Capítulo 16
La Reproductora
Estoy muriéndome de aburrimiento.
Ya está, lo he dicho.
Sentada en uno de los taburetes de la cocina, enrollo un mechón de pelo en el dedo índice mientras tarareo. He intentado entablar conversación con Greta —así se llama la mujer que me traía comida cuando estaba encerrada en el dormitorio—, pero solo me responde con monosílabos.
—¿Té? —pregunta, que supongo es su manera de ofrecerme más.
Niego con la cabeza.
—No, gracias.
¿De qué sirve estar cerca de una de las pocas personas que veo por aquí si no quiere hablar conmigo?
Al moverme en el taburete, hago una mueca cuando la base del tapón entre mis piernas roza accidentalmente la superficie dura. Pero, a pesar de la incomodidad inicial, la sensación se transforma rápidamente en deseo y mi clítoris empieza a palpitar.
Maldita sea esta cosa, y las órdenes de Nicklas de llevar solo faldas o vestidos sin bragas. Aunque, por otro lado, resulta sexy y prohibido ir así. Vale, quizás no lo odio del todo.
Han pasado dos días desde la extraña cena con la familia de Nicklas. Yo pensé que había sido un desastre, pero Nicklas lo vio de otra manera. Al menos, eso fue lo que me dijo cuando llegamos a casa. Casa… menuda broma. Puede que viva aquí por ahora, pero esto no es mi hogar.
Ayer pasé el día con Willow. La visité en la residencia y luego fuimos a una cafetería cercana a tomar chocolate caliente.
Nuestra primera salida juntas en años. No porque ella no pueda salir, claro que puede.
Pero nunca he tenido dinero de sobra, ni siquiera para algo tan simple como una bebida caliente.
Pero gracias a que Nicklas ya ha pagado todas mis facturas, tengo algo de efectivo. Y como insistió en que uno de sus hombres me acompañara, no tuve que preocuparme por el transporte. Por suerte, el tipo se mantuvo a una distancia discreta, así que no tuve que explicarle a Willow quién era.
Pero, uf, sí tuve que contarle a mi hermana lo de Nicklas, todo por culpa de Ruby y sus…
intromisiones. Como no puedo, ni quiero, explicar nuestro acuerdo, fui al grano y le dije que tengo un nuevo trabajo.
O sea, no es exactamente mentira. De hecho, es totalmente cierto, ya que me está pagando por usar mi vientre. Algo así como un contrato de alquiler.
Me río para mis adentros, odiando lo clínico que suena, sobre todo cuando cada interacción entre nosotros es todo menos eso.
Si pensaba que solo tendría que abrir las piernas mientras él se movía, estaba muy equivocada.
Nicklas es… intenso. Y con cada caricia, siento que está despertando algo en mi interior. Quizás así sea.
Cojo el móvil de la encimera y vuelvo a mirar la hora. Apenas son las diez de la mañana, y con Willow ocupada hoy en alguna excursión de la residencia, no tengo ni idea de qué hacer. Pero no aguanto más las miradas reprobatorias de Greta, así que aparto la taza y me bajo del taburete.
—Yo… eh… te veo luego.
Ni siquiera se digna a contestar, solo sigue con lo que esté haciendo en el fregadero.
Con el aburrimiento royéndome por dentro, decido que ya es hora de explorar el ático de Nicklas. Al salir de la cocina, el aire se impregna del aroma a sándalo, un recordatorio constante de la presencia de mi perverso Santa.
Deambulo de habitación en habitación con los sentidos aguzados por la curiosidad. Las piezas de arte moderno que adornan las paredes son impactantes: una mezcla de colores atrevidos y formas abstractas. No acabo de entenderlas, pero hay algo cautivador en su caos.
La sala de estar se transforma en una especie de galería, y me encuentro frente a una pintura que me deja sin aliento. Es un mar oscuro y tempestuoso con un único haz de luz que atraviesa la tormenta. ¿Reflejará la agitación que se oculta bajo la fachada estoica de Nicklas?
Deambulo sin rumbo por el ático mientras mis dedos rozan superficies pulidas y telas suaves. La casa de Nicklas es un tesoro de distracciones, con muchas más habitaciones de las que jamás imaginé.
Algunas puertas están cerradas con llave, pero en lugar de quedarme frente a ellas, paso de largo rápidamente. Como lo he visto matar a un hombre a sangre fría, y ha admitido haber matado a otro solo por verme masturbarme, me da demasiado miedo lo que podría encontrar.
Al llegar a una habitación apartada en la parte trasera del apartamento, empujo la puerta.
Cruje por el desuso, un marcado contraste con el resto del dominio meticulosamente cuidado de Nicklas.
El aire huele a cerrado, cargado de secretos y silencio.
Motas de polvo bailan en la luz oblicua mientras avanzo, con la curiosidad picada por este espacio abandonado.
