Condenado (Hermanos Blackwood) BIANCA
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BIANCA

Apoyo la espalda contra la fría pared de piedra, luchando por controlar la respiración.

El vestido de seda azul se me pega a la piel, tan fino que es como ir desnuda.

Mis dedos recorren el borde de la máscara de porcelana que cubre la mitad superior de mi rostro mientras intento memorizar el camino que he seguido por este elaborado laberinto.

Izquierda, derecha, derecha, izquierda, recto tres cruces, luego derecha otra vez.

Las paredes se alzan sobre mí, proyectando sombras desorientadoras. Llevo vagando lo que parecen horas, aunque probablemente solo han sido veinte minutos. Hasta ahora no me he cruzado con nadie: ni con las otras mujeres que hacen de «presas» esta noche, ni con ninguno de los cazadores.

El corazón me late con fuerza, una mezcla de miedo y anticipación, una reacción que no quiero reconocer. El recuerdo de los mensajes de Knox de anoche me cruza la mente: esas fotos de su polla, gruesa y dura. Aprieto los muslos, intentando ignorar el calor que se acumula entre ellos.

—Concéntrate, Bianca —me susurro—. Esto no va de deseo. Va de supervivencia.

Pero aun mientras lo digo, sé que me estoy mintiendo. Parte de mí quiere que me encuentre, quiere sentirlo follándome como prometió.

De repente, un cuerno ensordecedor rasga la noche y me hace dar un respingo. El sonido rebota en las paredes de piedra, reverberando en mi interior. Me quedo inmóvil, conteniendo la respiración.

Han soltado a los cazadores.

Knox está aquí, buscándome. Solo pensarlo me provoca un escalofrío que me recorre la espalda. Mi coño palpita, ya empapado a pesar del miedo, o siendo sincera, precisamente por él. La combinación de peligro y deseo resulta embriagadora.

Me aparto de la pared con las piernas temblándome ligeramente. Necesito seguir moviéndome. Quedarme quieta significa que me atrapen, y aunque parte de mí anhela esa captura, otra parte exige que se lo curre. Si va a tenerme, tiene que ganárselo.

—Atrápame si puedes —susurro, recogiéndome la falda del vestido mientras echo a correr y me adentro en el laberinto.

De repente, un rumor sordo reverbera bajo mis pies. La vibración me sube por las piernas y me quedo inmóvil, apoyando instintivamente la palma en la pared más cercana para no perder el equilibrio.

—¿Qué demo...?

La piedra se mueve bajo mis dedos. No de forma sutil, sino con un propósito claro. Retiro la mano como si me hubiera quemado y observo horrorizada cómo toda la pared empieza a deslizarse hacia un lado con un chirrido que resuena por el pasillo donde me encuentro.

—Se están moviendo —susurro mientras caigo en la cuenta con una claridad que me revuelve el estómago—. Las malditas paredes se están moviendo.

La respiración se me acelera, el pánico arañándome el pecho. Los cazadores lo saben. Tienen que saberlo. Si no, ¿por qué Xavier habría sonreído con esa sonrisa fría y calculadora al explicar las reglas? ¿Por qué Knox habría parecido tan seguro de sí mismo?

Tuvimos ventaja, pero no sirve de nada si ellos conocen los secretos del laberinto.

Giro sobre mis talones con el corazón martilleándome en las costillas, desesperada de repente por desandar el camino. Quizá si vuelvo por donde vine pueda encontrar otra ruta, una menos predecible.

Pero al darme la vuelta, la pared a mi espalda se cierra de forma definitiva, bloqueándome la salida con dos metros de piedra maciza.

—¡Joder! —la palabra me sale de la garganta antes de que pueda contenerla y rebota en las paredes que están borrando cualquier esperanza de un juego justo.

La única salida, la única seguridad ahora, es seguir adelante.

Hay quince hombres. ¿Y si Knox no me encuentra primero?

¿Qué demonios he hecho? Golpeo la barrera recién formada con el puño, sin conseguir nada más que un dolor punzante en los nudillos.

Me están arreando como a un animal.

Una risa lejana resuena por el laberinto: masculina, segura, depredadora. No distingo si es Knox o uno de los otros cazadores. Aun así, una oleada de sensaciones contradictorias me invade: miedo y excitación se mezclan en mis venas hasta que apenas puedo distinguirlas.

Las paredes siguen moviéndose, arreándome por un corredor estrecho que parece el único camino que queda. Respiro en jadeos cortos y aterrados al darme cuenta de que no tengo más opción que seguir adonde el laberinto me lleve.

El corredor se ensancha de repente y desemboca en una habitación circular que hace gritar a partes iguales a mi sensibilidad artística y a mis instintos de supervivencia.

El espacio está tenuemente iluminado con luces azuladas que lo bañan todo en un resplandor etéreo.

En el centro hay una cama, si es que puede llamarse así, más bien un altar de depravación.

Sábanas de seda negra cubren una enorme plataforma circular, rodeada de postes de metal ornamentados de los que cuelgan cadenas y esposas a distintas alturas.

Las paredes están forradas de vitrinas que exhiben objetos que me hacen arder las mejillas: látigos, antifaces, pinzas y juguetes que solo he visto en los rincones más oscuros de internet. Cada objeto está dispuesto con cuidado meticuloso, como piezas de museo.

Lo que más me llama la atención es el techo: un espejo enorme que refleja todo lo de abajo, de modo que quien acabe en esa cama se verá obligado a contemplar su propia sumisión desde todos los ángulos.

—Dios santo —susurro mientras retrocedo instintivamente.

Pero mientras retrocedo, un clic mecánico resuena por la habitación. La entrada por la que vine se cierra con un golpe seco y me deja encerrada en esta cámara.

El corazón me martillea en las costillas mientras otra puerta en el lado opuesto de la habitación se abre deslizándose.

Y ahí está: Knox Blackwood, con su máscara azul cubriéndole la mitad inferior del rostro.

Viste de cuero negro, que se le ciñe al cuerpo musculoso como una segunda piel.

Verlo ahí plantado, con los ojos recorriéndome el cuerpo con hambre, hace que el pulso se me acelere.

Las emociones que me inundan se han vuelto tan frenéticas que ya no distingo una de otra.

—Te encontré —dice con voz grave y peligrosa mientras la puerta por la que ha entrado se cierra.

Retrocedo hasta que los hombros chocan contra la pared, con el pecho agitándose a cada respiración acelerada. De repente, la máscara de porcelana me aprieta demasiado contra el rostro, atrapando el calor de mi piel sonrojada.

—Aléjate de mí, Knox —siseo, intentando que la voz no me tiemble a pesar del temblor de mis piernas.

Ladea la cabeza, con los ojos arrugándosele sobre la máscara azul en lo que sé que es una sonrisa burlona.

—¿Y por qué iba a hacer eso? —su voz es suave como la seda, juguetona incluso mientras avanza hacia mí como un depredador—. ¿Cuando tu coño está llorando por mi polla?

Me arde la cara ante sus palabras crudas.

—No sabes de qué hablas.

—Puedo olerlo a un kilómetro, Bianca —acorta la distancia entre nosotros, sin tocarme todavía, pero tan cerca que noto el calor que irradia—. Tan mojada y necesitada de que te llenen.

—Que te jodan —escupo, apretándome más contra la pared como si pudiera atravesarla y desaparecer.

Knox suelta una risita y el sonido me recorre entera. —Ese es el plan, cariño —dice, apoyando una mano en la pared junto a mi cabeza mientras se inclina hacia mí—. Pero primero quiero oírte suplicar.

Sus dedos trazan un camino suave como una pluma por mi brazo, erizándome la piel a su paso.

—Dime qué quieres, Bianca.

—Nada de ti —logro decir, pero la voz me sale entrecortada y débil.

Knox se aprieta contra mí y noto su erección a través de los pantalones de cuero. Mi cuerpo responde como un traidor: una oleada de humedad entre los muslos me obliga a apretarlos.

—Tu cuerpo dice lo contrario.

Me acuna el rostro con sorprendente delicadeza y me roza el labio inferior con el pulgar.

—No voy a obligarte. Quiero que me lo pidas.

Su otra mano se desliza por mi costado hasta posarse en la cadera.

—Quiero que digas: «Por favor, fóllame, Knox».

Se me escapa un gemido antes de poder evitarlo. Su contacto despierta cada terminación nerviosa y oleadas de sensaciones me recorren el cuerpo.

—Cuatro palabritas —murmura—. Y te daré todo con lo que has fantaseado.

Aparto la cabeza de su contacto, reuniendo la poca determinación que me queda.

—¿Crees que voy a ceder después de tres meses de este jueguecito del gato y el ratón?

—las palabras salen más firmes de lo que me siento—.

Llevas persiguiéndome desde que nos conocimos, Knox.

¿Qué te hace pensar que esta noche cambia algo?

Toda esa mierda de tira y afloja, donde intentas convencerme de que eres humano solo para dar un giro de ciento ochenta grados al momento siguiente...

eso demuestra que eres exactamente eso: un imbécil.

¿Y crees que eso podría hacerme querer follarte?

—Porque esta noche no tienes adónde huir.

Me río.

—¿Y qué? ¿Crees que encerrarme en una mazmorra sexual va a hacer que abra las piernas y suplique?

—No.

Su mano se desliza de la cadera al muslo, jugueteando con el dobladillo del vestido.

—Pero ese delicioso temblor cada vez que te toco lo dice todo.

Le aparto la mano de un manotazo.

—Sigue soñando, Blackwood. Una reacción física no tiene por qué ser algo bueno.

—Siempre tan jodidamente desafiante.

No parece enfadado, sino encantado.

—Es lo que me encanta de ti.

—No soy tuya para que me quieras —le espeto.

Knox retrocede un poco.

—Todavía no.

Antes de que pueda responder, se arrodilla ante mí. El movimiento es tan inesperado que me quedo paralizada. Sus manos se deslizan por las pantorrillas, bajo el vestido, subiendo tan desesperantemente despacio por los muslos que me dan ganas de gritar.

