TRECE
emma
Menos mal que nuestros padres no habían vuelto antes de tiempo. Nate y Luca no habían intentado guardar silencio. Las paredes podrían haberse resquebrajado con los sonidos que me sacaron y ninguno de nosotros habría parado.
Pero ahora, en el silencio, la realidad se cuela. Mi madre llegaría pronto. Y esto, lo que quiera que sea, terminaría.
El pecho me duele solo de pensarlo.
Nate está sentado al borde de la cama, poniéndose una sudadera sobre el pecho desnudo. Recién salido de la ducha. Tranquilo y guapísimo. Como si nada hubiera cambiado, aunque todo ha cambiado.
Luca está en la puerta. Sin camiseta, con un café en una mano. Me mira fijamente.
Tengo la garganta tensa y me duelen las piernas. Me duele el cuerpo en lugares que no sabía que podían doler, pero no es un dolor del que me arrepienta.
Ni un poco.
Nate me mira, como si ya lo supiera.
—¿Te duele?
Asiento y se me encienden las mejillas.
Luca esboza una sonrisa de suficiencia tras su café, pero no dice ni una palabra. Solo parece satisfecho. Demasiado satisfecho.
Nate se inclina y me besa la sien.
—¿Tienes hambre?
Otro asentimiento.
—Yo cocino —dice Luca, dándose ya la vuelta en la puerta—. ¿Tortitas o huevos?
Parpadeo mirándolo. Él mismo se responde.
—Las dos cosas.
Y luego se va por el pasillo, descalzo y sin camiseta, como si no hubiera pasado toda la noche follándome. Destrozándome el cuerpo de las mejores maneras posibles. Oigo el frigorífico abrirse y el golpe sordo de una sartén.
El silencio que deja tras de sí se siente como algo que no sé nombrar. Nate se queda un momento más, observándome. Luego también se levanta.
—Te prepararé un baño.
Me quedo sentada ahí, desnuda, con las sábanas enredadas a mi alrededor mientras escucho correr el agua. Pasa el tiempo. Un minuto. Quizá dos. Cierro los ojos.
—El baño está listo —dice Nate desde la puerta.
Empiezo a moverme, pero las piernas me tiemblan al ponerme de pie. Nate no duda. Camina hacia mí y me coge en brazos sin decir palabra.
Dejo caer la cabeza sobre su hombro y mi cuerpo se derrite contra él.
Él es mi hogar. Más que esta casa ahora.
El baño está cálido. La bañera está casi llena, con burbujas que se elevan en picos blancos. El aroma a eucalipto y jabón llena el aire.
Me baja con manos firmes. El agua me toca la piel, caliente primero, luego reconfortante. El calor me envuelve las piernas, se cuela entre mis muslos y me sube por el pecho.
No dice nada más. Se queda de pie, me observa un momento y luego me deja sola con la puerta entreabierta.
Me recuesto y cierro los ojos.
El agua acaba enfriándose, pero me quedo hasta que se me arrugan los dedos y se me acompasa la respiración. Hasta que el dolor de los músculos se suaviza y se vuelve soportable.
Hasta que puedo distinguir entre el dolor, la satisfacción y la angustia que se avecina.
Al final, tiro del tapón y observo el agua arremolinarse a mi alrededor, turbia y fragante. Me seco despacio, voy a mi habitación y me visto.
Todavía tengo las piernas flojas y temblorosas, pero camino descalza hasta la cocina con el pulso estable. Más o menos.
El olor me golpea primero. Cálido y a mantequilla.
Luca está junto a los fogones, dando la vuelta a las tortitas, con una espátula en una mano y una taza de café en la otra, como si hiciera esto cada mañana.
Nate ya está en la isla.
Me quedo dudando en la puerta y luego doy un paso adelante.
Luca no se da la vuelta, pero su voz suena tranquila.
—¿Te encuentras mejor?
Asiento, aunque me da la espalda.
—Siéntate —dice Nate.
Me deslizo en una silla y Luca sirve las tortitas, añade huevos y tostadas, y me trae el plato sin decir palabra. Murmuro un «gracias» tan bajo que apenas me sale.
A medio masticar el primer bocado, Luca vuelve a hablar.
—Hoy nos mudamos.
Asiento. Trago. Ya está. Ahí está. ¿Por qué duele tanto si es tan nuevo?
—Lo sé.
—Hay una habitación libre.
Levanto la vista y me lo encuentro ya mirándome.
—Es tuya —dice—. Si la quieres.
El pecho se me aprieta y se me calienta.
—¿Hablas en serio?
Luca asiente.
—Ya la hemos preparado.
No respondo. No de inmediato.
Nate se inclina hacia delante, con los codos sobre el granito, el café intacto.
—Estarás más segura allí.
Pasa un momento.
—Más cerca —añade.
El estómago me da un vuelco, no exactamente de nervios, sino por la aguda e innegable conciencia de lo mucho que ya se han enredado en mi vida.
—Más accesible —añade Luca con esa sonrisa de suficiencia que debería irritarme pero que ya no lo hace.
No necesito preguntar qué significa eso. No cuando mi cuerpo todavía recuerda lo que se siente al estar entre los dos y sentir que pertenezco.
Como si de verdad les importara.
Doy otro bocado, mastico despacio, me doy tiempo para pensar. Tiempo para sentir.
Debería estar volviéndome loca, dándole vueltas a cada segundo de lo que pasó anoche. Preocupada por lo que significa, por qué pasará después, por qué pensaría la gente si lo supiera.
Pero no.
Por primera vez en mucho tiempo, me siento estable. Con los pies en la tierra.
Como si hubiera encontrado mi lugar entre estos dos hombres que me miran como si fuera algo precioso. Alguien a quien vale la pena proteger. A quien vale la pena no dejar escapar.
Levanto la vista y me los encuentro a los dos mirándome, esperando una respuesta que ya saben que daré.
Iré. Porque me lo han pedido, y porque no estoy lista para dejar a ninguno de los dos.