Una tabla suelta del suelo me hace detenerme. Me arrodillo y la levanto con más entusiasmo que delicadeza. Debajo hay una colección de papeles y un diario de cuero envejecido, agrietado y desgastado. Es un objeto íntimo que parece fuera de lugar entre los estériles documentos legales.
El diario pertenece a una tal Sienna Knight… ¡Oh! Mientras sigo hojeando los papeles amarillentos y desgastados, recuerdo que era la madre de Nicklas.
15 de mayo de 1996¡¡Todavía no puedo creerlo!
! ¡Estoy embarazada otra vez!Me hice la prueba esta mañana y ahí estaba, clarísimo.
Me siento la mujer más afortunada del mundo, aunque también un poco nerviosa.
Este es el tercero, el que completa el número mágico.La familia Knight siempre dice que tres es la clave.
Un heredero no basta. El destino puede ser cruel, y parece que siempre hay una tragedia al acecho, pero con tres, tenemos una oportunidad.Caspian dice que es una vieja superstición, pero es difícil no pensar en ello ahora.Ya tenemos dos niños maravillosos, y ahora deseo con todo mi corazón que esta sea una niña.Una niñita que equilibre el caos, que traiga algo nuevo a nuestras vidas.
Ya me la estoy imaginando, esperando que sea ella quien lo cambie todo, la pieza final del rompecabezas de nuestra familia.Ojalá el destino sea amable esta vez.
—Tres —murmuro, recorriendo las palabras con el dedo.
Sigo hojeando el diario al azar, atraída por las confesiones garabateadas como una polilla por la llama.
22 de agosto de 1996Hoy está dando patadas sin parar.
Un pequeño aleteo, como si me dijera hola.Es increíble pensar que la tendré en mis brazos en solo unos meses.He elegido su nombre: Ruby.
Me parece perfecto, fuerte y vibrante, justo como imagino que será ella.
Ya estoy soñando con su habitación: tonos pastel suaves con toques de rojo intenso, quizás una pequeña piedra de rubí escondida en algún lugar especial.No puedo esperar a conocerte, Ruby. Ya eres mi todo.
Devoro las entradas, cada una de las cuales pinta un cuadro del enigmático imperio de los Knight. La familia Hatt se cierne sobre la narrativa como espectros; su presencia es un recordatorio constante del poder que ata a Nicklas a esta existencia grandiosa pero ensombrecida.
Mi mente bulle con todo lo que acabo de descubrir mientras las piezas del rompecabezas de Nicklas van encajando poco a poco.
Empiezo a comprender, y con ello nace una feroz determinación de aprender más, de ver más allá del hombre de hierro y hielo, de descubrir las vulnerabilidades que guarda con tanto celo.
—Tres —me oigo decir mientras termino otra entrada que destaca el número mágico.
Tres hijos para la supervivencia, para el poder, para la continuidad.
Un escalofrío me recorre la espalda: esto no es solo cuestión de que me mantengan; se trata de quedar irrevocablemente entretejida en el tapiz de un imperio.
Estoy en el suelo, la textura áspera de la vieja alfombra mordiéndome la piel a través del vestido fino, pero apenas lo noto.
Las páginas amarillentas del diario susurran secretos con cada vuelta, y estoy perdida en el mundo de la madre de Nicklas, una mujer cuya fuerza parece haberse filtrado en las mismas fibras de este libro oculto.
Cierro el diario y me lo aprieto contra el pecho.
El contrato que Nicklas redactó solo mencionaba un heredero, así que ¿qué significa eso?
¿No cree en esta superstición? ¿O está planeando que otras mujeres —mujeres mejores— conciban a los dos herederos restantes?
Por alguna razón, ese pensamiento me enfurece.
El aire cambia, se carga de una energía que he llegado a reconocer como Nicklas.
El corazón se me para un instante y luego golpea contra las costillas como si intentara escapar.
Levanto la cabeza, y ahí está él, de pie sobre mí: una sombra oscura contra la luz moribunda que se filtra por la ventana.
—Nicklas —exhalo, y su nombre me quema en los labios como una marca, poderoso y posesivo.
—Gatita, ¿qué has encontrado? —Su voz es un rumor grave que vibra por toda la habitación. Es autoritaria, pero teñida de un anhelo casi palpable.
—El diario de tu madre —admito, sintiéndome como una ladrona pillada con las manos en la masa. Pero en lugar de ira, hay una curiosidad intensa en su mirada, como si me viera por primera vez.
—Déjame verlo. —No pregunta; nunca lo hace. Su mano grande envuelve la mía y me arrebata con suavidad el libro encuadernado en cuero. El calor de su contacto me recorre el brazo y enciende un fuego que se extiende por todo el cuerpo.
—Nicklas... —comienzo, con la sensación de que debería explicarme. Pero él ya me está poniendo de pie, con las manos firmes en la cintura.
—Mírame.
Lo hago, y quedo atrapada en la tormenta de sus ojos oscuros, tan llenos de preguntas y de un hambre que refleja la mía. Es una mirada que dice que está tan atrapado en esta conexión como yo, le guste o no a él, me guste o no a mí.
