ONCE
luca
Está a horcajadas sobre mí, con los muslos bien abiertos, las rodillas hundidas en el colchón a ambos lados de mis caderas, con el coño suspendido justo encima de mi polla.
Jodidamente perfecta.
Estoy tumbado boca arriba, con los brazos rodeando las caderas de Emma, guiándola hacia abajo. Lento y deliberado.
Mi polla palpita debajo de ella, desesperada y ansiosa por hundirse de nuevo en ese coñito apretado.
Y entonces desciende.
Un calor húmedo y empapado se extiende sobre mí mientras su coño se abre alrededor de mi polla, acogiéndola. Se estira despacio, apretado, húmedo y jodidamente perfecto. Gruño, con los ojos fijos en el punto donde nos unimos.
Sus dedos se clavan en mi pecho, las uñas arañando mi piel mientras se balancea hacia delante, rebotando con cada empuje de mis caderas. Sus tetas se mecen con el movimiento, los pezones duros y erectos. Echa la cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos, la garganta vibrando con cada gemido entrecortado.
Es el puto paraíso.
Le agarro el culo con más fuerza y empujo más duro, levantando las caderas hasta que su cuerpo se dobla hacia delante en un jadeo.
Detrás de ella, la voz grave de Nate interrumpe.
—¿Quieres que los dos estemos dentro de ti?
Gime.
Entrelazo los dedos en su pelo, agarro con fuerza y tiro. Lo justo para inclinarle la cabeza y obligarla a mirarme a los ojos. Necesito verla decirlo.
—Dilo —gruño—. Dínoslo.
Jadea, con la voz rota.
—Os quiero... a los dos... por favor...
Joder. Conseguir que diga «por favor» podría convertirse en mi nueva obsesión.
Noto el cambio cuando Nate se acerca por detrás.
Emma se tensa de golpe. Sus caderas se sacuden hacia delante contra mi estómago, como si no supiera dónde canalizar la tensión que se acumula en su cuerpo.
Le aprieto la cintura con las manos para sujetarla. Su coño se contrae a mi alrededor, cálido y apretado. Está empapada de tanto esforzarse por nosotros, y ahora va a recibir más.
Me incorporo debajo de ella, pecho contra pecho, rodeándole la parte baja de la espalda con un brazo.
Su respiración se entrecorta, y sus caderas se agitan como si su cuerpo no supiera si huir o hundirse más en mi polla.
Le beso el cuello. El hombro. La mandíbula. Luego la boca.
Abierta y húmeda, nuestras lenguas chocando.
La mantengo sujeta mientras la mano de Nate se desliza por su espalda, presionando, ajustándole la posición.
Se apoya con una mano en mi pecho; con la otra me agarra el bíceps.
La otra mano de Nate desaparece detrás de ella, y sé lo que está haciendo. Metiéndole los dedos. Preparándole el culo para él.
No la dejo pensar en ello. No dejo que se venga abajo.
Me inclino, recorriendo con los labios su garganta hasta el pecho. Me meto un pezón duro e hinchado en la boca, chupando con fuerza, rozándolo con los dientes hasta que jadea y se arquea contra mí.
Su coño palpita a mi alrededor. Joder, qué receptiva es.
—Buena chica —gruño contra su pecho—. Eso es.
Mis dedos encuentran su clítoris hinchado. La froto despacio al principio, luego más rápido, más intenso, trayéndola de vuelta a su cuerpo, de vuelta al calor del momento. De vuelta a mí.
—Concéntrate en mí —digo con los labios rozándole la piel—. Siénteme. Lo estás haciendo jodidamente bien, nena.
Noto el cambio cuando Nate empieza a empujar por detrás. El cuerpo de Emma se tensa de nuevo, pero chupo con más fuerza y muevo las caderas hacia arriba, despacio y profundo, embistiéndola con cada movimiento. Mis dedos no paran, y mi boca sigue en su pezón.
Gime, mitad sollozo, mitad rendición, y sus manos vuelan a mis hombros mientras vuelve a tensarse.
No la dejo. Sigo follándola. Besándola. Acariciándola.
Mi mano es implacable en su clítoris, y cuando paso al otro pezón, metiéndomelo entero en la boca, grita y sus caderas se sacuden hacia abajo.
No hacia atrás. Hacia abajo.
Eso es. Ahí está el cambio.
—Nos estás aguantando tan bien —susurro contra su pecho, rozándole la piel con los dientes—. Déjalo entrar, nena. Deja que tu hermano te folle el culo.
Y lo noto cuando pasa. Su cuerpo se relaja. Los muslos le tiemblan, pero no se resiste.
Gime —largo, grave, deshecho— y su coño empieza a palpitar alrededor de mi polla. Deja caer la cabeza sobre mi hombro mientras Nate se hunde hasta el fondo.
Gruño contra su piel, todavía enterrado hasta el fondo, sin dejar de estimularla con la boca y las manos, su cuerpo tenso y tembloroso y tan jodidamente perfecto.
—Eso es —gruño—. Ahora eres nuestra. Cada parte de ti.
Y lo es. Ya no hay vuelta atrás. Para ninguno de nosotros.
Las caderas de Nate empiezan a moverse. Despacio al principio, con cuidado, dándole tiempo a adaptarse.
Lo noto a través de la fina barrera que nos separa, la presión de su polla entrando y saliendo.
—¿Qué se siente? —le pregunta Nate—. ¿Tenernos a los dos dentro?
Apenas puede articular palabras, solo sonidos rotos que podrían ser «bien» o «por favor» o ambas cosas.
La siento temblar, su coño contrayéndose rítmicamente a mi alrededor mientras su cuerpo se adapta a estar tan llena.
—Dinos —exijo, sin dejar de acariciarle el clítoris en círculos, manteniéndola justo al límite—. Dinos qué sientes.
—Llena —jadea—. Tan llena. No puedo...
—Sí puedes —dice Nate, embistiendo de nuevo—. Estás hecha para nosotros.