CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
Kang me desató las manos y me las llevé al frente, frotándome las muñecas para reactivar la circulación.
—¿Estás bien? —preguntó, apartándome el pelo de los ojos.
—Sí, en cuanto entré en la habitación, el productor... ¿Marko se llamaba? En fin, me agarró por detrás y los otros dos lo ayudaron a reducirme. Me ataron y amordazaron en cuestión de segundos.
Dejé de frotarme. Podía ver la culpa en los ojos de Kang.
—Oye, yo tampoco lo vi venir.
—Podríamos haberlo evitado.
—Ni que lo digas.
Oí pasos bajando las escaleras.
—¡Abby! —gritó Knox.
—¡Estamos aquí!
—¡Maldita sea! ¿Qué demonios ha pasado?
Todavía tenía el trasero pegado a la silla, pero podía ver a Knox y Copeland de pie cerca de Marko con las armas desenfundadas.
—Otro equipo, eso es lo que ha pasado.
Miré a Kang.
—¿Está muerto?
Negó con la cabeza.
—Cuidado —advirtió—. Ese está vivo, pero no puedo decir lo mismo de los dos que están aquí dentro.
Copeland se agachó y registró al hombre.
—Sin identificación y sin pase de prensa.
Knox y Copeland se acercaron a la habitación, pero se detuvieron en el umbral.
—Voy a informar de esto —dijo Copeland tras echar un vistazo rápido a los cuerpos en el suelo.
—Espera —dije—. No hagamos eso todavía. Un ejército de agentes e investigadores de la escena del crimen apartará el foco del B&B. Quiero unos minutos a solas con el productor.
—Copeland, asegura la puerta principal. Nadie entra. Nadie sale —ordenó Knox.
—Vamos, Abby, salgamos de aquí.
Kang me agarró la mano y me ayudó a pasar por encima de la mujer.
Una vez fuera de la habitación, sentí que por fin podía respirar de nuevo.
Me acerqué a una ventana que daba a la calle y ordené mis pensamientos.
Había pasado mucho en muy poco tiempo, y de alguna manera había sobrevivido otra vez.
Estaba mirando distraídamente por la ventana, todavía intentando asimilar lo que acababa de suceder, cuando sentí una mano en el hombro.
—¿Abby?
Me di la vuelta y vi a Kang con un vaso de agua.
—Toma, bebe esto.
Tenía la mirada suave y los hombros un poco caídos. Le di un golpe juguetón en el brazo.
—No es culpa tuya. A todos se nos pasó. Me alegro de que lo descubrieras.
— ¿Cómo lo descubriste? —preguntó Knox mientras se unía a nosotros junto a la ventana. Se quitó la chaqueta y la colocó sobre el respaldo de una silla cercana.
Kang nos contó la llamada telefónica que había tenido con Suzi.
Knox tenía ambas manos apoyadas en la cintura. Negó con la cabeza.
—Si no hubieras contestado esa llamada... O sea, hemos tenido una suerte de cojones. Me avergüenza que esto haya pasado.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Lo siento mucho, Abby.
Knox le dio una palmada en la espalda a Kang.
—Hiciste un gran trabajo. Gracias a Dios que estabas aquí.
—Y que lo digas.
Rodeé a Kang con los brazos y le di un abrazo largo.
—Van tres —dijo.
—¿Eh?
Aparté la cabeza de su pecho y lo miré. Tenía esa sonrisa torcida en la cara.
—Tres veces que te he salvado el culo. Empieza a ser cansino.
—Por favooor.
Resoplé mientras me apartaba de él. Puse los ojos en blanco como si no hubiera un mañana.
—Me parece que tus cuentas no cuadran.
—¿De qué hablas? Vale, espera.
Levantó un dedo y empezó a contar.
—Ahora mismo: una. Los túneles de Chinatown: dos. En tu casa con el Equipo Favela: tres.
—Para, para, para. Un momento, Hombre Enmascarado. No puedes contar lo del Equipo Favela. Técnicamente, solo apareciste después de los hechos.
Kang ladeó la cabeza.
—Vale, pues dos. Aun así, quería que quedara constancia. Así que deja de contar esa historia exagerada de cómo me salvaste.
Siempre que alguien preguntaba cómo nos habíamos conocido Kang y yo, y mucha gente lo ha hecho, yo contaba la historia de cómo atrapé a un pandillero al que él estaba persiguiendo, estando yo fuera de servicio, con el estómago lleno y con mi familia a cuestas.