—Ahora que sabes más sobre mi familia, es justo que me cuentes algo de ti.
Me aclaro la garganta.
—¿Qué quieres saber?
—Dime qué te mueve —dice, y hay algo visceral en su orden, una necesidad de entender a la mujer que tiene entre sus brazos.
—La supervivencia —confieso, la palabra arrancada de algún lugar muy profundo de mi interior—. Para mí, para Willow.
—Supervivencia —repite, y no es una pregunta, sino el reconocimiento de una realidad que compartimos. La atracción entre nosotros se intensifica, magnética e innegable.
Como no me ha regañado por husmear, me siento más valiente y hago mi propia pregunta.
—¿Quién va a gestar a tus otros dos herederos? —Cuando arquea una ceja, continúo—: Tu madre escribió sobre la necesidad de tres herederos. Solo me has pagado por uno. —Por mucho que lo intente, no logro evitar que los celos se filtren en mi tono.
Por supuesto, Nicklas lo percibe; es evidente en la sonrisa felina que le curva los labios.
—¿Estás celosa, Gatita? —Me desliza las manos de las caderas a la espalda, rodeándome con los brazos, y me derrito contra él.
Los pechos se me aplanan contra los duros contornos de su torso, y me pregunto si puede sentir los pezones endurecidos clavándose en él a través de la ropa. El sujetador que llevo no tiene relleno, y la tela fina del vestido apenas cuenta como barrera. Así que... ¿quizás?
—No —digo, negando con la cabeza—. No estoy celosa. Solo... —No sé qué soy. Diga lo que diga mi tono, no estoy celosa. Es más bien que... a nadie le gusta que lo reemplacen, ni saber que van a hacerlo.
—¿Te gustaría dar a luz a todos mis hijos? —pregunta Nicklas, tomándome de la barbilla y obligándome a mirarlo—. ¿De eso se trata?
Me humedezco los labios mientras reflexiono sobre la pregunta. ¿Es eso lo que quiero? No creo que lo sea... pero quizás.
—No lo sé —admito en un susurro.
—Necesitas tener paciencia —responde críptico, inclinándose hasta que su aliento me roza el oído—. Todo a su debido tiempo. —Y aunque sus palabras son una reprimenda, también son una promesa, una que pienso hacerle cumplir.
—Enséñame paciencia, entonces —digo con tono burlón, aunque mi intención es seria. Nicklas sonríe con suficiencia, un brillo peligroso en los ojos.
—Cuidado con lo que deseas. —Sus dedos trazan la curva de la cintura, poniéndome la piel de gallina—. Podrías conseguirlo.
Sus labios se estrellan contra los míos con una pasión que enciende un fuego en mi interior; sus manos, posesivas, me recorren el cuerpo, agarrándome el trasero y apretando, amasando. Con cada movimiento, el tapón que llevo dentro se sacude, y el sexo me arde como si estuviera en llamas.
Con un movimiento rápido, retira el tapón y lo reemplaza ansiosamente con dos dedos.
—Nicklas —jadeo, con la respiración entrecortada mientras él explora más profundo, dueño absoluto de mi cuerpo—. ¡Oh, Dios!
—No tienes ni idea de cuánto te deseo —gruñe, con la voz cargada de una promesa oscura.
Me levanta en brazos y me lleva sin esfuerzo desde la habitación repleta de secretos y susurros del pasado hacia una cámara que promete decadencia y rendición.
Este dormitorio no tiene nada que ver con el nuestro: cadenas cuelgan del techo como enredaderas retorcidas, los juguetes sexuales se exhiben como fruta prohibida, y en el centro hay un columpio sexual. Un. Columpio. Sexual.
En una esquina hay una cama antigua e imponente.
Lo primero que me llama la atención es el cabecero de madera oscura, con una espada tallada con intrincado detalle en el centro, cada trazo afilado y deliberado.
Cuatro postes altos se elevan en cada esquina, envueltos en pesada tela burdeos que cae en cascada como una cortina protectora.
El aire está cargado del aroma a madera vieja y ecos de historia.
Esta cama... Siento como si ya la hubiera visto en algún lugar, aunque eso es imposible.
Mientras me mordisqueo el labio inferior, me doy cuenta de dónde la he visto: en mi imaginación.
Sienna Knight la describió en su diario.
Esta es la cama matrimonial, la cama en la que se supone que debe ser concebido cada heredero.
Trago saliva, el corazón me martillea en el pecho.
La visión de las cadenas, la enormidad de la cama, todo me provoca un escalofrío que me recorre la espalda, no de miedo, sino de anticipación.
Nicklas percibe mi vacilación; su contacto es gentil pero firme mientras me tranquiliza sin palabras, guiándome hacia la cama.
—¿Estás lista para jugar, gatita? —pregunta con voz ronca, haciéndome estremecer entre sus brazos.