Primer Corte #3
La escalera hacia el nivel superior no era una estructura de paso, sino una declaración de estatus; una espiral de cristal suspendida sobre el vacío del salón principal, diseñada para que quienes ascendían pudieran mirar hacia abajo con desprecio a la multitud que se retorcía en la pista de baile.
Adrián guió a Vera por los escalones con una mano firme en la parte baja de su espalda, sus dedos ejerciendo una presión constante que le recordaba que cada paso era una incursión en territorio enemigo.
Desde esa altura, el aire era más frío, filtrado, libre del humo denso de abajo, pero cargado con una toxicidad distinta: la del poder que se sabe intocable.
—Objetivo visualizado —la voz de Jimena cortó el zumbido de la música en el auricular—. Ala este. Reservado tres. Está solo en la mesa, pero tiene dos perímetros de seguridad humana. No intenten acercarse frontalmente.
Vera no miró hacia el reservado de inmediato.
Mantuvo la vista fija en Adrián, jugando con el botón superior de su camisa, mientras giraban levemente para obtener un ángulo periférico.
Allí estaba. Néstor Vargas ocupaba un sofá semicircular de cuero oscuro con la actitud de un monarca aburrido.
No había mujeres a su alrededor, ni alcohol en exceso; frente a él, sobre la superficie de mármol negro de la mesa baja, descansaba el único objeto que importaba: una tablet industrial desconectada de la red, protegida por una carcasa reforzada. El libro mayor del caos.
—Lo tengo —susurró Vera, acariciando la solapa de Adrián mientras sus ojos calculaban la distancia. Diez metros. Demasiado lejos para el clonador de corto alcance que llevaba en el bolso—. Necesito estar a menos de dos metros durante al menos sesenta segundos.
Adrián evaluó la geometría del espacio. Entre ellos y Vargas había una barandilla de cristal y un vacío social que los guardaespaldas monitoreaban con celo profesional.
Cruzar esa línea recta sería un suicidio táctico.
Necesitaban una razón para estar allí, una justificación para invadir la órbita de un hombre que pagaba para no ser molestado.
—No vamos a caminar hacia él —dijo Adrián, deslizando la mano desde la espalda de Vera hacia su nuca, enredando los dedos en su cabello con un gesto posesivo que la obligó a echar la cabeza hacia atrás—. Vamos a caer hacia él.
—¿Una escena? —preguntó ella, entendiendo el código.
—Un colapso —corrigió él—. La pareja tóxica que ha bebido demasiado y pierde el control de su propia gravedad. Vamos a tropezar con su perímetro, Vera. Y tú vas a usar ese caos para colocar el bolso sobre su mesa.
Era arriesgado. Era sucio. Y era exactamente el tipo de comportamiento que el Helios toleraba y despreciaba a partes iguales.
Vera sintió una descarga de adrenalina mezclada con una excitación oscura; la idea de usar su cuerpo y su supuesta decadencia como arma de asalto tenía una justicia poética perversa.
—Hazlo creíble —dijo ella, cerrando los ojos un instante, entregándose al papel.
Adrián no esperó. La empujó suavemente, desequilibrándola, y luego la atrajo con fuerza, simulando el vaivén errático de una discusión apasionada o una intoxicación compartida.
Avanzaron hacia el reservado de Vargas no en línea recta, sino en una espiral torpe, riendo de cosas que nadie más escuchaba, chocando deliberadamente contra el borde de una columna.
Los guardaespaldas de Vargas se tensaron, sus manos moviéndose hacia el interior de las chaquetas, pero se detuvieron al ver la naturaleza de la amenaza: no eran asesinos, eran solo dos amantes ricos y desastrosos haciendo el ridículo. La guardia bajó un grado, el suficiente.
Adrián giró a Vera una última vez, y el movimiento inercial los llevó directamente contra la barandilla que delimitaba el reservado de Vargas.
Vera "perdió" el equilibrio con una gracia ensayada, dejando caer su peso sobre el borde del sofá del objetivo, y su bolso de mano —con el dispositivo de clonación activo en su interior— resbaló "accidentalmente" de su hombro para aterrizar con un golpe sordo sobre la mesa de mármol, a escasos centímetros de la tablet de Vargas.
El testaferro levantó la vista, no con miedo, sino con la molestia de quien ve manchada su alfombra.
—Perdón... —balbuceó Vera, irguiéndose con una lentitud lánguida, su rostro a centímetros del de Vargas, invadiendo su espacio con una sonrisa que pedía disculpas y ofrecía pecado al mismo tiempo.
Adrián apareció detrás de ella, sujetándola por la cintura para "estabilizarla", clavando su mirada en Vargas con un desafío territorial que gritaba: «Es mía, aunque no pueda mantenerla en pie».
—Enlazando... —la voz de Jimena sonó tensa en el oído de Vera—. No muevan el bolso. Necesito cuarenta segundos.
Vera miró a Vargas a los ojos. El hombre la evaluó, oliendo el perfume caro y la inestabilidad. No apartó el bolso. Sonrió.
Estaban dentro del perímetro. El reloj había empezado a correr.
—~●~—
El contador en el oído de Vera marcaba el ritmo de su propia respiración: doce segundos, trece, catorce.
El bolso de mano permanecía sobre el mármol negro como una bomba silenciosa, su campo electromagnético envolviendo la tablet industrial de Vargas en un abrazo invisible.
Néstor Vargas no lo apartó; al contrario, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa con una curiosidad divertida, ignorando la intrusión de su espacio personal para concentrarse en la mujer que acababa de invadirlo.
Olía a tabaco de clavo y a una colonia amaderada que no lograba ocultar el aroma subyacente del dinero viejo.
—Una entrada espectacular —dijo Vargas, y su voz tenía la textura de la grava arrastrada por la marea—. La mayoría de la gente pide permiso para sentarse en mi mesa. Ustedes simplemente se desplomaron en ella.
Adrián no le dio tiempo a Vera para responder. Su mano se cerró sobre el hombro desnudo de ella con una presión que rozaba el castigo, marcando el límite visual.
—Ella tiene problemas con la gravedad después del tercer trago —dijo Adrián, su tono oscilando entre la disculpa social y la amenaza velada—. Y tiene la mala costumbre de buscar el mueble más caro de la sala para aterrizar. Nos vamos.
Intentó tirar de Vera hacia arriba, pero ella se resistió con una languidez estudiada, manteniendo su posición estratégica.
Necesitaba ganar veinte segundos más. Se soltó del agarre de Adrián con un movimiento fluido de hombros y clavó sus ojos en Vargas, desplegando una sonrisa que era pura toxicidad encantadora.
—No seas grosero —murmuró ella, arrastrando las vocales—. El caballero no nos ha echado.
Vargas soltó una carcajada breve. Le divertía el espectáculo; la tensión entre la pareja, la belleza decadente de la escena, la ruptura de la monotonía de su noche. No sabía que esa diversión era el vector de ataque.
—Déjala —ordenó Vargas, haciendo un gesto displicente a sus guardaespaldas para que mantuvieran la distancia—. Me gustan las cosas que se rompen en público. Tienen honestidad.
—Treinta segundos —la voz de Jimena era un susurro gélido en el auricular—. Estoy dentro del directorio raíz. No es solo contabilidad. Es la matriz de pagos en tiempo real para la reforma del Ministerio. Si ejecuto ahora, congelo el flujo.
Vera sintió un escalofrío real. Tenían la yugular financiera del proyecto en sus manos. No solo podían mirar; podían cortar.
—Hazlo —pensó, proyectando la orden con la mirada fija en la tablet que descansaba sobre la mesa.
Adrián, interpretando el papel del amante celoso y volátil, se inclinó sobre la mesa, invadiendo el campo visual de Vargas. Su sombra cayó sobre el dispositivo, ocultando el tenue parpadeo del led de actividad que indicaba la transmisión de datos masiva.
—No hemos venido a entretenerte —gruñó Adrián, y la hostilidad en su voz era genuina; odiaba cómo Vargas miraba a Vera, odiaba que ella tuviera que ofrecerse como cebo visual—. Recoge tus cosas, Vera. Ahora.
Vargas sonrió, recostándose en el sofá, disfrutando del conflicto como quien mira una pelea de perros.
—Tiene temperamento —le dijo a Vera, ignorando a Adrián—. Eso suele ser caro de mantener.
—Cuarenta segundos. Paquete inyectado —confirmó Jimena—. El algoritmo de bloqueo está activo. En tres minutos, sus cuentas offshore van a entrar en parálisis por "sospecha de fraude interno". He plantado la semilla para que parezca un error de su propio sistema.
El "corte" estaba hecho. Habían generado la variable que el antagonista no podía anticipar: un infarto financiero provocado desde dentro de su propia seguridad analógica.
Vera extendió la mano hacia el bolso con una lentitud exasperante, rozando intencionalmente la funda de cuero de la tablet de Vargas con la punta de los dedos. Fue un gesto de despedida y de burla.
—Vámonos —dijo ella, cambiando el registro, volviendo la mirada hacia Adrián con una sumisión fingida—. Tienes razón. Este lugar es demasiado aburrido.
Recogió el bolso. El enlace se rompió.
Vargas observó el movimiento, y por una fracción de segundo, la diversión en sus ojos vaciló. Algo en la precisión con la que ella retiró la mano, o quizás la repentina sobriedad en la postura de Adrián, activó su instinto de supervivencia.
—Esperen —dijo Vargas.
No fue una invitación. Fue un comando.