Claro, exageraba la historia para que sonara como si atrapar al tipo hubiera salvado a Kang, pero provocaba tantas risas que no podía evitarlo. Era buen material.
—No puedo creer que estéis discutiendo por algo así.
Knox se dio la vuelta y volvió hacia Marko, que parecía estar recuperando la conciencia. Le dio la vuelta con el pie.
—Oye, tengo una historia para ti. Estás bien jodido.
Que Marko despertara volvió a centrar nuestra atención. Era el primer jugador del juego que habíamos capturado con vida.
Kang ayudó a Knox a levantar a Marko y sentarlo en una silla. La nariz había dejado de sangrarle y respiraba con dificultad por la boca.
—Me has roto la nariz.
—Tienes suerte de que eso sea todo lo que te ha pasado —replicó Knox—. A tus amigos de ahí les ha ido peor.
Marko miró hacia atrás, hacia la oficina, y estiró el cuello para ver mejor antes de volverse hacia nosotros.
—¿Dónde está Adrijana? ¿Dónde está?
Nadie dijo una palabra, y Marko obtuvo su respuesta. Lo que sucedió a continuación no era algo que yo esperara ver. El serbio de aspecto rudo se echó a llorar.
—¿La habéis matado? ¿Por qué? Ella no hizo nada. Era una buena chica.
—¿Quién es el otro tipo, Marko? —preguntó Kang.
No respondió y siguió llorando en silencio. Tenía la boca abierta y un hilo de saliva le colgaba del labio inferior.
—¡Eh! —espetó Knox—. Te hemos hecho una pregunta.
Marko levantó la vista. Lo blanco de los ojos lo tenía enrojecido y los párpados empezaban a hinchársele. Entonces nos mandó a la mierda. A Knox no le sentó nada bien, y respondió con una bofetada.
—Podemos hacer esto por las malas. A mí me gusta por las malas.
Por mucho que no soportara a aquel degenerado, no creía que provocarlo fuera a hacerle hablar, y necesitábamos que hablara.
Le toqué el brazo a Knox y le indiqué con la mirada que me dejara intentarlo. Me arrodillé junto al productor.
—Marko, siento lo de Adrijana. —Antes me había dicho que se llamaba Ana—. Es un nombre bonito. ¿Era tu novia?
Asintió. Volvió a clavar la mirada en el suelo.
—Es una lástima —continué—. No está aquí con nosotros por culpa del juego. El juego es el culpable. Ayúdanos a acabar con él.
Marko levantó la cabeza. Tenía los ojos vidriosos, pero atentos.
—Si no fuera por el juego, Adrijana seguiría viva. Cuéntanos lo que sabes.
—¿Qué queréis saber? —dijo Marko con voz ronca.
—¿Qué tal si empezamos por tu nombre real? —pregunté mientras le ponía una mano en el hombro para tranquilizarlo.
En los minutos siguientes, nos lo contó todo sobre el Equipo Balcánico.
—¿Cómo os comunicáis con los que están detrás del juego, Drago?
—Les enviamos mensajes, pero el juego ya no funciona como antes.
—¿Qué quieres decir?
—Todo dejó de funcionar, sin más. No sé qué pasó.
Miré a Kang.
—Parece que no fuimos los únicos a los que dejaron fuera.
—Entonces, ¿el rastreo de equipos, las actualizaciones en directo, el mapa... todo dejó de funcionar?
Zoric asintió.
—¿Y nunca conociste a nadie del juego aparte de los contactos que os daban las pistas?
Volvió a asentir. Siguiendo con el interrogatorio, descubrimos que no les habían dado ni la dirección del B&B ni la de mi casa.
—¿Dónde está Gary, el conductor de la furgoneta? —preguntó Kang.
Cuando Zoric nos contó que Petrovic había matado al conductor, a Kang se le notó la sorpresa.
—¿Os dieron mi nombre y mi dirección? —insistió Kang.
—Tu nombre lo sacamos de las noticias, y Adrijana buscó en Google dónde vivías. Se le daba muy bien todo lo digital.
—Los medios: un arma de doble filo —masculló Kang—. Vuelvo enseguida. Voy a hacer unas llamadas para que empiecen a buscar el cuerpo.
Seguimos preguntando, pero con Zoric llegamos a un callejón sin salida. Al parecer, los otros equipos no sabían más que nosotros. Cuando le pregunté por Sei, respondió:
—¿Quién?
Estaba a punto de dar el tema por zanjado cuando se me ocurrió una idea. Era repetir algo que ya había hecho, pero la primera vez había funcionado.