Cómo convivir con una tóxica (Amores imperfectos 4) CAPÍTULO 9 MAÑANA HABLAMOS
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CAPÍTULO 9 MAÑANA HABLAMOS

E l jueves, Julia llegó al departamento poco después de las nueve y cuarto y supo que algo estaba mal antes de sacarse la mochila.

No porque hubiera silencio. El departamento solía estar en silencio cuando Bruno trabajaba, leía o se quedaba mirando una pantalla con la concentración de alguien que había declarado una guerra privada contra un gráfico.

Era otro tipo de silencio. Bruno no llevaba auriculares. El protocolo beta servía para cuando trabajaba. Esto era otra cosa.

La luz del living estaba encendida. La notebook de Bruno seguía cerrada sobre la mesa. Él estaba sentado en el sillón con el teléfono en una mano y la otra apoyada sobre la nuca.

Julia dejó las llaves en el cuenco de la entrada.

—Hola.

Bruno levantó la vista.

—Hola.

Eso fue todo.

Julia se quitó las zapatillas.

—¿Comiste?

—Sí.

Se quedó quieta con una zapatilla en la mano.

—¿Sin mí?

Bruno miró hacia la cocina.

—Te dejé en la heladera.

—No pregunté si había comida.

Él cerró los ojos un segundo.

—Julia.

Ella terminó de sacarse la otra zapatilla.

—Estoy preguntando.

—Y yo estoy cansado.

—Eso no responde.

—Exacto.

La respuesta habría sido graciosa cualquier otra noche. No lo fue.

Julia dejó la mochila sobre una silla y se acercó.

Bruno tenía la barba un poco más crecida que la semana anterior.

No parecía enfermo. Tampoco parecía enojado de una manera fácil de identificar.

Solo tenía los hombros tensos y esa expresión contenida que usaba cuando todavía estaba decidiendo cuánto de una respuesta quería decir.

—¿Pasó algo en el trabajo?

—Sí.

—¿Con tu proyecto?

—No.

—¿Con Nico?

Bruno la miró.

—¿Podés no convertir esto en veinte preguntas?

Julia apoyó una mano en el respaldo del sillón.

—Van tres.

—Ese no era el punto.

—Entonces decime cuál es el punto.

—Que tuve un día de mierda y no quiero hablar ahora.

La frase cayó con un peso extraño porque era, en realidad, una respuesta bastante completa.

Julia la entendió.

Eso no hizo que le gustara.

—¿Estás enojado conmigo?

Bruno bajó el teléfono.

—No sé.

Ahí apareció el problema.

Julia se quedó mirándolo.

—¿Cómo que no sabés?

—Como que no sé. Estoy cansado. Un proveedor me cambió una orden que ya estaba cerrada, Nico me tuvo cuarenta minutos con la misma cosa que te dije que no era mía para contar y hace una hora que siento que si abro una conversación más voy a terminar diciendo algo de mierda.

No sé si estoy enojado con vos. Mañana te lo digo.

—Eso suena bastante a que sí estás enojado conmigo.

—No dije eso.

—Dijiste que no sabés.

—Porque no sé.

Julia cruzó los brazos.

—¿Y cuándo vas a saber?

Bruno soltó aire por la nariz.

—Mañana.

—¿Mañana a qué hora?

Él levantó la cabeza.

—No le pongas horario.

—No te estoy poniendo horario. Estoy tratando de saber si mañana cuando me levante vamos a estar bien o vas a seguir sin saber.

—Julia, no tengo un parte para darte.

La palabra parte le molestó.

—Nunca te pedí un parte.

—Me estás preguntando cuándo voy a terminar de sentir algo que todavía no sé qué es.

—Porque vivimos juntos.

—Eso no hace que todo lo que me pasa tenga que venir con informe.

Julia se quedó callada.

Bruno se puso de pie.

—Me voy a bañar. Quiero acostarme. Hablamos mañana.

—¿Eso es una pausa?

Él cerró los ojos.

—Es dormir.

—No es lo mismo.

—Hoy sí.

Bruno caminó hacia el dormitorio. Julia lo siguió con la mirada, no con los pies.

Eso, decidió, contaba como progreso.

Abrió la heladera.

Había un recipiente con comida y una nota pegada en la tapa.

TUYO. NO INTERPRETAR COMO MENSAJE PASIVO-AGRESIVO.

Julia se quedó mirándola.

A pesar de todo, sonrió.

Tomó el recipiente y lo llevó a la mesa chica. Arroz, pollo, verduras. Bruno había separado el ají porque sabía que ella lo quería demasiado picante y él no.

La comida seguía diciendo cosas que él no quería decir en voz alta.

Julia comió tres bocados.

Desde el baño se oyó el agua.

No abrió el chat de Bruno. No tenía sentido escribirle a una persona que estaba a seis metros.

Miró la nota del recipiente otra vez.

Tampoco tenía sentido guardar una conversación para el día siguiente cuando los dos estaban ahí.

Terminó de comer. Lavó el plato. Dejó la cocina limpia.

Esperó.

No miró la hora.

Eso también contaba como progreso.

El agua dejó de correr.

Julia fue al dormitorio, se cambió y se sentó en la cama con el teléfono. Bruno salió del baño con una remera gris y el pelo mojado. Fue hasta el placard, buscó ropa para el día siguiente y dejó el cargador sobre la mesa de luz.

