Epílogo
Ruby
La capilla está más fría de lo que esperaba, el frío se me mete en los huesos mientras estoy en las sombras, oculta tras una columna de mármol. El olor a madera vieja e incienso desvanecido flota en el aire, mezclándose con el suave murmullo de los invitados reunidos para la ceremonia.
Es treinta y uno de diciembre, el último día del año, y estoy aquí, invisible, viendo cómo Nick se casa con Carolina.
No iba a venir. Ni siquiera respondí a la invitación, insegura de si podría soportarlo.
Pero algo me atrajo hasta aquí, una fuerza invisible a la que no pude resistirme, aunque solo fuera para observar desde la oscuridad.
No puedo estar a su lado, sonriendo y fingiendo que todo está bien.
Pero necesito presenciar este momento en sus vidas, aunque no sepan que estoy aquí.
Nick parece... diferente. Más en paz de lo que jamás lo he visto.
Está de pie al frente, su expresión habitualmente severa se ha suavizado mientras mira a Carolina.
La forma en que la mira es como si ella fuera la única persona en el mundo.
Nunca lo había visto así, tan abierto, tan vulnerable.
Eso me duele, un recordatorio punzante del tipo de amor que nunca he tenido. El tipo de amor que nunca tendré.
Al frente, cerca del pasillo, hay una fotografía de Willow, su sonrisa radiante congelada en el tiempo. Es un retrato grande, ampliado para que nadie pueda pasarlo por alto. Ver su rostro me deja sin aliento, una ola de dolor se estrella sobre mí tan repentinamente que casi me doblo.
La echo tanto de menos, más de lo que puedo expresar con palabras.
Willow, con su risa, su curiosidad infinita, su forma de hacer que todo pareciera más brillante. No la conocí mucho tiempo; nuestro tiempo juntas fue breve, robado en medio de todo el caos. Pero fue suficiente. Suficiente para amarla. Suficiente para sentir este vacío ahora que se ha ido.
Los votos son suaves, íntimos, y flotan por la capilla silenciosa como un secreto susurrado. La voz de Carolina tiembla ligeramente, pero también hay fuerza en ella, una determinación de seguir adelante, de estar al lado de Nick sin importar lo que venga.
La voz de Nick es firme, las palabras brotan de sus labios con el tipo de certeza que siempre he envidiado.
Hablan del para siempre, de promesas que no se romperán, de un amor que durará.
Es hermoso, de verdad, pero lo único en lo que puedo pensar es en lo inalcanzable que parece ese tipo de amor para mí.
No tengo amor, ni siquiera una pizca.
Lo que tengo es un hombre que me compró como si fuera una propiedad, un hombre que lleva la crueldad como una segunda piel. Mi padre me vendió, me cambió hace diez años por poder y riqueza, y me dejó en manos de un monstruo.
Cada vez que pienso en él —sus ojos fríos, su sonrisa retorcida, la forma en que sus dedos se clavan en mi piel— siento una oleada de odio tan feroz que casi me asusta.
Pero no es solo odio. Es miedo. Miedo de lo que hará después, de la oscuridad que acecha detrás de cada una de sus palabras, de cada uno de sus toques.
Necesito salir, pero no sé cómo. Y cada día que me quedo, siento que me encojo, que desaparezco en la nada.
Cuando Nick se ofreció a liberarme, casi dije que sí. Pero no puedo. Mi libertad nunca significará nada si me la dan igual que me la quitaron. Y además, no necesito que me salven. Necesito encontrar la forma de salvarme a mí misma.
Pero aquí, oculta en las sombras, me siento tan lejos de eso.
Tan lejos de todo lo que quiero, de todo lo que necesito.
Lo único que puedo hacer es observar, preguntándome si alguna vez tendré lo que Nick y Carolina tienen.
O si estoy destinada a permanecer en las sombras, viendo cómo las personas que amo encuentran la felicidad, mientras espero a que la maldición me alcance.
O tal vez la presencia que me acecha finalmente se muestre y acabe conmigo antes de que pueda volver a respirar. Mmm, no, todavía nada.
Llevo casi una semana sintiendo la presencia de alguien que me sigue. Aunque nunca la he visto, sé que está ahí. Puedo sentirlo en el aire, oírlo en los pasos demasiado silenciosos. No he estado sola desde la mañana de Navidad.
Hay una pequeña posibilidad de que me esté volviendo paranoica y sea solo mi mente jugándome una mala pasada, pero no creo que sea eso. Estoy acostumbrada a que me sigan; primero por orden de mi padre, después por orden de mi marido. Sé lo que es que te vigilen.
Dejo escapar un pequeño suspiro, preguntándome, no por primera vez, si la maldición me está alcanzando.
La maldición de la familia Knight: tres herederos para asegurar el futuro, porque el destino siempre se lleva a dos.
Lo hemos escuchado toda la vida, cómo uno de nosotros está destinado a sobrevivir mientras los otros caen.
Jack ya ha muerto una vez; bromea al respecto, pero veo la verdad en sus ojos.
Sabe que la maldición es real, sabe que ya nos ha marcado.
Yo también lo siento, esta sensación creciente de inevitabilidad.
Viene por mí, estoy segura. La maldición, el destino que espera entre bastidores, listo para reclamar a su próxima víctima.
Lo siento en los huesos, la certeza de que no sobreviviré mucho tiempo.
Tal vez por eso estoy aquí, escondida, observando desde las sombras.
Tal vez solo estoy esperando el final, esperando a que la maldición tome lo que se le debe.
Nick y Carolina se besan, sellando sus votos, sus destinos entrelazados de una forma que parece casi sagrada.
La capilla está en silencio, ese tipo de silencio cargado de significado.
Y lo único que puedo hacer es observar, preguntándome si alguna vez tendré eso.
O si estoy destinada a permanecer atrapada en este matrimonio, asfixiándome bajo el peso de una vida que nunca elegí.
Pero aparto esos pensamientos y me concentro en la calidez en los ojos de Nick mientras mira a Carolina.
Hay tanto amor ahí, tanta devoción. No puedo evitar sentir una punzada de envidia, pero también...
esperanza. Tal vez no sea demasiado tarde para mí tampoco.
Tal vez todavía haya una oportunidad de algo más, algo real.
O tal vez sea solo el sueño de una tonta, y yo sea la siguiente en el tajo. Pero por ahora, me quedaré aquí, oculta en las sombras, observando y esperando. Es lo que siempre he hecho mejor, después de todo. Y si la maldición viene por mí, si mi marido finalmente me rompe, estaré lista.
Tengo que estarlo.
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