Comprada por Santa (Obsesiones estacionales nº 1) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Sigo conduciendo hasta que me encuentro con una de las grandes cadenas.

Sin importarme la gente que me grita, aparco en la zona de discapacitados y entro en la tienda a grandes zancadas.

Las luces fluorescentes del lugar son duras, clínicas, pero no estoy aquí por el ambiente. Estoy aquí por Carolina.

Tampones primero. Recorro el pasillo con la mirada: filas y filas de productos femeninos que me observan como un ejército listo para la batalla. Regular, súper, nocturno... ¿qué coño significa todo esto? Agarro un surtido de tampones y compresas sin escatimar en cantidad.

Siguiente, chocolate. No cualquier chocolate: apilo los que parecen más elegantes, los envueltos en papel dorado que prometen sabores exóticos. Negro, con leche, con almendras, sal marina, rellenos de caramelo. Si hay el más mínimo placer en su sabor, Carolina lo experimentará.

No sé por qué me importa tanto, y me niego a analizarlo. Así que sigo adelante. La cesta pesa cada vez más, pero no me detengo. Almohadillas térmicas, calcetines mullidos, una bata de seda que parece que será una delicia contra su piel.

Velas de aromaterapia, bombas de baño que huelen a lavanda y jazmín, una manta de felpa que invita a acurrucarse en ella, o al menos eso afirma la mujer sonriente del cartel.

Añado un oso de peluche gigante por si acaso; su suave pelaje bajo mis dedos me recuerda cómo se sentía el pelo de Carolina cuando se lo aparté de la cara.

—¿Algo más? —pregunta la cajera, arqueando una ceja mientras la cinta transportadora se desborda.

—¿Hay algo más? —lo desafío a sugerir que se me ha pasado algo. Pero niega con la cabeza mientras cobra los artículos con una especie de reverencia reservada para lo absurdo.

—¿Cuida de alguien especial? —intenta hacer conversación.

—Algo así —respondo con brusquedad, pasando la tarjeta sin pestañear ante el total.

Después de cargar las bolsas en el vehículo, me apresuro a casa, ansioso por ver a Carolina de nuevo. Cuando entro en el garaje, me invade una sensación de urgencia.

Vaya, eso no es como suelo reaccionar. Aunque, por otra parte, ¿cómo iba a saberlo?

Carolina es la primera mujer que no es de la familia en poner un pie en mi casa.

Claro, he tenido un montón de aventuras de una noche en mi vida, pero o me las he follado en su casa, o en uno de los hoteles de los Knight.

Las puertas del ascensor se abren y entro en el ático con las bolsas crujiendo entre mis brazos.

Es una imagen extraña: yo cargado de comodidades en lugar de armas o amenazas.

Por suerte, Marco no hace ningún comentario al saludarme; solo intenta coger algunas de las bolsas.

Pero niego con la cabeza y me dirijo directamente al dormitorio.

—Espera —me llama—. Deberías saber que—

—Ahora no —gruño—. Sea lo que sea, puede esperar hasta más tarde.

Abro la puerta del dormitorio y descubro que Carolina ya no está en la cama. Se oye el agua del baño, así que después de dejar las bolsas, llamo suavemente. Como no responde, bajo el picaporte y descubro que se ha encerrado.

—Carolina —la llamo, golpeando la puerta con el puño—. Abre ahora mismo, joder.

—¡Estoy en la ducha! —me grita.

Su rechazo me enfurece.

—Abre. La. Maldita. Puerta.

El agua deja de correr y, un momento después, descorre el cerrojo y abre la puerta.

—¿Qué pasa? —pregunto en cuanto veo su cara. Le cojo la mano y la atraigo hacia mí.

Me mira con los ojos muy abiertos, llenos de miedo, y... ¿eso es vergüenza?

—L-lo siento mucho, Nicklas —tartamudea—. Lo arreglaré. Te lo prometo.

Frunzo el ceño, confundido.

—¿Arreglar qué? —pregunto mientras le acuno el rostro con suavidad. Se estremece como si pensara que iba a hacerle daño.

—¿Qué coño está pasando? —Mi tono se vuelve más áspero. Intenta alejarse de mí, pero no se lo permito. Le pongo las manos en las caderas.

Tiene el rostro pálido.

—Yo... eh... me vino la regla —susurra, como si tuviera miedo de decir las palabras en voz alta—. Las sábanas están arruinadas. Y sé que son caras. Lo siento mucho. Pagaré unas nuevas.

Su apresurada confesión es demasiado y no puedo contener la risa.

—¿Crees que me importa un poco de sangre? —pregunto—. Tengo todo lo que podrías necesitar —añado, señalando las bolsas en el suelo.

—¡Oh!

Su boca forma una O adorable mientras frunce el ceño.

—¿Lo sabías?

Asiento.

—Lo descubrí justo antes de irme. Mira, no sabía qué necesitabas, así que compré un poco de todo.

La suelto, me agacho y recojo las dos bolsas con las cosas de la regla y las dos con ropa.

—¿Por qué no te aseas y yo me aseguro de que el desayuno esté listo cuando salgas?

—Vale —acepta suavemente.

Coge las bolsas y desaparece de nuevo en el baño. Cuando oigo el cerrojo deslizarse, grito:

—No vuelvas a dejarme fuera nunca, Fierecilla.

Suelta un chillido, pero descorre el cerrojo de inmediato.

Satisfecho, me vuelvo hacia la cama y las sábanas ensangrentadas. En lugar de pedirle a uno de mis empleados que cambie la cama, la deshago yo mismo, sabiendo que Carolina odiaría que lo hiciera otro.

Me pongo las sábanas sucias bajo el brazo, cojo las bolsas restantes y salgo del dormitorio. Me cruzo con una de las limpiadoras y le entrego las sábanas. Le pido que ponga unas limpias en cuanto Carolina termine de ducharse.