Julia lo observó hacer todo.

Cuando se sentó en su lado de la cama, preguntó:

—¿Ahora?

Bruno giró la cabeza.

—¿Ahora qué?

—¿Hablamos?

La cara de Bruno cambió de cansancio a incredulidad.

—Julia. Vine a dormir.

—Ya sé. Pero volviste.

—Del baño.

—No me refiero al baño.

—Yo sí.

Julia apoyó el teléfono sobre las piernas.

—Este es el problema. Pedís una pausa, seguís moviéndote por la casa y yo tengo que adivinar si ya terminó o no.

—No pedí una pausa. Dije que hablamos mañana.

—Eso es una pausa de una noche.

—Es una noche.

—Bruno.

Él se frotó la cara.

—No todo movimiento mío significa que volví a la conversación.

—Entonces decime cuándo volvés.

—Mañana.

—Eso ya lo dijiste.

—Y evidentemente no sirvió.

El tono fue más duro de lo que necesitaba.

Julia lo sintió antes de decidir qué hacer con él.

—No me hables así.

Bruno bajó la mano.

—Tenés razón.

La respuesta llegó tan rápido que la dejó sin el siguiente argumento.

Él tomó aire.

—No debería haberte hablado así. Pero necesito que esto termine por hoy.

Julia miró la sábana.

—No sé cómo se supone que duerma sin saber si estás enojado conmigo.

—Podés dormir sabiendo que sigo acá.

—No es lo mismo.

—Para una noche debería alcanzar.

La frase le produjo una reacción física inmediata. No miedo. No exactamente.

Algo más viejo.

Julia levantó la vista.

—¿Y si no alcanza?

Bruno se quedó quieto.

—No sé qué querés que haga.

—Que me digas qué te pasa.

—No puedo decirte algo que todavía no tengo claro.

—Podés decirme si tiene que ver conmigo.

—Ya te dije que no sé.

—Y eso es exactamente lo que no me sirve.

Bruno se levantó de la cama.

—Ahí está. Todo tiene que servirte para cerrar algo.

—Porque dejar las cosas abiertas no las vuelve menos reales.

—Tampoco las vuelve una emergencia.

Julia sintió cómo se le tensaban los hombros.

—Nunca dije que fuera una emergencia.

—No. Pero tratás cada incertidumbre como si hubiera que resolverla antes de que pase algo.

La frase quedó entre los dos.

Julia no respondió.

Bruno siguió, ya demasiado cansado para notar que había encontrado un lugar distinto.

—A veces no hacer nada también es una opción.

Julia lo miró.

Por un segundo no vio el dormitorio.

Vio una campera tirada sobre una silla que no estaba ahí. Ojos cansados. Una frase que había pensado y no había dicho.

La imagen desapareció antes de formarse completa.

—No —dijo.

Bruno frunció el ceño.

—¿No qué?

—No siempre.

—No dije siempre.

—Ya sé lo que dijiste.

—Entonces no entiendo.

—No importa.

Ahora fue Bruno quien se quedó mirándola.

—Julia.

—Dijiste que querías terminar por hoy. Terminemos.

Se metió en la cama y apagó su velador.

Bruno no se movió enseguida.

—No quería que terminara así.

Julia miró la pared.

—Yo tampoco.

Él volvió a sentarse.

—Mañana hablamos.

—Sí.

Esta vez no preguntó a qué hora.

Bruno apagó su luz.

Durante unos minutos ninguno habló. El ruido de un colectivo llegó desde la calle y se perdió. En el departamento de arriba arrastraron algo pesado con la falta de delicadeza de quien jamás había conocido a sus vecinos.

Bruno se acomodó.

Julia seguía despierta.

—Una cosa más —dijo.

Bruno soltó una risa breve, sin humor.

—Claro.

—No hace falta que te burles.

—No me estoy burlando. Estoy agotado.

Julia se giró hacia él en la oscuridad.

—Si mañana decidís que sí estabas enojado conmigo, no me digas que hoy no sabías solo para evitar hablar.

Bruno tardó dos segundos.

—No voy a hacer eso.

—Bien.

—¿Ahora sí?

Julia abrió la boca.

La cerró.

—Sí.

Pasaron otros cinco minutos.

Esta vez fue Bruno quien habló.

—Y vos no conviertas que yo necesite una noche en que estoy escondiendo algo.

Julia apretó los labios.

—No dije eso.

—Lo sé.

Julia abrió la boca.

La respuesta automática casi salió.

Julia la mordió antes de terminarla.

Bruno no dijo nada.

Ella tampoco.

La cama era la misma. Bruno estaba a menos de un brazo de distancia. El departamento seguía siendo de los dos. No había una puerta de calle separando la conversación de su regreso.

Solo había una noche abierta.

Julia pensó en la frase de Bruno: a veces no hacer nada también es una opción.

No consiguió sentirla neutral.

No esa noche.

* * *

Bruno esperó hasta que la respiración de Julia se volvió lenta y pareja.

No estaba seguro de que ella durmiera. Tampoco necesitaba comprobarlo.

Tomó el teléfono, bajó el brillo y abrió la nota bloqueada.

No escribió una regla nueva.

Escribió debajo de la última entrada:

Si digo «mañana hablamos», significa mañana. Por favor, no rompas las bolas hasta mañana.

La leyó.

No le hizo gracia.

Bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo.