capítulo ocho
Nada más entrar en el aula, el corazón se me acelera. Él está ahí, sentado en su lugar de siempre. Camino hacia el asiento vacío junto a Alec, sin dignarme a mirarlo mientras me siento. No dice nada, solo sigue con la vista al frente.
Todas esas confesiones, sus dedos dentro de mí, y vamos a fingir que no ha pasado nada, como auténticos profesionales.
—Muy bien, clase —comienza el profesor Harlow con voz autoritaria—. Hoy hablaremos de las implicaciones de la brecha socioeconómica en nuestra sociedad.
—He recogido los anticonceptivos a primera hora —digo lo más bajo que puedo.
—Oh —es todo lo que dice Alec, con la mirada fija en el profesor.
—En unos días ya podremos —digo.
Alec hace un ruido de asentimiento, pero sigue fingiendo que escucha al profesor.
A medida que avanza la clase, noto la presencia de Alec a mi lado, y resulta perturbadoramente distractora.
De repente, siento el calor de su mano en mi muslo, bajo la mesa.
Se me corta la respiración cuando sus dedos empiezan a avanzar lentamente hacia mi centro.
Justo cuando estoy a punto de reprenderlo, el profesor me llama.
—Señorita Winters, ¿puede darnos un ejemplo de cómo afecta esta brecha a la educación?
Mi mente se queda en blanco mientras los dedos de Alec continúan su provocador recorrido, lo que hace imposible que me concentre en nada más. Abro la boca e intento formar palabras, pero no me sale nada.
—Eh... —tartamudeo, deseando que me trague la tierra—. Yo... eh...
—Quizás —interviene Alec con suavidad, sacándome del apuro—, Salem quería mencionar que los estudiantes de familias adineradas tienen mayor acceso a recursos y oportunidades, mientras que los de familias con menos ingresos se enfrentan a barreras económicas y tienen menos posibilidades de éxito.
—Muy bien dicho, Señor Vanderholt —asiente el profesor Harlow con aprobación, y continúa con la clase. Le lanzo a Alec una mirada mezcla de gratitud e irritación, con las mejillas ardiendo.
—Gracias —murmuro entre dientes, intentando recuperar el control de mis pensamientos desbocados.
—Cuando quieras, Dora —responde Alec en voz baja, rezumando satisfacción.
—¿Dora? —pregunto en voz baja, frunciendo el ceño.
—Como la exploradora —dice con una sonrisa burlona mientras sus dedos me rozan el centro por encima de las bragas. Quiero morirme cuando descubre que ya estoy húmeda.
Joder.
—No puedes usar ese apodo —gruño—. Es de unos dibujos para niños.
—Aun así me parece apropiado —dice en voz baja, con los ojos fijos en el profesor para que no lo pillen.
Mientras sus dedos continúan su tortuosa exploración, lucho por concentrarme en la clase; cada palabra que pronuncia el profesor Harlow me resulta más difícil de procesar. El contacto de Alec es electrizante, me consume por completo.
Y cuando estoy a dos segundos de despeñarme por el precipicio y ponerme en ridículo corriéndome con un grito en medio de la clase, agarro la mano de Alec y la aparto de un manotazo.
—¿Pasa algo, Dora? —pregunta con una sonrisita.
—Eres malvado —digo con el pecho agitado—. A ver qué tal te gusta a ti.
El corazón se me acelera mientras reúno el valor para darle la vuelta a la tortilla.
Echo un vistazo rápido al profesor Hughes para asegurarme de que está absorto en su clase, y entonces deslizo la mano sobre el regazo de Alec.
La conmoción momentánea en su rostro me dice que no se espera lo que viene.
Lo agarro por encima del pantalón y noto su longitud y dureza bajo la tela.
Oh, joder. ¿Cómo va a caber eso dentro de mí?
Pillado por sorpresa, Alec deja escapar un gemido suave que solo yo puedo oír.
Se me acelera el pulso, la emoción me recorre el cuerpo como una descarga eléctrica.
Saboreo la satisfacción de tenerlo a mi merced por una vez.
—Joder, Salem —susurra tan bajo que solo yo lo oigo, con la mandíbula apretada mientras intenta mantener la compostura.
—Cuidadito —le murmuro mientras lo aprieto un poco más fuerte, embriagada por una mezcla de poder y excitación—. No querrás que se enteren nuestros compañeros, ¿verdad?
—Supongo que es justo devolver el golpe —gruñe con los ojos entornados peligrosamente. Está claro que no esperaba esta faceta mía, pero también hay una chispa de excitación en su mirada.
Antes de que nuestro juego pueda ir a más, el profesor Harlow anuncia un debate abierto sobre el tema en cuestión, y a regañadientes suelto a Alec.
—En cuanto a la desigualdad de ingresos en la educación —comienzo tras levantar la mano—, es esencial abordar no solo las barreras económicas a las que se enfrentan los estudiantes con menos recursos, sino también los factores culturales y sociales que contribuyen a esta disparidad.
Por mucho que estuviera disfrutando cada segundo con la mano envuelta alrededor de la polla de Alec, he venido a esta clase a aprender.
Mientras argumento mi punto de vista, mi atención pasa de Alec al tema en cuestión.
