Comprando un papi de la Bratva (Fantasías del zorro plateado nº 6) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Bianca

Es tarde y estoy acurrucada en el nuevo sofá verde oscuro del salón.

Un libro descansa abierto sobre mis rodillas, pero no he pasado ni una sola página en la última media hora.

Las palabras se difuminan ante mis ojos. Hace rato que mis pensamientos están en otra parte.

En él.

Aunque solo lo vi esta mañana.

Darme cuenta de esto me inquieta. ¿Cuándo empecé a esperar con ansias el sonido de sus pasos al volver a casa?

Desde la entrada llega el sonido de la puerta principal al abrirse.

—Ya estoy en casa, esposa.

Instintivamente, cierro el libro y me inclino hacia delante, lista para saludarlo.

Pero me detengo a medio camino.

No. No puedo parecer demasiado ansiosa. Solo estamos casados de mentira. Es solo un trato. No puedo dejar que vea lo que pienso.

Me recuesto en el sofá y vuelvo a abrir el libro con fingida indiferencia.

Los pasos se acercan.

Más cerca.

Y entonces aparece él.

Lleva la corbata aflojada, torcida alrededor del cuello.

Las mangas de la camisa están remangadas y dejan a la vista las venas marcadas que recorren sus fuertes antebrazos.

Tiene el pelo ligeramente despeinado, con algunos mechones caídos sobre la frente.

Cada centímetro de él irradia un atractivo peligroso, letal.

—B-Bienvenido a casa —murmuro, tan bajo que apenas me oigo.

Kirill no responde.

Simplemente avanza hacia el sofá con esas piernas largas.

—¿Kirill? —pregunto con cautela—. ¿Qué pa...?

Antes de que pueda terminar, se inclina de repente.

Sin previo aviso.

Su mano áspera y cálida se posa directamente sobre mi vientre plano.

Todo mi cuerpo se pone rígido.

Por un momento, es como si la sangre de mis venas se hubiera convertido en hielo.

A través de la fina tela de mi ropa de andar por casa, su palma presiona con firmeza el lugar que se supone debería estar albergando una vida y que, sin embargo, no contiene nada. La sensación es tan real, tan abrasadora, que parece capaz de ver a través de mi piel y de cada mentira que he contado.

Contengo la respiración.

Pero Kirill no aparta la mano.

En cambio, acaricia lentamente mi bajo vientre a través de la tela.

—El bebé... —mi voz tiembla mientras mi mente se acelera, buscando desesperadamente las palabras adecuadas—. Se... se ha portado muy bien hoy.

Kirill no responde de inmediato.

Su mirada se clava en la mía, esa mirada penetrante que no me deja escapatoria. Al mismo tiempo, los dedos presionados contra mi vientre se tensan ligeramente, como si me estuviera poniendo a prueba. O advirtiéndome.

—¿Cuándo habrá movimiento?

Su voz profunda rompe el silencio, ronca y magnética, pero un escalofrío me recorre la espalda.

—Solo han pasado poco más de dos meses... —evito su mirada y clavo los ojos en el tercer botón de su camisa mientras miento—. El médico dijo... que todavía no habrá movimiento. No se nota hasta los cuatro o cinco meses.

—¿Ah, sí?

De repente, se acerca más.

La punta de su nariz casi roza la mía.

Siento el calor de su aliento en el rostro.

Mi mente se queda completamente en blanco.

Al segundo siguiente, baja la cabeza y me besa con fuerza.

No hay ni rastro de ternura en el beso.

Es puro castigo.

Su lengua me separa los labios a la fuerza.

Intento apartarlo, con ambas manos apoyadas contra su pecho, duro como el hierro.

—Mmph...

Atrapada en el enredo de labios y lenguas, lucho por articular sílabas entrecortadas.

—Kirill... sé más suave —le recuerdo—. T-Ten cuidado con el bebé.

Las palabras parecen activar algún interruptor prohibido en su interior.

—¿El bebé? —un gruñido bajo, casi animal, brota de su garganta—. ¿Todavía te preocupa el bebé ahora mismo?

Su mano se dispara hacia el cuello de mi camisa.

Riiip—

El sonido de la tela al rasgarse atraviesa la habitación. Los botones se dispersan por el suelo y rebotan con chasquidos agudos. El aire frío me golpea la piel cuando mi ropa se abre.

—¡Kirill! —grito.

Pero no me da oportunidad de reaccionar.

Me hunde en el sofá y me inmoviliza, usando su tamaño y su fuerza abrumadora para atraparme por completo. Su cuerpo cubre el mío; su peso me dificulta la respiración.

Ha desaparecido cualquier cuidado que una mujer embarazada debería recibir. Ha desaparecido cualquier ternura.

Se abre paso entre mis piernas; su rodilla las separa implacablemente y me deja expuesta ante él en una posición insoportablemente humillante.

Lo miro a los ojos.

Una tormenta violenta se agita en esas profundidades de un gris azulado: ira, celos, posesividad y alguna emoción complicada que no logro identificar del todo. Se retuercen juntas y arden en un fuego furioso, como si quisiera reducirme a cenizas a mí y a cada una de mis mentiras.

Pensé que lo entendía.

Está celoso.

Celoso de que lleve en mi vientre al hijo de otro hombre. Celoso del hombre que no existe, el que supuestamente me poseyó antes que él.

Darme cuenta de ello me llena de una extraña satisfacción.

Así que este demonio de sangre fría también puede sentir celos.

Lo que siente por mí no es solo posesividad, sino algo más profundo, algo que quizás ni él mismo reconoce.

Dejo de resistirme.

Mis dedos se aferran a la tela de su camisa, los nudillos blancos por la fuerza del agarre.

Sus besos descienden de mi boca al lado del cuello. La punta de su lengua sigue la línea de mi clavícula mientras sus dientes rozan mi piel sensible, dejando un rastro de marcas ardientes. Son declaraciones de propiedad, las marcas que una bestia deja en su presa.

Un escalofrío me recorre.

El miedo y el placer se entrelazan hasta que ya no puedo distinguir si estoy asustada o anhelando lo que viene después.