—Se llama Daniel. Trabaja en esa cafetería cerca del juzgado. —El rostro de Michelle se ilumina—. Nada serio todavía, pero prepara el mejor café con leche de Ravenwood y siempre se acuerda de lo que pido.
Sonrío, genuinamente feliz por ella. —Eso sí que es una base sólida para el amor verdadero.
Nos enfrascamos en una conversación distendida sobre su posible nuevo romance, el drama del trabajo y la última temporada de ese programa de cocina que nos encanta a las dos. Es normal, reconfortante: todo lo que los últimos tres días no fueron.
Pero bajo nuestra charla familiar, las preguntas de Michelle me dan vueltas en la cabeza como el humo.
¿Qué pasa cuando Knox se aburra? ¿Cuando se le pase la novedad?
Había sentido una conexión genuina en esos momentos íntimos, un vínculo que iba más allá de lo puramente físico.
Pero ¿era mutuo, o yo era simplemente otra conquista?
El recuerdo de su voz aflora.
«Eres mía, Bianca. Para siempre».
En el calor del momento, esas palabras me habían estremecido. Ahora, a la fría luz del día, no sé qué creer. Al fin y al cabo, las palabras son fáciles. Son los hechos los que hacen que algo sea real.
¿Y si, después de todo esto, después de mudarme y poner mi vida patas arriba por él, Knox simplemente pasa página?