—¿Qué haces? —la voz me sale entrecortada, para mi vergüenza.

—Enseñarte lo que te has estado perdiendo.

Sus dedos llegan a la entrepierna y abre los ojos de par en par al darse cuenta de que no llevo ropa interior.

—Joder, Bianca. ¿Querías que te pillaran?

—No —miento, aunque el calor me sube a la cara.

Knox se ríe con una risa oscura, cómplice. Levanta el dobladillo del vestido, exponiéndome a su mirada hambrienta. Debería detenerlo. Pero me quedo paralizada, con la espalda pegada a la pared y el corazón martilleándome en el pecho.

—Sin bragas, empapada... dime otra vez que no quieres esto.

Se inclina hacia delante, tan cerca que siento su aliento contra el coño. Pero no me toca: se baja la máscara hasta el cuello y sopla una corriente de aire fresco contra el clítoris hinchado.

Jadeo y las caderas se me sacuden involuntariamente hacia su boca. La provocación es enloquecedora: tan cerca de lo que necesito, pero aún demasiado jodidamente lejos.

—Joder —gimo. Mis dedos se deslizan por su pelo y agarro los mechones suaves, incapaz de decidir si quiero apartarlo o acercarlo más.

Los dedos de Knox juguetean con el borde del vestido.

—Dime, Bianca —dice con voz ronca—. ¿Quieres que me coma ese coño como si fuera mi última cena?

Desliza las manos por los muslos, provocadoramente cerca pero sin tocar donde más lo necesito.

—Porque si es lo que quieres, necesito oírte suplicar. Suplícame que te haga correr.

Se me corta la respiración. El hambre en sus ojos hace que me flaqueen las rodillas, y soy dolorosamente consciente de lo mojada que estoy, de lo desesperadamente que quiero su boca sobre mí. Pero ¿suplicarle a Knox Blackwood? ¿Darle esa satisfacción después de meses de persecución implacable?

—Que te jodan —susurro, pero sin ninguna convicción.

—Eso no es suplicar —dice mientras sus pulgares trazan pequeños círculos en la cara interna de los muslos—. Inténtalo otra vez.

Me muerdo el labio, luchando contra las palabras que pugnan por salir. Mi orgullo libra una guerra con mi deseo, pero el palpitar entre las piernas se vuelve insoportable. Knox espera con paciencia, viéndome desmoronar.

—Por favor —susurro.

—¿Por favor qué?

Se inclina más y su aliento me acaricia la carne palpitante.

—Quiero oír exactamente qué quieres que te haga.

Aprieto los dedos en su pelo.

—Por favor, cómeme el coño —digo con la voz temblorosa de necesidad y vergüenza—. Hazme correr. Por favor, Knox.

Una sonrisa triunfante se dibuja en su rostro mientras me mira.

—¿Tan difícil era?

Aprieto la mandíbula mientras la vergüenza y el deseo luchan dentro de mí. Estoy a punto de mandarlo al infierno, de retractarme de mi momento de debilidad...

Pero antes de que pueda formar las palabras, su boca está sobre mí, caliente y exigente. Su lengua acaricia el clítoris con precisión diabólica, seguida de una succión tan intensa que resulta casi insoportable.

—¡Oh, Dios! —grito.

El orgasmo me golpea como un rayo: inmediato, abrumador, eléctrico.

Las piernas me flaquean mientras el clímax me atraviesa.

Justo cuando creo que voy a desplomarme, Knox me rodea la parte trasera del muslo izquierdo con una mano y me lo levanta con suavidad para colocármelo sobre el hombro.

El ángulo le da acceso total para atormentarme, pero también me permite mantenerme contra la pared.

Mis dedos se aferran a su pelo con desesperación mientras cabalgo el orgasmo más intenso de mi vida.

Nunca me había corrido tan rápido, nunca con apenas segundos de contacto.

Tiemblo sin control mientras el placer me atraviesa en olas implacables, y la humedad me inunda los muslos.

Knox gruñe con avidez contra mí, con las manos aferradas a mis caderas para mantenerme erguida mientras devora todo lo que le doy, su lengua implacable en su empeño.

Cuando los temblores finalmente ceden, me quedo sin aliento, aferrada a él en busca de apoyo porque las piernas se me han vuelto de gelatina. Knox se aparta lo justo para mirarme a los ojos, con mi excitación brillando en sus labios y su barbilla.

—Eres tan buena para mí, joder —gruñe—. Tan sensible. Tan perfecta.

Su pulgar me roza el clítoris, aún palpitante, y me hace estremecer.

—Te has corrido tan rápido, joder... Porque tú también lo deseabas desde que nos conocimos, igual que yo.

Quiero negarlo, aferrarme a algún resto de dignidad, pero sé que a estas alturas ya es tarde para eso. Ya no puedo negar lo que ansío de él. La verdad está escrita en mis muslos temblorosos y en la humedad que le cubre la cara.