Al fin y al cabo, este es mi territorio: un lugar donde brillan mi intelecto y mi determinación.
Noto que varios compañeros asienten mientras otros garabatean notas.
Alec parece estar escuchando atentamente, pero no se me escapa que se remueve incómodo en su asiento y tiene que recolocarse. Me siento jodidamente satisfecha de ser la causa de su incomodidad.
—Una perspectiva interesante, Salem —dice Alec con suavidad mientras me sostiene la mirada con una sonrisa desafiante—. Sin embargo, también es importante considerar el papel que juega la responsabilidad personal en el éxito. Sea uno rico o no, el empuje y la ambición pueden llevarlo a lo más alto.
Creo que intenta halagarme. Pero sus palabras siempre van cargadas de púas.
—Tienes razón, Alec. La responsabilidad personal es un factor —concedo—.
Pero no pretendamos que todos partimos del mismo punto.
A algunos se lo han dado todo en bandeja de plata, mientras que el resto hemos tenido que rebuscar hasta para encontrar un tenedor.
—Estaré encantado de prestarte mis cubiertos, son del tamaño perfecto —responde con una expresión que se vuelve absolutamente perversa.
Madre mía, qué malo es.
—Ya basta, vosotros dos —interrumpe el profesor Harlow con un gruñido antes de que esto vaya a más—. Mantengamos el civismo y centrémonos en el tema.
Pero nuestro pobre profesor no tiene ni idea de a qué se refería realmente Alec.
Su polla.
La que tenía en mi mano, en su aula, hace apenas unos momentos.
Me sonrojo intensamente y me recuesto en mi asiento, como si no acabara de hacer algo tan impropio de mí.
Esa noche, mientras me preparo para salir de mi habitación, suena una notificación en el móvil. Nueva publicación de Vice. Sin siquiera ver el contenido, me sonrojo. Me tiemblan los dedos mientras pulso la notificación.
Mierda.
Es un vídeo sencillo. Alec está de pie, sin camiseta, de espaldas a la cámara.
Mira por una ventana, con un brazo doblado apoyándose en el marco.
Solo puedo ver la mitad de su rostro enmascarado, pero incluso así se me acelera el corazón.
La cámara hace un zoom lento, y la música encaja perfectamente con ese ambiente melancólico.
El pie de foto dice: «Esperándote».
Oh, mierda.
No puedo interpretarlo de otra forma que como un guiño directo hacia mí. Sobre todo teniendo en cuenta que se supone que debo llegar a su apartamento en cualquier momento.
Ya hay veinte comentarios en apenas sesenta segundos desde que lo publicó.
Voy para allá.
¿Vice tiene novia?
Corazón roto.
Estate listo cuando llegue, chico grande.
Estos comentarios son una locura. Y me sonrojo al aceptar que lo escribió para mí, mientras toda esta gente está perdiendo la cabeza.
Con una sonrisa de satisfacción, salgo y me dirijo al apartamento de Alec. De Vice.
Diez minutos después, levanto el puño para llamar a la puerta, pero antes de que llegue a tocar, se abre de golpe. Alec me recibe con ojos hambrientos y serios que me provocan un escalofrío.
—Entra —dice, agarrándome de la muñeca y tirando de mí hacia dentro. En cuanto la puerta se cierra a mi espalda, me toma el rostro entre las manos y me atrae hacia él. Sus labios buscan la piel sensible de mi cuello.
—Dime qué quieres esta noche —murmura contra mi piel, con el aliento caliente y tentador.
Una sonrisa maliciosa se dibuja en mis labios cuando mis ojos encuentran la ventana frente a la que Alec estaba en su vídeo.
—Me gustó tu publicación —admito con voz entrecortada mientras sus labios recorren mi garganta.
—Bien —dice sin separarse—. Ahora, sé buena chica y dime qué quieres.
Trago saliva, sintiéndome vulnerable y envalentonada a la vez. Pensé en esto de camino, sabiendo que me lo pediría y que necesitaba una respuesta.
—Yo... quiero estar desnuda —admito, y me arden las mejillas con la confesión. Mi cuerpo siempre ha sido fuente de inseguridad, pero hay algo en la presencia de Alec que me hace sentir más valiente que nunca—. Nunca... nunca me he sentido cómoda estando desnuda delante de nadie.
—¿En serio? —se aparta un poco, con la sorpresa reflejada en su rostro irritantemente guapo—. Salem, no tienes ningún motivo para sentirte cohibida. Tu cuerpo es jodidamente perfecto.
El corazón me da un vuelco ante sus palabras, pero no puedo evitar poner los ojos en blanco.
—Claro, viniendo del tío que parece un dios griego.
Alec sonríe mientras sus dedos trazan patrones por mi mandíbula.
—Lo digo en serio. Deja que te demuestre lo perfecta que me pareces.
Sus labios reclaman los míos. Calientes.
Exigentes. Me guían. Con cada caricia, con cada beso, siento que mi ansiedad se derrite mientras me rindo.
Sus manos recorren mi cuerpo vestido, y cada roce envía chispas por mis venas.
Nuestras bromas y rivalidad parecen desvanecerse, sustituidas por un deseo abrumador que ninguno de los dos puede negar.