Comprada por Santa (Obsesiones estacionales nº 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Cojo el gel de baño del estante y vierto una cantidad generosa en mi palma antes de pegarme a su espalda. Mis manos encuentran sus caderas, mis dedos se extienden sobre su suave piel, y la oigo contener la respiración.

—Relájate —ordeno, la palabra un murmullo grave en su oído. Mis manos son firmes mientras masajeo la espuma sobre su piel, trazando la curva de su cintura y subiendo hasta la redondez de sus pechos.

Se recuesta contra mí, echando la cabeza hacia atrás y dejándome acceso a su cuello. —Nicklas —gime.

Me inclino y le recorro el cuello con la lengua.

—¿Sí, Fierecilla? —Para mayor efecto, le pellizco los pezones, lo que la hace arquear la espalda y empujar el trasero contra mi polla dura.

La giro para que me mire de frente; mi mirada devora la visión de sus mejillas sonrojadas y sus labios entreabiertos.

Mis manos se deslizan más abajo y busco entre sus muslos hasta encontrar el cordón de su tampón. Sin dudarlo, lo saco y lo arrojo a una esquina. Su jadeo es agudo y su cuerpo se tensa.

—N-no deberíamos... Quiero decir... Estoy sangrando. —Baja la cabeza como si se sintiera avergonzada.

—Mírame —gruño. Cuando no obedece, le pongo un dedo bajo la barbilla y la obligo a levantar la cabeza—. Eres mía, Carolina. He comprado el derecho a cada centímetro de ti, incluso a tu sangre.

Hay un destello de algo en sus ojos: miedo, excitación, necesidad. Todo está ahí, mezclándose en las profundidades azules. Pero entonces, sin decir nada, se derrite contra mí mientras la sangre se mezcla con el agua y se arremolina hacia el desagüe.

Mi pulgar le roza el clítoris y le arranca un gemido que le recorre todo el cuerpo.

Es un sonido que me atrapa, que me hace querer escucharlo una y otra vez.

—No pares —gime mientras desliza las manos por mis hombros y baja por mi pecho hasta mis abdominales.

Acaricia cada surco, como si estuviera memorizando mi cuerpo.

Gruño con aprobación cuando alcanza mi polla y cierra el puño alrededor del eje. No me importa que no pueda cerrar la mano alrededor de mi grosor; su contacto es todo lo que importa.

Mientras ella me masturba lentamente, deslizo dos dedos en su calor húmedo. Saber que esa humedad es una mezcla de su lubricante natural y su sangre me vuelve jodidamente salvaje.

—¿Te gusta? —ronronea mientras desliza la mano a lo largo de mi eje con una lentitud deliberada.

—Más fuerte —digo con voz ronca, embistiendo contra su mano—. Apriétame más fuerte.

Mientras curvo los dedos dentro de ella, rozando sus paredes, reclamo sus labios en un beso duro lleno de necesidad.

Atrapo su labio inferior entre mis dientes y muerdo la carne tierna como la he visto hacer a ella innumerables veces.

Nuestras bocas se mueven juntas con una urgencia salvaje e inevitable.

Saboreo la dulzura de sus labios, el calor de su lengua, y es todo lo que anhelo. Mientras nos besamos, nuestros cuerpos se aprietan más, los límites entre nosotros se difuminan hasta que no sé dónde termino yo y dónde empieza ella.

Mis dedos la penetran como pistones, y me aseguro de que la base de mi mano presione su clítoris hinchado. —Ronronea para mí, Fierecilla —gruño contra sus labios.

Echa la cabeza hacia atrás y gime con fuerza.

—Oh, sí. Justo ahí.

¿Con qué clase de hombres habrá estado? Si alguien se traga esa actuación, me atrevería a decir que nunca ha sentido de verdad lo que el sexo puede y debe ser.

Los gemidos que suelta son tan jodidamente falsos que apenas lo soporto.

Igual que cómo se muerde el labio y me mira con los ojos entornados.

Todo ensayado, escenificado.

Paro en seco.

—¿De verdad crees que eso es lo que quiero? —me burlo mientras saco los dedos de su coño sangrante.

—¿Qué? —replica—. ¿Q-qué hice?

Le llevo la mano a la nuca y aprieto hasta que gime de dolor.

—Me importa una mierda con qué imbéciles de polla flácida te hayas acostado en el pasado, Carolina. Pero cuando estás conmigo, no quiero que finjas nada. Nunca.

Abre los ojos de par en par.

—Yo no estaba...

Sin previo aviso, le meto los dedos manchados de rojo en la boca para que se calle de una puta vez antes de que pierda la paciencia. Grita e intenta apartarse, pero le aprieto la nuca y la mantengo quieta.

—Lo que hay entre nosotros es real —rujo, cabreado porque se atreva a fingirme algo—. Estoy pagando un buen dinero por tu vientre, Carolina. Y espero que cumplas con tu parte.

Se atraganta mientras le hundo los dedos en la garganta sin piedad. Balbucea y gime, y estoy bastante seguro de que me está mandando a la mierda. Quizá debería follarme la mano. Al menos eso sería real y no lo que coño cree que está haciendo.

Cuando las lágrimas le corren por las mejillas, le saco los dedos de la boca y la dejo respirar.

—L-lo siento —solloza mientras se le doblan las rodillas.

Suelto una risa oscura.

—¿Lo sientes? —pregunto sin creerle ni por un segundo.

Me mira desafiante y arqueo una ceja.

—No —sisea, secándose las lágrimas con rabia. Su tono deja claro que sus sollozos eran tan falsos como sus gemidos—. Has comprado mi vagina, pero no mi placer. Eso tienes que ganártelo.

Una sonrisa siniestra me cruza el rostro.

—¿Eso crees, Fierecilla?

Joder, está sexy cuando se cabrea y me planta cara.

Imitándome, replica:

—Sí, eso creo.

Suelto una risa cruel mientras le enredo los dedos en el largo pelo rubio. Luego la obligo a arrodillarse, ignorando sus quejidos y siseos de dolor.

—Iba a hacerte correr tan fuerte —gruño.

Pone los ojos en blanco.

—Eso dicen todos —suelta con insolencia.

Por mucho que su bravuconería y su descaro me pongan, también me cabrean. Estoy tentado de hacerla correr solo para demostrar lo fácil que me resulta. La única razón por la que no lo hago es que, después de soltarme esa mierda a la cara, tiene que ganarse el derecho.

—Quédate de rodillas —jadeo mientras me acaricio la polla—. Ya que no tiene sentido follarte todavía, puedes tragarme la corrida. Abre la boca y saca la lengua.

La Reproductora

La ira y la humillación me brillan en los ojos mientras hago lo que dice. Él se agarra la polla con más fuerza y empieza a masturbarse más rápido. Cierro los ojos, negándome a mirarlo.

—Mírame, Carolina —ordena con voz grave y profunda. Cuando niego con la cabeza, me tira del pelo hasta que el dolor se vuelve insoportable y finalmente abro los ojos—. Si te digo que hagas algo, lo haces, joder.

Sin previo aviso, me mete la polla en la boca e intento no atragantarme con la intrusión repentina. Llevo las manos a sus muslos para estabilizarme, pero me las aparta de un manotazo con la mano libre.

Me embiste la boca con abandono salvaje, y noto que está a punto de correrse. Quiero llorar de alegría cuando el sabor de su líquido preseminal me inunda la boca. Es mucho mejor que el sabor asqueroso de la regla.

¡Puaj, qué asco!

—Hazme correr —gruñe mientras me la hunde más en la garganta.

Se me llenan los ojos de lágrimas y siento náuseas, pero hago lo que dice. Gruñe y gime encima de mí, con movimientos cada vez más erráticos. Intento no pensar en lo que está pasando y me concentro solo en hacerlo correr cuanto antes.

Después de lo que parece una eternidad, por fin se corre en mi boca con un gemido fuerte.

Se retira y me mira como si fuera un insecto bajo su zapato. Luego me aparta de un empujón.

—Límpiate, estás dejando sangre por todas partes —suelta con desprecio antes de salir del baño sin decir nada más.

Me derrumbo en el suelo con las lágrimas corriéndome por las mejillas mientras intento recuperar el aliento. ¿Cómo se descontroló todo tanto? ¿Cómo acabé en esta situación? Conozco la respuesta: desesperación. Desesperación por dinero.

El dinero ni siquiera es para vivir a lo grande, es para que Willow y yo podamos sobrevivir. Y ahora aquí estoy, vendiendo mi cuerpo a un hombre que solo me ve como un recipiente para su hijo.

Pero a pesar de todo lo que ha pasado hoy, todavía hay una parte de mí que se niega a rendirse del todo. Puede que esté alquilando mi vientre, pero diga lo que diga, no es dueño de mi placer ni de mis actos.

Puede que haya aceptado tumbarme y abrirle las piernas cuando quiera, pero eso es todo. No puede hacerme correr ni dictar cómo me comporto.

Quizá debería haber insistido en un contrato legal entre nosotros. Aunque, ¿existen siquiera contratos para esta mierda? Seguramente podríamos encontrar uno de gestación subrogada y adaptarlo a nuestra situación.